Tu nombre en mi sangre Capítulo 10. El precio de vivir
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Capítulo 10. El precio de vivir

El precio de vivir

El humo llenó la escalera antes de que Nicolás consiguiera romper la puerta roja. El hierro cedió, pero al otro lado ardían la alacena y las vigas de la cocina.

—Hay una salida de servicio —dijo Iago—. Aldara la utilizaba para traer los cuerpos.

Los condujo hasta la habitación de los documentos. Detrás de una estantería encontraron un túnel bajo. Nicolás cargó a la mujer del notario. Aurora arrastró a la anciana envuelta en la sábana. Iago caminó solo, con una mano en la pared.

Antes de entrar, Nicolás volvió por Samuel.

—No tenemos tiempo —advirtió Aurora.

—Le prometí fuego.

Regresó con el cuerpo sobre un hombro. Las llamas ya lamían el corredor. Lo dejó en el centro y acercó una viga encendida a la ropa. Samuel ardió sin moverse.

—Ahora —dijo Nicolás.

Atravesaron el túnel a gatas. La tierra húmeda se pegaba a las manos. Detrás de ellos llegó un estruendo, seguido de una bocanada de aire caliente. Aurora empujó a la anciana hasta que vio hierba al otro lado.

Salieron junto al palomar. Catalina esperaba con el carro dentro del jardín. Había golpeado a uno de los guardias y lo había atado con las riendas.

—He dejado de contar cuánto me debes —le dijo a Aurora.

Cargaron a los rescatados. La mujer del notario seguía inconsciente. La anciana se revolvía bajo las cuerdas y mordía la tela. Iago miraba el fuego como si esperase que alguien saliera de él.

—¿Dónde está Aldara? —preguntó Aurora.

—No ha venido —respondió Nicolás—. Esto era una limpieza.

El tejado se hundió. Una columna de chispas subió hacia los árboles. El incendio consumiría los cuadernos, los cabellos y la historia de personas que nadie podría identificar.

—Salvamos a tres —dijo Catalina.

Aurora pensó en las otras puertas que no llegaron a abrir.

—Había más antes.

—Y ahora hay tres.

La firmeza de Catalina cerró la cuenta. Llevaron a la mujer del notario a casa de Tomás. Iago y la anciana no podían entrar en la ciudad. Nicolás los ocultó en una cabaña de su familia mientras buscaba sangre animal y una forma de ayudarlos.

Aurora fue con él. La cabaña se encontraba a media hora de la muralla, detrás de un molino abandonado. Había pertenecido a un guardés de Alonso y conservaba un pozo, un establo pequeño y ventanas estrechas. Nicolás había colocado contraventanas interiores muchos años atrás.

Dominga se negó a cruzar el umbral. Permaneció en el camino con las manos atadas, oliendo el bosque.

—Cree que es otra celda —dijo Iago.

—Puede quedarse fuera hasta que amanezca —respondió Aurora—. Después necesitará sombra.

Nicolás dejó el cuerpo de Samuel junto a un montón de leña. Encendió una hoguera. Las llamas tardaron en alcanzar la ropa húmeda. Iago observó desde lejos.

—¿Lo conocías? —preguntó Aurora.

—Aldara me llevaba a su cuarto cuando quería que obedeciera. Decía que podía acabar como él.

—Ha elegido acabar a su manera.

—¿Eso lo convierte en libre?

Aurora miró el fuego.

—Lo convierte en alguien cuya última decisión respetamos. No sé si alcanza para llamarlo libertad.

Iago se sentó en la hierba. Sacó la ficha de Mateo y la abrió. Había una descripción del niño, la fecha de su muerte y las palabras que Gaspar debía oír durante el falso reencuentro.

—¿Debo quemarla?

—Usted quiso conservarla.

—Quería elegir. Ahora no sé qué hacer con la elección.

—Eso suele ocurrir después.

Iago dobló el papel y lo guardó. Dominga se acercó al fuego. Al ver el cuerpo de Samuel entre las llamas, inclinó la cabeza.

—Lo recuerda —dijo Nicolás.

La anciana pronunció un nombre que ninguno entendió. Después se arrodilló y arrojó a la hoguera un botón arrancado de su vestido.

Aurora esperó hasta que se levantó.

—La casa está abierta —le dijo—. Puede entrar o quedarse aquí. Nadie va a llevarla a una habitación.

Dominga observó la puerta. Dio tres pasos hacia ella, volvió junto al camino y al final eligió el establo. Iago la acompañó sin acercarse demasiado.

Nicolás abrió el pozo. El agua olía limpia.

—Necesitan sangre —dijo—. La botella de la quinta no bastará.

—Catalina puede conseguir animales.

—Dominga ha vivido décadas con sangre humana. Puede rechazarla.

—Entonces aprenderá a tener hambre.

—El hambre no siempre enseña lo que deseamos.

Aurora lo miró. Nicolás tenía ceniza en la cara y una quemadura abierta en la sien.

—¿Qué le enseñó a usted?

—A odiar la persona que tenía delante y necesitarla en el mismo momento.

—Aldara.

—También a cualquiera que trajera para alimentarme. Durante los primeros años pensé que cada víctima era culpable de mi hambre por encontrarse allí.

Aurora se arrodilló junto al pozo y lavó un paño. Limpió la quemadura de Nicolás. Él se quedó quieto.

—¿Qué piensa de mí cuando tiene hambre?

—Que debería marcharse.

—Eso piensa siempre.

—Cuando tengo hambre, también pienso en cómo sonaría su corazón si dejara de latir.

Aurora apretó el paño contra la herida con más fuerza.

—Gracias por la sinceridad.

—La pidió.

—Podía elegir una frase menos eficaz.

