Capítulo 11. Aurora Hevia
Aurora Hevia
Nicolás escuchó cómo el corazón de Aurora se detenía.
Había oído ese silencio cientos de veces. El cuerpo intentaba un último latido, fallaba y dejaba un hueco en la habitación. En otras muertes, el hueco pertenecía al fallecido. En aquella empezó dentro de él.
Soltó a Aurora. La sangre le cubría la boca, las manos y la camisa. El pañuelo con su nombre seguía sobre el pecho de la mujer.
Aurora Hevia.
Leyó las dos palabras y supo que acababa de escribirlas. Reconocía su letra, el corte de la palma y la intención de recordar algo. Al mirar el rostro inmóvil no encontró a nadie.
Retrocedió hasta chocar con la mesa.
Había una página arrancada de su cuaderno.
Se llama Aurora Hevia. Tiene veinticinco años. Trabaja en el registro del hospital. No confía en las órdenes y utiliza ventanas con una frecuencia irritante. La convertiste porque el cólera iba a matarla. Te lo pidió después de conocer el precio.
Nicolás leyó más deprisa.
La amas. Ella no te debe ese amor. Cuando despierte, tendrá miedo, hambre y todos tus recuerdos de ella. No intentes recuperar lo perdido bebiendo. Protégela de Aldara y de ti.
Debajo había una última línea.
Si discute mucho, significa que sigue siendo ella.
Nicolás volvió a mirar el cuerpo. El vestido de Aurora estaba húmedo de sudor. Un mechón se había pegado a la frente. Había pequeñas marcas de tinta en el dedo corazón, una cicatriz junto a la ceja y dos heridas en el cuello que empezaban a cerrar.
Nicolás no reconoció ninguno de aquellos detalles.
Buscó en su memoria las últimas semanas.
Encontró el depósito, vacío. Sabía que había bebido de Jacinta Rúa y que Aldara utilizaba traslados del hospital.
Recordaba a Gaspar moribundo, el patio nevado de Mateo y el incendio de la quinta.
En todas aquellas escenas faltaba alguien.
Puertas que se abrían solas, preguntas sin voz, decisiones que no parecían suyas.
En su costado no había herida, aunque una punta de plata permanecía sobre el suelo. Junto a ella descansaba una tenaza oxidada. Nicolás la recogió y sintió una familiaridad sin imagen.
El golpe en la puerta lo hizo girar.
—¿Ha terminado? —preguntó una mujer desde el pasillo.
Nicolás consultó la página. Catalina Llaneza. Amiga de Aurora. Desconfiaba de él.
Abrió.
Catalina entró con los ojos hinchados. Miró la cama y se llevó una mano a la boca.
—¿Está muerta?
—Durante unas horas.
La mujer lo observó. Nicolás supo que había descubierto el cambio.
—Ya no sabes quién es.
—Sé su nombre.
Catalina le dio una bofetada.
El golpe no le hizo daño. La furia de ella sí encontró un lugar donde quedarse.
—La quería —dijo Catalina—. Te miraba y se le olvidaba fingir que era sensata.
—Lo he dejado escrito.
—El papel no se sentará con ella cuando despierte.
—Yo sí.
—¿Por qué?
Nicolás sostuvo el pañuelo.
—Porque me lo he pedido.
Catalina se acercó a Aurora. Le arregló el pelo y cambió la manta mojada. Sus manos sabían dónde tocar, qué botones soltar y cómo colocar el cuerpo para que pareciera dormido.
—¿Qué necesita? —preguntó.
—Sangre al despertar. La humana podría volverla peligrosa.
—¿Podría matarme?
—Podrías hacerlo.
—Entonces estarás entre las dos.
Nicolás asintió.
Las horas pasaron sin que ninguno encontrara conversación. Catalina cosió el vestido rasgado. Nicolás leyó la página hasta conocerla de memoria, como si la repetición pudiera fabricar una emoción. Cerca del amanecer, alguien arañó la ventana desde fuera.
