Tu nombre en mi sangre Capítulo 9. La quinta #2
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Capítulo 9. La quinta #2

Todavía quedaban dos estantes sin revisar. El primero contenía un tomo dedicado a Oviedo. Las entradas comenzaban mucho antes de la epidemia. Alcaldes, criadas, sacerdotes y niños aparecían unidos por palabras que reducían una vida a la utilidad de su último pensamiento.

Aurora encontró a Teresa Cuervo. Junto al nombre figuraba Mieres, medalla, hermana. La hora de extracción era las cuatro y veinte, casi dos horas antes de la muerte que ella presenció en el hospital.

—La bebió viva y la devolvió a la cama —dijo.

Nicolás leyó la ficha.

—Tomó una cantidad pequeña para comprobar el recuerdo. La hora señala la primera alimentación.

—Teresa buscaba una medalla cuando murió.

—Aldara no obtuvo lo que quería y permitió que regresara.

Aurora arrancó la página. Cerca estaba el nombre de Olaya Robles, la hermana desaparecida de la mujer del patio. La entrada terminaba con una cruz y una dirección en León.

—Prometí buscarla.

—La cruz significa que murió.

—Entonces buscaré qué hicieron con su recuerdo.

Nicolás no le dijo que aquello resultaba imposible. Guardó la página en su cuaderno.

Iago observaba desde la puerta. Al ver la lista, retrocedió.

—Yo copiaba esos nombres —dijo.

—¿Para Aldara? —preguntó Aurora.

—Cuando quería que me comportara como Mateo, me enseñaba una ficha y decía que mi padre vendría a buscarme. Si copiaba diez sin error, me dejaba tocar el zapato.

Se miró los dedos. Conservaban manchas de tinta debajo de las uñas.

—No sé leer todo. Aprendí las formas.

Aurora colocó el libro abierto delante de él.

—¿Reconoces alguna?

Iago señaló un signo parecido a dos líneas cruzadas.

—Eso significa que la persona llega despierta. La espiral es láudano. El círculo quiere decir que hay que repetirle un nombre.

—¿Y esta marca?

—Que no deben matarla en la habitación.

La ficha pertenecía a Amalia. Aldara quería sacarla de la quinta después de beber. Quizá pensaba conservarla como testigo manipulable o entregarla a Junquera.

Aurora arrancó también esa página. Amalia necesitaría algún día conocer lo que habían planeado. Tendría derecho a quemarlo sin leerlo.

En la parte baja de la estantería encontraron un cajón cerrado.

La llave de Gaspar abrió la cerradura de sangre, aunque antes exigió una gota de Aurora.

Dentro había objetos personales envueltos en papel y ordenados por números.

La cinta de Jacinta ocupaba el primer paquete.

El segundo contenía la medalla de Teresa.

Aurora abrió la tapa. Había un mechón de pelo, un retrato en miniatura y una inscripción: Eulalia, Mieres, 1819.

—Su hermana —dijo.

—Aldara buscaba el lugar donde Eulalia enterró a un hombre. Teresa lo vio de niña.

—¿Cómo puede saberlo?

Nicolás señaló una nota en el envoltorio. Gaspar había escrito la pregunta que debían repetir: ¿Dónde lo dejó Eulalia?

Aurora recordó los últimos dedos de Teresa buscando la medalla que ya no llevaba. En lugar de permitirle morir pensando en Mieres, le habían arrancado el objeto y dirigido el miedo hacia un crimen ajeno.

Guardó la medalla en el bolsillo.

—Se la devolveré a la familia.

—Si pregunta por el cadáver, ¿qué dirá?

—Que Teresa murió. El resto no me pertenece.

En otro paquete hallaron una navaja, dos dientes infantiles y un guante de encaje. Iago reconoció la navaja.

—Era del hombre que hacía preguntas.

Nicolás abrió el envoltorio. Una ficha llevaba el nombre de Esteban Quirós, otro de los incluidos en la lista del depósito.

—¿Dónde está? —preguntó Aurora.

Iago señaló el techo.

—Aldara le cortó la lengua cuando dejó de obedecer. Lo sacaron ayer.

La ficha tenía una cruz reciente. Debajo figuraba el nombre de un juez y la palabra contrabando.

—¿Quién lo bebió?

—La mujer de pelo corto. Elvira.

Nicolás cerró el puño.

—Aldara la utiliza como depósito y como herramienta. Si recibió el recuerdo de Esteban, ahora conoce las rutas de los contrabandistas.

—¿Para qué las quiere?

—Para sacar el archivo de Asturias si perdemos esta casa.

Aurora miró los cuadernos. La red no dependía de una quinta. Podía trasladarse por caminos que ya existían para ocultar armas, tabaco y personas.

—¿Qué llevamos?

—Los nombres de los vivos y las rutas. Lo demás arderá.

—Si quemamos todo, las familias de Olaya y Esteban nunca sabrán qué ocurrió.

—Si conservamos el método, otra persona podrá repetirlo.

Iago tocó el libro.

—Aldara decía que quien guarda un papel acaba queriendo utilizarlo.

Aurora pensó en el registro del hospital, en las horas falsas y en la manera en que ella misma había convertido los nombres en una razón para seguir el carro. Un libro podía proteger a una persona y también decidir su muerte.

Separó las fichas de quienes seguían vivos. Copió en una hoja los nombres de los muertos y las ciudades, sin recuerdos, preguntas ni secretos. Después arrancó las páginas que explicaban la extracción.

—Los nombres salen —dijo—. El uso se queda.

Nicolás aceptó el criterio. Iago lo imitó, aunque apartó la ficha de Mateo.

—Quiero esta.

—Contiene una mentira —advirtió Aurora.

—La mentira me mantuvo vivo. También es parte de mí.

Ella se la entregó. Iago la dobló alrededor del carbón y el zapato.

La anciana atada comenzó a revolverse en el pasillo. El olor de la sangre de Aurora, derramada sobre la cerradura, había despertado su hambre. Mordió la sábana y trató de arrastrarse hacia la habitación.

Nicolás la sujetó desde atrás.

—Necesitamos alimentarla antes de moverla.

—¿Con qué?

Iago señaló un armario. Dentro había botellas preparadas para los guardias. Nicolás leyó las etiquetas y eligió una sin sedantes.

Aurora vertió la sangre en un cuenco. La mujer lo golpeó y el líquido se extendió por el suelo. Se lanzó hacia él con la boca abierta.

—Míreme —ordenó Aurora—. Si quiere salir, tendrá que beber sin atacar.

Los ojos de la anciana no mostraron comprensión. Nicolás intentó inmovilizarla. Ella le arrancó un pedazo de piel del brazo.

Iago se arrodilló a una distancia prudente.

—Se llamaba Dominga —dijo—. Aldara usaba ese nombre cuando quería castigarla.

La mujer se detuvo.

—Dominga —repitió Aurora—. Hay sangre en la botella. Puede tomarla o puede morder a quien intenta liberarla. Elija.