Nicolás agarró su muñeca antes de que retirara la mano. No acercó la piel a su boca. La mantuvo contra la sien.

—También pienso en la manera en que me golpeó dos veces y en que me detuve.

—Eso ocurrió esta mañana.

—Necesito que siga siendo cierto mañana.

Aurora soltó el paño.

—Entonces aliméntese antes de necesitarme.

Nicolás fue al bosque. Regresó con dos conejos y una herida de arañazo causada por algo que se negó a identificar. Aurora repartió la sangre en tres cuencos. Dominga arrojó el suyo contra la pared. Iago bebió despacio, con la cara vuelta.

—Sabe a barro —dijo.

—El animal vivía en él —respondió Nicolás.

—Mateo odiaba el conejo.

Iago se quedó inmóvil después de pronunciarlo.

—¿Y usted? —preguntó Aurora.

—No lo sé.

—Pruébelo sin preguntarle a Mateo.

Iago bebió otro sorbo. Hizo una mueca.

—También lo odio.

La certeza le arrancó una risa. Era una preferencia miserable y propia. Aurora comprendió que reconstruir una identidad podía empezar por una comida desagradable.

Dominga observó el cuenco roto. Nicolás no la obligó. Dejó otra ración cerca del establo y se apartó. El amanecer empezaba a aclarar el borde de las nubes. La anciana recogió el recipiente antes de que la luz alcanzara el patio.

Entraron en la cabaña. Aurora cerró las contraventanas. Iago eligió dormir cerca de la puerta. Dominga se escondió debajo de una mesa.

—Tomás necesitará saber que están vivos —dijo Aurora.

—Volveré a la ciudad al anochecer.

—Iremos los dos.

—Su madre la espera.

—Precisamente.

Nicolás se apoyó en la pared. Había pasado la noche luchando, cargando cuerpos y buscando alimento. Su inmovilidad no se parecía al descanso. Seguía escuchando el camino.

—Aldara no estaba en la quinta —dijo Aurora—. Sabía que iríamos y dejó el fuego preparado. ¿Dónde estaba?

—En Oviedo.

—Elvira lo dijo antes de huir.

—También dijo que había visitado el hospital.

Aurora pensó en Ramona. Se puso en pie.

—Voy ahora.

Nicolás se interpuso ante la puerta. Una línea de claridad cruzaba el suelo.

—No puede caminar sola por el bosque después de lo ocurrido.

—Usted no puede salir bajo el sol.

—Espere a Catalina.

—Cada minuto que esperamos lo elige Aldara.

Iago habló desde su rincón.

—La señora se marchó en un coche hacia la ciudad. Llevaba una caja azul.

Aurora se volvió.

—¿Cuándo la vio?

—Antes del fuego. Me permitió mirar desde la galería. Dijo que algunas personas debían aprender que salvar a desconocidos también podía costarles una madre.

Nicolás abrió la puerta hacia la parte sombreada del porche.

—Le daré una ruta entre árboles. Después tendrá que seguir sola.

—No intente detenerme.

—Estoy intentando que llegue.

Aurora recogió las fichas y la medalla de Teresa. Antes de marcharse, se acercó a Dominga.

—Volveremos al anochecer. Puede cerrar por dentro.

La anciana respondió con el nombre extraño que había pronunciado junto al fuego. Iago lo repitió.

—Creo que se llama Sabela. Dominga era otra persona.

Aurora se agachó.

—Sabela, entonces.

La mujer levantó la cara. Nicolás abrió su cuaderno y corrigió el nombre.

Aurora salió hacia Oviedo. Corrió bajo los árboles hasta que la cabaña desapareció. La quinta ardía a su espalda y la ciudad guardaba a su madre, a Tomás y a todos los lugares que Aldara podía utilizar para castigarla.

Por entonces todavía creía que llegaría antes que el vestido.

Aurora regresó a la calle del Rosal al anochecer. Ramona la esperaba con una vecina. Sobre la mesa había un vestido azul doblado.

—Una señora lo ha traído —explicó su madre—. Dice que te debe gratitud por haber cuidado a su hermana en el hospital.

Aurora tocó la tela. Era fina, mucho más cara que cualquier prenda que poseyera.

—¿Qué señora?

—De Tineo. Muy educada. Me ha preguntado si estabas prometida.

Aurora retiró la mano.

—Quémalo.

Ramona frunció el ceño.

—¿Te has vuelto loca? Podría venderlo.

—Ha estado en contacto con enfermos.

—Lo he aireado toda la tarde.

La vecina se marchó con una excusa. Aurora tomó el vestido con las pinzas del fogón y lo llevó al patio. Ramona la siguió.

—Explícame qué te ocurre.

—Hay personas que sacan enfermos del hospital. La mujer que ha venido trabaja con ellas.

—¿Por qué te regala ropa?

—Porque quiere asustarme.

Ramona le quitó la prenda.

—Pues no conseguirá que quememos el alquiler de medio año.

—Madre, suéltalo.

Discutieron. Ramona terminó guardando el vestido en un baúl y cerrándolo con llave. Aurora quiso arrebatársela, pero el miedo de su madre se había convertido en orgullo. Si insistía, tendría que contarle más de lo que podía protegerla.

Esa noche, Aurora cenó una sopa que no tenía sabor. Pensó que Catalina había añadido demasiada agua. A la mañana siguiente despertó con calambres.

El cólera conocía el cuerpo humano mejor que cualquier amante. Encontraba cada pudor y lo destruía. Aurora pasó el día entre vómitos, diarrea y una sed que no podía aliviar. Ramona pidió ayuda a Tomás. Cuando el médico llegó, la piel de las manos había empezado a arrugarse.

—¿El vestido? —preguntó Aurora.

Tomás miró a Ramona.

—Lo tocó antes de quemarlo —dijo su madre—. Yo también.