Elvira se aferraba al alféizar. Tenía la ropa quemada y un trozo de cristal clavado en el hombro.
Nicolás abrió con cautela.
—Aldara viene —dijo ella—. La chica ha sobrevivido a la sangre.
—Todavía no ha despertado.
—Lo hará. Aldara la ha sentido.
Catalina agarró la punta de plata del suelo.
—¿Esta también es amiga tuya?
—Me disparó.
—Una relación más clara.
Elvira cayó dentro de la habitación. Nicolás le sacó el cristal. Ella miró a Aurora con hambre, aunque no se acercó.
—Aldara quiere verla nacer —murmuró—. Dice que será distinta.
—¿Por qué?
—Porque usted la amaba.
Nicolás apretó la venda sobre la herida de Elvira.
—No sé qué significa.
—Ella sí.
El cuerpo de Aurora se arqueó sobre la cama. Las uñas arañaron la sábana. Catalina dejó caer la plata y corrió hacia ella.
—Atrás —ordenó Nicolás.
Aurora abrió los ojos.
El hambre despertó antes que su conciencia. Se lanzó hacia Catalina. Nicolás la interceptó y ambos chocaron contra la pared. Aurora tenía una fuerza que no sabía utilizar. Mordió el aire junto a su cuello, golpeó, arañó y trató de alcanzar a la mujer humana.
—Aurora —dijo Nicolás—. Escuche su nombre.
Ella se detuvo.
Durante un segundo lo miró con una ternura tan desnuda que Nicolás sintió vergüenza. Después apareció el reconocimiento de su vacío.
—No sabes quién soy.
Su voz era ronca, distinta a la que él había intentado imaginar.
—Sé que eres Aurora Hevia.
—Eso lo pone ahí.
—También pone que me pediste vivir.
Aurora miró a Catalina. El pulso de la mujer aceleró. Nicolás le ofreció su propia muñeca.
—Bebe de mí.
—Tengo tus recuerdos —dijo Aurora—. Sé que no bastará.
Elvira seguía en el suelo. Se cortó el brazo con el cristal y dejó que la sangre oscura cayera en una taza.
—La de un vampiro viejo puede contener el hambre —explicó—. Durante un rato.
Aurora tomó la taza y bebió. Hizo una mueca.
—Sabes a humo.
Elvira sonrió con cansancio.
—Tú sabes a él.
Un carruaje se detuvo en la calle.
Nicolás envolvió a Aurora en una capa. Catalina recogió la página y el pañuelo.
—Hay una salida por la bodega —dijo Aurora.
Nicolás no recordaba habérsela enseñado.
Ella percibió su desconcierto.
—Tú me lo contaste. Una noche de lluvia. Dijiste que tu hermano guardaba vino francés aunque no sabía distinguirlo de la sidra.
—No conociste a mi hermano.
—Recuerdo que tú lo recordabas.
La puerta principal se abrió abajo. Una voz de mujer saludó a la casa como si hubiera sido invitada.
Aurora agarró la mano de Nicolás y lo condujo hacia la bodega. Él conocía cada escalón, pero por unos instantes tuvo la impresión de seguir a una extraña por el interior de su propia vida.
Antes de bajar, Aurora se volvió hacia Catalina.
—Dile a mi madre que he llegado al sanatorio. Escribe desde Burdeos.
—No sé francés.
—Ella tampoco.
Catalina la abrazó. Nicolás apartó la mirada.
Aldara subía la escalera.
Elvira se quedó en el dormitorio con la pistola descargada y el cristal entre los dedos.
—Vayan —dijo—. Llevo cuarenta años esperando una buena razón para decepcionarla.
Nicolás abrió el túnel de la bodega. Aurora entró delante. Mientras cerraba la trampilla, oyó a Aldara en la habitación superior.
—¿Dónde está mi nieta?
La palabra los siguió bajo tierra.
