Capítulo 9. La quinta #3
La anciana miró el brazo de Nicolás y luego el recipiente. Durante unos segundos el hambre pareció ocuparla por completo. Al final agarró la botella. Bebió con ambas manos, derramando la mitad sobre el vestido.
—Ha entendido —dijo Iago.
—Ha elegido una vez —corrigió Nicolás—. Tendrá que hacerlo muchas más.
Aurora limpió la sangre del suelo para que el olor no atrajera a todos. Dominga permitió que le ataran las muñecas por delante. La diferencia era pequeña y le devolvía la posibilidad de caminar.
Prepararon las fichas, los objetos y a la mujer del notario junto a la escalera. Nicolás volvió a la habitación de Samuel. Aurora lo encontró sentado al lado del cuerpo.
—¿Qué ocurre?
—Me pidió fuego. Si salimos por el túnel, quizá no podamos regresar.
—Lo llevaremos.
—Eso ocupará mis brazos.
Aurora miró a Dominga, a la mujer inconsciente y a Iago. Todos dependían de que Nicolás pudiera luchar.
—Yo cargaré con las fichas. Iago ayudará a la mujer. Usted llevará a Samuel si llega el momento.
—Puede costarnos una salida.
—Le dio su palabra.
Nicolás observó el cuerpo mutilado. Había matado a Samuel porque él lo pidió. Abandonarlo sin cumplir el resto convertiría la compasión en una tarea hecha a medias.
—Lo sacaré —decidió.
Aurora no lo felicitó. Le entregó una manta para cubrir el cadáver.
Al regresar a la sala de los frascos, descubrieron que Dominga había abierto los ojos. Miraba la sangre seca de Isabel con una expresión distinta al hambre.
—Niña —murmuró.
Nicolás se acercó.
—¿La conoció?
Dominga se llevó dos dedos a los labios.
—Cantaba. La madre no la oía.
Antes de que pudieran preguntar, la anciana se golpeó la sien contra la pared. Quería expulsar el recuerdo o impedir que Aldara lo recuperara. Aurora la sujetó.
—No tiene que contarlo.
Dominga dejó de luchar. La frase parecía desconocida en aquel lugar.
Aurora le ofreció el carbón de Iago. La anciana no lo tomó. Señaló en cambio el medallón de Teresa y después una ficha marcada con el número veintisiete.
—¿Teresa estuvo aquí? —preguntó Aurora.
Dominga juntó las manos como si acunara algo.
—Trajo una niña. Dijo que dormía.
Nicolás encontró la ficha correspondiente. No contenía un nombre. Solo la fecha de la muerte de Teresa y una anotación: Vínculo materno improductivo. Transferencia incompleta.
Aurora sintió el impulso de arrancar la página.
—¿La niña vivía?
Dominga empezó a tararear. Era una melodía sin palabras, quebrada en el mismo punto cada vez.
Iago levantó la cabeza.
—La cantaba una mujer detrás de la pared.
—Isabel —dijo Nicolás.
La quinta había conservado voces de personas que nunca coincidieron libres. Un niño recordaba la canción de una madre desconocida. Una anciana guardaba el gesto de Teresa. Los objetos no estaban ordenados para identificar a las víctimas, sino para provocar unas memorias contra otras.
Aurora separó las fichas de los frascos.
—Nos llevaremos los nombres. Las botellas se quedan.
—Pueden contener pruebas —dijo Nicolás.
—Contienen cuerpos. No sabemos qué harán fuera de aquí ni quién tiene derecho a abrirlos.
Él consideró la decisión y cerró el armario con llave. Aurora guardó la llave en un bolsillo distinto al de Gaspar. Si sobrevivían, regresarían con quienes pudieran elegir. Si no, el fuego impediría que Aldara siguiera utilizando aquella sangre.
Iago se ató la cinta azul a la muñeca. No recordaba a Amalia, aunque reconoció el nudo que ella utilizaba para sujetar los paquetes del depósito.
—Me enseñó a hacerlo —dijo.
El dato era pequeño, pero le pertenecía. Aurora anotó el nombre de Amalia junto al suyo sin explicarle qué debía sentir. Iago guardó la ficha dentro del zapato de carbón.
—Cuando salgamos, escribirás lo que recuerdas —le dijo Aurora—. También lo que no quieres que nadie pregunte.
—¿Se puede escribir un silencio?
—Se puede marcar su límite.
Iago trazó una raya debajo de su nombre.
Aurora respetó la marca. Envolvió la ficha sin leer las notas del reverso y se la devolvió. El archivo empezaba a salir de la quinta con zonas que nadie tenía permiso para abrir.
Iago guardó el paquete contra el pecho. La raya no borraba lo sucedido. Impedía que el rescate continuara la invasión con mejores modales.
Sabela observó el gesto y trazó otra marca junto a su propio nombre. Aurora guardó ambas sin preguntar si significaban lo mismo.
Cada silencio ocupó un sobre separado.
Ninguno llevaba número ni dueño.
Así debía ser.
Aurora cerró el armario. El archivo guardaba respuestas, aunque cada una pertenecía a una persona que había pagado por ella. Salvarlas exigía aceptar que algunas puertas debían permanecer cerradas.
Desde el piso superior llegó el chasquido de una puerta. Nicolás levantó la cabeza.
—Nos han encerrado.
Un olor a humo descendió por la escalera.
Nicolás salió al pasillo. La puerta roja se cerró arriba y el mecanismo volvió a bloquearse.
—Han prendido fuego a la casa.
Aurora miró a la anciana hambrienta, a la mujer inconsciente y a Iago. Samuel esperaba en la segunda habitación.
Aldara no había dejado un archivo para que lo rescataran. Había dejado una elección imposible y suficiente fuego para borrar todas las respuestas.