Tu nombre en mi sangre Capítulo 11. Aurora Hevia #2
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Capítulo 11. Aurora Hevia #2

—La mujer de la habitación contigua tiene un corazón rápido y una tos. El hombre del piso bajo duerme. Hay un niño despierto detrás del patio y una cabra que intenta comerse la cuerda.

Aurora escuchó. Separó la tos, el sueño pesado, el pulso pequeño del niño. La cabra tiró de una tabla con los dientes.

—Es más sencillo con ella —dijo.

—Entonces iremos al cobertizo.

Aurora abrió la puerta. El olor de la calle la golpeó. Un marinero se había cortado una mano y pasaba frente a la casa. Ella lo siguió antes de darse cuenta.

Nicolás no la sujetó. Se colocó delante.

—Dime su nombre.

—No lo sé.

—Mira su chaqueta.

Llevaba una letra cosida sobre el bolsillo y una medalla en el cuello. El hombre saludó a una mujer que vaciaba agua desde una ventana. Ella lo llamó Julián.

—Se llama Julián —dijo Aurora.

—Tiene una casa, un trabajo y alguien que sabe cómo se llama. Ahora elige.

El marinero dobló la esquina. Aurora permitió que se alejara.

—¿Eso hacías al principio? —preguntó.

—Aldara me encerraba hasta que el hambre era tan fuerte que soltaba a una persona dentro. Luego me obligaba a beber.

—Quería que aprendieras a matar.

—Quería que confundiera obediencia con alivio.

Aurora entró en el cobertizo. Alimentarse de la cabra no resultó limpio ni digno. El animal pateó, Nicolás recibió un golpe en la rodilla y ambos terminaron cubiertos de paja. Aurora bebió sin matarla.

Al regresar a la casa, la dueña los vio desde la escalera.

—¿Qué han hecho ahí fuera?

Nicolás miró la ropa de Aurora, su propia rodilla y una hoja de paja atrapada en el pelo.

—Mi hermana tiene una relación difícil con los animales.

La dueña aceptó la explicación con una sonrisa que demostraba haber entendido otra cosa.

La primera noche en Gijón fue más larga que las anteriores. Aurora bebió la sangre del animal y siguió oyendo a cada persona de la casa. El hambre había disminuido, aunque su cuerpo buscaba el pulso humano como una lengua busca el hueco de un diente.

Nicolás preparó el dormitorio del fondo. Colocó una silla debajo del picaporte y cubrió la ventana con dos mantas.

—¿Me encierra? —preguntó Aurora.

—La silla está por dentro. Yo dormiré en el pasillo.

—Puede entrar por la ventana.

—También usted.

Aurora recordó un patio que nunca había visto. Nicolás, recién convertido, arañaba una puerta mientras Aldara esperaba al otro lado con un muchacho atado. El recuerdo llegó completo, con el hambre y la vergüenza de él.

Se agarró al armario.

—¿Qué ocurre? —preguntó Nicolás.

—Aldara te encerró tres noches. En la cuarta dejó entrar a un chico con una camisa azul.

Nicolás palideció.

—No recuerdo la camisa.

—Yo sí. Desde tus ojos.

—¿Lo maté?

Aurora conocía la respuesta. El muchacho había suplicado en una lengua que Nicolás no entendía. Él bebió hasta que dejó de moverse y Aldara abrió la puerta cuando ya era tarde.

—Sí.

Nicolás se sentó en el pasillo. La noticia pertenecía a su propia vida, aunque Aurora tuvo que entregársela como un recuerdo ajeno.

—¿Cómo se llamaba?

—No lo supiste.

—Entonces lo maté y ni siquiera pregunté.

—Acababas de despertar. Ella te dejó sin alimento.

—No me defienda con mis recuerdos.

Aurora reconoció la frase. Había pedido lo mismo en la imprenta, cuando Nicolás intentó decidir qué podía saber.

—No sé cómo contarte lo que tengo —dijo—. Si callo, te oculto tu vida. Si hablo, puedo elegir una versión que me convenga.

—Es lo que hacemos todos al recordar.

—Yo lo hago con tu voz dentro.

Nicolás levantó la mirada. Había miedo en ella, una emoción que Aurora nunca vio en el hombre de 1855. Entonces él sabía qué sentía por ella. Aquel desconocido solo contaba con una página y una mujer capaz de describir sus crímenes.

—No quiero que me cuente nada esta noche —dijo.

—¿Y mañana?

—Mañana decidiremos uno por uno.

Aurora entró en el dormitorio. No colocó la silla. Nicolás permaneció en el pasillo de todos modos.

El sueño trajo más recuerdos. Una calle de Lisboa. Una mujer cayendo desde una ventana. Aldara riendo con sangre en los dientes. Un caballo blanco que Nicolás quiso de niño. Aurora despertó sin saber qué parte había sucedido y qué parte pertenecía a personas de las que él bebió.

Abrió la puerta.

Nicolás estaba sentado en el suelo con el cuaderno sobre las rodillas.

—¿Ha dormido?

—No esperaba que lo hiciera usted.

Aurora le habló del caballo. Nicolás encontró una entrada en el cuaderno. Manuel Coalla, 1743. Un caballo blanco cruza un río y él desea seguirlo.

—Ese recuerdo no es mío —dijo.

—Dentro de mí parecía suyo.

—Por eso escribo los nombres.

Aurora tomó el cuaderno. En las últimas páginas estaba el suyo. Nicolás había copiado la nota de la conversión y añadido la fecha, el lugar y una advertencia.

No beber de ella aunque lo pida hasta conocer las consecuencias.

—Yo te pediré lo que decida —dijo.

—Y yo podré negarme.

—Eso también.

El acuerdo les devolvió una distancia soportable.

Aurora pasó el día aprendiendo a separar los recuerdos.

Los propios tenían tacto, olor y consecuencias que seguían conectadas con su cuerpo.

Los de Nicolás podían ser igual de intensos, aunque a veces faltaba lo que ocurrió antes o después.

Los robados llegaban como habitaciones sin puertas.

Al anochecer escribieron la primera carta a Ramona. Aurora empezó con la verdad: He muerto y sigo aquí. La rompió.

El segundo intento decía que el sanatorio estaba cerca de Burdeos, que los médicos recomendaban reposo y que un matrimonio español se ocuparía de ella. Nicolás propuso fingir una recuperación lenta para justificar la ausencia.

—Mi madre querrá venir.

—Diremos que la frontera está cerrada por un brote.

—Preguntará qué frontera.

—Entonces inventaremos una convincente.

—Francia ya existe. No hace falta inventarla entera.

Nicolás la observó escribir.

—¿Así hablábamos antes?

Aurora dejó la pluma.