El túnel desembocaba en una carbonera detrás de la casa. Nicolás levantó la trampilla y encontró a dos hombres de Aldara esperándolos. Cerró antes de que dispararan.
—La otra salida —dijo Aurora—. Junto al pozo.
Él no recordaba haberle explicado el trazado, aunque ella sí. Regresaron por el conducto y tomaron una bifurcación tan baja que tuvieron que avanzar de rodillas. Detrás sonaron golpes de picos. Aldara ordenaba abrir la trampilla.
Aurora se detuvo.
—Catalina y Elvira se han quedado arriba.
—Catalina saldrá por la ventana.
—¿Y Elvira?
Nicolás escuchó. Un disparo atravesó el suelo de la casa. Después llegó otro.
—Nos está comprando tiempo.
Aurora regresó dos pasos. Nicolás se interpuso.
—Me prometiste valorar las circunstancias.
—No prometí obedecer la conclusión.
—Acabas de despertar. Si Aldara te toca, no sé qué podrá hacer con el vínculo.
La palabra vínculo alteró la expresión de Aurora. Él comprendió que formaba parte de una conversación olvidada.
—No lo llames así —dijo ella—. Suena a cadena.
—Entonces llamémoslo peligro.
Los golpes se acercaban. Aurora cedió. Salieron por el pozo y corrieron entre huertos hasta un pajar donde Tomás esperaba con un carro. Catalina llegó pocos minutos después, sin aliento y con un corte en la frente.
—¿Elvira? —preguntó Aurora.
—Saltó por el tejado cuando entraron los otros. Le dispararon. No vi dónde cayó.
Nicolás quiso regresar. La luz empezaba a levantarse y ya sentía quemaduras en las manos. Catalina lo empujó dentro del carro.
—Si vuelve de una caída, os encontrará. Si no vuelve, morir los tres no va a consolarla.
Tomás cubrió el vehículo con una lona. Condujeron hasta una posada en el camino de Avilés. Aurora pasó el día escondida en un sótano, aprendiendo el hambre entre el ruido de viajeros humanos.
Nicolás se sentó al otro lado de la puerta. No podía mirarla sin sentir que invadía una intimidad. Ella conocía cada parte de él que había decidido contar y otras que solo había pensado en su presencia.
—La casa de Gijón está preparada —dijo Tomás al anochecer—. Catalina conseguirá sangre animal. Yo volveré a Oviedo antes de que relacionen mi ausencia.
Aurora agarró su mano.
—Gracias.
Tomás la miró con atención médica y afecto antiguo.
—Sigues siendo tú.
Nicolás sintió una punzada de celos que no podía justificar. Consultó la página: Tomás había pedido matrimonio a Aurora y ella lo rechazó. El dato no explicaba la forma en que se despedían.
Cuando el médico se marchó, Aurora miró a Nicolás.
—Antes no te gustaba.
—Lo he leído.
—No. Lo acabas de sentir.
Él guardó el papel.
—Viajaremos a Gijón cuando oscurezca.
Aurora comprendió que no quería hablar. Lo dejó esconderse en los preparativos. Todavía tenía hambre, miedo y una memoria doble. También tenía tiempo para aprender qué silencios pertenecían al hombre actual.
Llegaron a Gijón ocultos entre sacos de harina. La casa del puerto estaba vacía y las ventanas habían sido cubiertas con madera. Catalina dejó dos cabras en un cobertizo antes de regresar a Oviedo. Aurora oyó sus corazones, el de Nicolás y los de todos los vecinos de la calle.
El ruido la obligó a taparse los oídos.
—No sirve —dijo Nicolás—. No lo oyes desde fuera.
—Haz que pare.
—Concéntrate en uno.
—¿Para atacarlo?
—Para distinguirlo. El hambre convierte cien latidos en una sola llamada. Debes devolverle un cuerpo a cada sonido.
Nicolás señaló la pared.