Capítulo 10. El precio de vivir #2
—Aldara sabía que sobreviviría el tiempo suficiente para llevarlo a casa.
Tomás ordenó hervir agua y preparó una mezcla de sales. Aurora bebió, devolvió parte y volvió a beber. Él permaneció a su lado durante horas. Al caer la noche, dejó de fingir que el tratamiento estaba funcionando.
—Voy a buscar a Nicolás —dijo.
Ramona lo agarró del brazo.
—¿Quién es Nicolás?
—Un hombre que puede ayudarla.
—¿Otro médico?
Aurora quiso responder, pero un espasmo le cerró la garganta.
Nicolás llegó después de medianoche. Entró por la ventana del dormitorio para no despertar a los vecinos. Ramona, sentada junto a la cama, se levantó al verlo.
—¿Quién es usted?
—La persona a la que su hija no debería haber conocido.
—En eso estamos de acuerdo.
Tomás llevó a Ramona a la cocina con el pretexto de preparar otro remedio. Aurora quedó a solas con Nicolás.
Él se arrodilló junto a la cama. Tenía una quemadura en la sien, recuerdo del incendio, y tierra bajo las uñas.
—Iago está vivo —dijo—. La mujer también. La anciana ha huido al bosque.
—No he preguntado.
—Lo habría hecho.
Aurora intentó sonreír. Le dolió la cara.
—¿Puede salvarme?
Nicolás tomó su mano. El pulso era débil.
—Puedo convertirla.
—¿Como a Iago?
—Con las mismas reglas.
—¿Qué me ocurrirá?
—Morirá esta noche. Despertará dentro de uno o dos días con hambre. Conservará sus recuerdos, su carácter y todo lo que odia de mí.
—Parece una oferta mal presentada.
Nicolás no sonrió.
—También recibirá mis recuerdos de usted.
Aurora tardó en entender.
—¿Y usted?
—Los perderé.
—¿Todos?
—Desde el depósito hasta esta habitación. Sabré que la convertí si lo dejo escrito. Podré leer lo que hicimos. No recordaré su voz, su cara ni lo que sentí.
La habitación se inclinó. Aurora cerró los ojos hasta que las paredes regresaron a su lugar.
—¿Aldara olvidó a su hija por eso?
—Ese fue el precio.
—¿Puede negarse?
—Puedo quedarme hasta que muera.
La franqueza dolió más que una promesa falsa. Aurora oyó a su madre llorar en la cocina, intentando no producir sonido.
—Si me convierte, tendré que dejarla.
—Para que no vea que usted no envejece.
—Morirá creyendo que la abandoné.
—Podrá escribirle. Inventaremos una vida lejos de aquí.
—¿Usted hará eso por una desconocida?
Nicolás apoyó la frente contra la mano de Aurora.
—He conocido a demasiados muertos. No quiero añadirla.
—Eso no responde.
—La amo.
Las palabras quedaron entre ambos sin adorno. Aurora las había esperado y temido desde el beso. La muerte les quitaba ahora cualquier alegría.
—¿Y después no lo sabrá?
—Tendré pruebas.
—No me sirven sus pruebas.
Nicolás alzó la cabeza.
—A mí tampoco.
Aurora volvió a beber agua. Consiguió retener un sorbo. Pensó en una vida humana que podía medirse en horas, en Ramona, en Catalina y Tomás. Pensó en la casa sin espejos y en la lista de nombres de Nicolás. Morir era sencillo para quien no debía tomar la decisión.
—Quiero vivir —dijo.
—Necesito que entienda el precio.
—Lo entiendo. Usted me olvidará y yo tendré que soportar recordarlo por los dos.
—Puede odiarme.
—Ahora mismo ya estoy bastante enfadada.
Nicolás besó sus dedos.
—Aurora.
—No convierta mi nombre en una despedida.
Él sacó el cuaderno de tapas negras. Arrancó una página y escribió durante varios minutos. Después tomó un pañuelo blanco, se hizo un corte en la palma y trazó dos palabras con sangre.
Aurora Hevia.
—¿Para qué? —preguntó ella.
—Para saber a quién debo proteger.
—Escriba también que discuto mucho. Así no se lleva una sorpresa.
Nicolás añadió una línea en la página. Aurora no alcanzó a leerla.
La puerta se abrió. Ramona entró con Tomás.
—Quiero hablar con mi hija —exigió.
Nicolás se levantó.
Aurora pidió a su madre que se sentara. Le dijo que Tomás había encontrado un lugar de tratamiento fuera de la ciudad, que debía marcharse antes del amanecer y quizá tardaría meses en volver. Cada mentira se apoyaba en una parte cierta y por eso resultó más cruel.
Ramona la abrazó con cuidado.
—Volverás —dijo contra su pelo.
—Te escribiré.
—Eso no es volver.
Aurora cerró los ojos. Memorizó el olor a jabón de las manos de su madre, la costura remendada de su manga y la presión de su mejilla.
Tomás ayudó a llevarla a la casa de Nicolás. Catalina esperaba allí. Había preparado una cama, agua y vendas, aunque ninguna de esas cosas serviría.
—Puedo quedarme —dijo Catalina.
—No —respondió Aurora—. Cuida de mi madre.
—Te cuidaré a ti.
—No quiero que me veas morir.
Catalina apretó los labios. Besó a Aurora y salió sin mirar a Nicolás.
Tomás fue el último en despedirse.
—Si despiertas —dijo—, ven a verme.
—Cuando despierte.
—Cuando despiertes —corrigió él.
Tomás permaneció junto a la cama. Quería decir algo más y Aurora no tenía fuerzas para facilitarle el trabajo.
—Habrías tenido una vida tranquila conmigo —dijo al fin.
—No especialmente. Discutimos incluso cuando estoy muriendo.
—Habrías envejecido.
Aurora entendió que esa era la vida que Tomás lloraba. Una casa, años visibles y una muerte que él pudiera certificar sin mentir.
—No te rechacé por Nicolás. Ni siquiera lo conocía.
—Nunca pensé lo contrario.
—Entonces no conviertas esto en la elección que no hice.
Tomás apoyó dos dedos en su muñeca por última vez. El pulso era apenas perceptible.
—Voy a declarar que has viajado a un sanatorio. Cuando llegue el momento, firmaré otra muerte con un nombre distinto.
—El libro mentirá.
—Para que tú vivas.
Aurora habría discutido la contradicción si le quedara aliento. Tomás le besó la frente y salió.
Catalina volvió a entrar. Llevaba una bolsa con ropa, dinero y papel.
—No necesito equipaje para morir —dijo Aurora.
—Lo necesitarás para irte después.
Se sentó y le recogió el pelo. Lo trenzó como hacía cuando ambas trabajaban en el hospital y el calor volvía insoportables los pañuelos.