Tu nombre en mi sangre Capítulo 10. El precio de vivir #3
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Capítulo 10. El precio de vivir #3

—Amalia ha llegado a Avilés —contó—. Su tía ha enviado aviso. La niña dice que el disfraz le quedaba mal.

—Le quedaba terrible.

—Entonces ya tienes un motivo para despertar. Te debe una discusión.

Aurora agarró la trenza de Catalina.

—Mi madre no puede saberlo.

—La cuidaré.

—Tendrá miedo.

—También estará enfadada. El enfado dura más y se lleva mejor.

—Escríbele cada mes. Dile que trabajo. Que estoy enferma algunas veces para justificar que no viaje. Inventa un marido si empieza a preguntar.

—¿Cómo se llama?

Aurora miró a Nicolás, que esperaba junto a la ventana.

—Esteban.

—Tiene cara de Esteban —dijo Catalina.

Nicolás aceptó el insulto con un gesto.

—No dejes que me convierta en una santa —pidió Aurora—. Cuéntale que sigo discutiendo y gastando más de lo que gano.

—Eso no requerirá imaginación.

Catalina guardó la ropa. Antes de salir, tomó la mano de Nicolás.

—Cuando despierte, no sabrás que me hiciste una promesa.

—Déjela escrita.

—No pienso facilitarte todo. Tendrás que decidir si eres decente sin una instrucción.

Nicolás inclinó la cabeza.

—Lo intentaré.

—Inténtalo mejor que los demás.

Cuando Catalina salió, Aurora pidió que llamaran a Iago. El muchacho entró apoyado en la pared. Había comido caldo y llevaba el zapato de carbón dentro de una bolsa.

—¿Has encontrado a tu madre? —preguntó Aurora.

—Catalina dice que buscará en los pueblos.

—Lo hará.

Iago observó el vendaje del cuello.

—¿Va a morir?

—Sí.

Nicolás se volvió desde la ventana. Aurora sostuvo su mirada para impedirle suavizar la verdad.

—Después despertaré como él —añadió—. O eso esperamos.

—Sabela dice que los que despiertan pierden algo.

—Esta vez lo perderá Nicolás.

Iago miró al vampiro con una hostilidad silenciosa.

—¿Qué?

—Todo lo que recuerda de mí.

El muchacho se sentó junto a la cama.

—Entonces puede matarla y no importarle.

—Puede. Por eso dejamos instrucciones y personas alrededor. También por eso he elegido hacerlo ahora y no cuando el hambre decida por los dos.

Iago pensó en la respuesta. Sacó el trozo de carbón y lo colocó en la mano de Aurora.

—Para que escriba su nombre cuando despierte.

—Sé cómo me llamo.

—Sabela también creía saberlo. Dominga era el nombre que le daban para castigarla. Recordó el suyo cuando vio el fuego.

Aurora cerró los dedos. El carbón dejó una marca negra en la palma.

—Dile que no volveremos a utilizar el otro.

Iago asintió. Antes de marcharse, se volvió hacia Nicolás.

—Si ella no recuerda quién es, se lo diremos. Si usted no la recuerda, no invente.

—No lo haré.

—Los adultos siempre dicen eso antes de inventar.

Cuando quedaron solos, Aurora escribió con el carbón en la pared: Aurora Hevia. Hija de Ramona. Impresora. Eligió vivir.

Debajo añadió: Sabela eligió su nombre.

—La dueña de la casa no estará contenta —dijo Nicolás.

—Puede descontarlo del alquiler.

—No sabe que estamos aquí.

—Entonces tardará en cobrar.

La broma alivió el miedo durante un instante. Nicolás tocó las letras sin rozar la mano de Aurora.

—No necesito recordarlas para saber que son verdad.

—Necesitarás decidirlo cuando yo no pueda convencerte.

—Dejaré la pared.

—Podrías creer que la escribió otra persona.

—La A es tuya.

Aurora reconoció la frase que él todavía podía recordar. Después de la conversión, incluso ese detalle le pertenecería a ella.

—Mírala bien —dijo—. No pienso escribir despacio toda la eternidad.

Nicolás copió la inscripción en la página arrancada de su cuaderno. Lo hizo sin adornar las letras. Aurora comprobó cada palabra y añadió una instrucción final: No confundas mi miedo con arrepentimiento.

—¿Y si despiertas arrepentida? —preguntó él.

—Entonces me creerás a mí, no a esta hoja.

Nicolás dobló la página. Aquel era el único mandato que debía sobrevivir al olvido: la voz presente tendría más autoridad que cualquier versión escrita de Aurora.

Aurora pidió que añadiera lo mismo para él. Si Nicolás despertaba convertido en un desconocido, tampoco ella utilizaría el cuaderno para obligarlo a representar al hombre perdido.

Firmaron los dos.

Tomás y Catalina firmaron como testigos. Iago añadió una raya de carbón junto a los nombres. Si el olvido llegaba, cuatro escrituras distintas sostendrían el límite sin pretender sustituir a las personas que lo habían fijado.

Aurora entregó el papel a Catalina. La única humana de la habitación lo guardó con una seriedad que no admitía comentarios sobre cuánto viviría.

—Si los dos olvidáis, vendré a leéroslo —dijo.

—No estaremos aquí —respondió Nicolás.

—Entonces aprenderás a dejar una dirección.

Catalina cosió la hoja dentro de su delantal. El documento quedaba confiado al cuerpo más frágil y a la voluntad más difícil de doblegar de toda la habitación.

Nicolás cerró la puerta. Colocó el pañuelo sobre el pecho de Aurora y dejó la página escrita en la mesa.

—A partir de aquí dolerá.

—También dolía antes de conocerlo.

Él le dio a beber de su muñeca. La sangre estaba fría y sabía a hierro, humo y algo que no tenía nombre. Después se inclinó sobre su cuello.

Aurora lo abrazó.

—Míreme —pidió.

Nicolás obedeció.

Ella sostuvo sus ojos mientras él bebía, hasta que la habitación se apagó.