Capítulo 11. Aurora Hevia #3
—No voy a responder a esa pregunta cada vez que diga algo.
—Necesito saber cuándo espera de mí una reacción que tuve.
—Yo necesito dejar de oír tus reacciones anteriores.
La discusión despertó el hambre. Aurora oyó el corazón de la dueña en el piso superior, el de un niño en la calle y el pulso de Nicolás, ausente. La diferencia la enfureció.
—Tú estás en silencio —dijo.
—Estoy aquí.
—No puedo oírte.
—Eso no significa que haya desaparecido.
Aurora se levantó. El niño corría detrás de una pelota. Su corazón se acercó a la ventana. Ella dio un paso.
Nicolás no la agarró.
—Se llama Pelayo —dijo—. Vive con sus padres en la casa amarilla. Le falta un diente. Esta mañana escondió una moneda debajo de una piedra.
Aurora apretó los dedos contra el alféizar.
—Lo sabes todo porque lo escuchas.
—Sé poco. Le he dado un cuerpo a su pulso para que usted también pueda verlo.
El niño se alejó. Aurora permaneció junto a la ventana hasta que el hambre dejó de empujar.
—Antes me tuteabas —dijo.
Nicolás consultó la página.
—Lo pone aquí.
—No quiero que lo hagas porque está escrito.
—Entonces no lo haré.
Aurora sintió una irritación absurda.
—Tampoco quiero que no lo hagas para demostrar algo.
—Empiezo a comprender la frase sobre las discusiones.
Ella volvió a la mesa. Terminaron la carta utilizando el trato formal. Al firmar, Aurora descubrió que su mano imitaba una inclinación de Nicolás. Rompió la última palabra y volvió a escribirla.
—¿Qué cambia? —preguntó él.
—Esta A es mía.
Nicolás la miró como si pudiera aprender su rostro empezando por una letra.
Los días siguientes estuvieron llenos de elecciones pequeñas. Aurora se alimentó de las cabras, cruzó una calle sin seguir al hombre que sangraba y durmió con la puerta abierta. Nicolás dejó de sentarse en el pasillo y ocupó el cuarto contiguo. Algunas noches hablaron a través de la pared.
Aurora le contó que de niña robó tipos de imprenta para formar palabras en la mesa. Nicolás confesó que había leído las siete líneas sobre ella hasta odiar su propia letra. Evitaron hablar del amor escrito. La palabra podía esperar hasta que conocieran a las personas que debían pronunciarla.
Una semana después llegó la respuesta de Catalina. Ramona creía la historia del sanatorio porque Tomás había firmado el informe. También había enviado una bufanda y una lista de alimentos que Aurora debía comer.
Dentro del paquete había una nota separada.
Tu madre no deja de preguntar por el hombre que entró por la ventana. Le he dicho que era un enfermero extranjero y ha respondido que los extranjeros también conocen las puertas. Procura que Nicolás aprenda algo antes de volver.
Aurora rió. Nicolás levantó la vista.
—¿Qué dice?
—Que mi madre lo considera extranjero.
—Nací a dos días de aquí.
—En 1659. Eso queda bastante lejos.
Le entregó la nota. Nicolás leyó el nombre escrito por Catalina como si necesitara confirmar que se refería a él.
—¿Quiere que aprenda a utilizar una puerta?
—Podemos empezar por cosas sencillas.
Aquella noche Nicolás salió y regresó llamando a la entrada principal. La dueña abrió. Él preguntó si la señorita Aurora se encontraba en casa.
Ella bajó la escalera y tuvo que contener la risa ante su expresión solemne.
—¿Qué desea?
—Invitarla a caminar.
—Es de noche.
—Me han recomendado empezar por cosas sencillas.
Aurora aceptó. Caminaron por una calle cercana al puerto. No se tocaron. Nicolás preguntó por su trabajo, por la imprenta y por la clase de libros que habría querido vender. Sabía algunas respuestas por la página, aunque dejó que ella las eligiera otra vez.
Al regresar, Aurora comprendió que aquel había sido el primer encuentro entre las personas en las que acababan de convertirse. El anterior no desaparecía. Dejaba de ocupar todo el espacio.
Cerró la puerta de la cocina y recordó la expresión de la dueña ante la visita solemne. Empezó a reír. Nicolás la observó sin compartir la causa completa y se contagió de ella de todos modos.
—Mañana llamaré otra vez —dijo.
—Mañana puede que no acepte.
—Entonces preguntaré pasado mañana.
Aurora guardó aquella promesa modesta. No exigía memoria, eternidad ni perdón. Solo la posibilidad de volver a elegir.
En el piso superior, la dueña arrastró una silla y volvió a acostarse. Aurora y Nicolás permanecieron en la cocina hasta que la claridad tocó las rendijas. No hablaron de 1855. Inventaron en cambio una excusa distinta para la caminata siguiente.
La excusa fue comprar tinta. Aurora quería escribir sus reglas con una letra que ninguno pudiera confundir con la del otro.
Eligieron tinta azul. La dueña declaró que resultaba impropia para documentos serios. Aurora compró dos frascos.
Uno quedó para sus cartas a Ramona. El otro, sobre la mesa común. Nicolás no lo utilizó hasta que Aurora le pidió que escribiera una lista de preguntas que aún no tenía derecho a formular.
La primera ocupó una línea: ¿Puedo conocerte sin pedirte que me devuelvas a mí mismo?
La vida nueva podía empezar con una cabra y un malentendido. Habían tenido comienzos peores.