Capítulo 9. La quinta
La quinta
La Quinta de los Castañedos parecía una casa de veraneo abandonada. Tenía contraventanas verdes, una galería orientada al jardín y un palomar que se inclinaba hacia el camino. Ninguna luz era visible desde fuera.
Aurora llegó oculta en el carro de Tomás. Catalina conducía y se quejaba en voz alta de los baches para parecer una viuda que transportaba ropa, que era exactamente lo que hacía. Nicolás avanzaba por el bosque, protegido de la claridad por los árboles y las nubes.
—Sigo creyendo que venir es una estupidez —dijo Catalina sin volverse.
—Agradezco que hayas esperado hasta estar a medio camino.
—Si te lo digo en casa, te escapas por una ventana.
El carro se detuvo junto a un arroyo. Aurora bajó y se ajustó un cuchillo a la liga. Catalina le entregó un pequeño frasco.
—Agua bendita.
—Nicolás dice que no sirve.
—Para lavarte una herida, sí. No todo gira alrededor de su dramatismo.
Aurora la abrazó.
—Si no volvemos antes del amanecer, ve a buscar a Tomás.
—Si no vuelves, iré a buscar una pala y enterraré a todos los inmortales que encuentre.
Nicolás apareció entre los árboles. Llevaba una pistola, la tenaza de Aurora dentro del cinturón y una cuerda cruzada al pecho.
—La puerta trasera está vigilada —informó—. Dos humanos y Elvira.
—Gaspar vio una entrada con una puerta roja —dijo Aurora—. Quizá se acceda desde el interior.
—Hay una ventana abierta en la galería.
Catalina miró a Aurora.
—He aquí otra ventana. Qué sorpresa.
Se separaron. Nicolás entraría por el tejado y Aurora fingiría pedir ayuda en la puerta principal. Catalina esperaría con el carro en el camino. Era un plan sencillo porque los planes complicados dependían de que demasiadas personas obedecieran a tiempo.
Aurora cruzó el jardín. Los rosales estaban secos y había tierra removida junto al palomar. Llamó a la puerta.
Un hombre abrió apenas un palmo.
—Mi hermana está enferma —dijo Aurora—. Nos han dicho que aquí vive un médico.
—Se equivoca de casa.
—Se ha caído del carro. Está sangrando.
El hombre miró hacia el camino. Aurora empujó la puerta con el hombro y le clavó el frasco de Catalina en la sien. El vidrio se rompió. El hombre cayó maldiciendo, más por el golpe que por el contenido bendecido.
Aurora entró y cerró. En el vestíbulo había un retrato de Aldara vestida de negro. La pintura podía tener cien años, aunque su cara era la misma que Aurora había visto tras la ventana del almacén.
Un disparo sonó en el piso superior.
Aurora corrió hacia la cocina. Encontró la puerta roja detrás de una alacena. La llave de Gaspar encajó, pero la cerradura no giró. Tenía un segundo mecanismo.
—Necesita sangre —dijo una voz.
Elvira estaba junto al fogón. Parecía una muchacha de veinte años. Llevaba el pelo cortado a la altura de la mandíbula y sostenía otra pistola cargada con plata.
—Usted disparó a Nicolás.
—Y usted lo alimentó.
Aurora no preguntó cómo lo sabía.
—¿Está aquí por voluntad propia?
Elvira sonrió.
—La voluntad es un lujo que dura menos que la vida.
Apuntó. Aurora lanzó el cuchillo. No acertó en la mano, pero la obligó a moverse. El disparo abrió un agujero en la alacena.
Nicolás cayó desde el hueco de la escalera y golpeó a Elvira. Ella se revolvió con una velocidad que Aurora apenas pudo seguir. Chocaron contra el fogón. La pistola resbaló por el suelo.
Aurora la recogió.
—¡Apártese!
Nicolás inmovilizó a Elvira contra la pared.
—Si dispara, atravesará a los dos.
—Confío en su capacidad de curarse.
Elvira hundió los dientes en el brazo de Nicolás. Él la soltó. Aurora disparó al techo. El ruido detuvo a ambos.
—La siguiente bala no la desperdicio —dijo.
Elvira se limpió la boca.
—Aldara quiere que entren. Podría haberlos detenido en el bosque.
—¿Dónde está? —preguntó Nicolás.
—Oviedo. Mientras ustedes jugaban a rescatar muertos, ella ha visitado el hospital.
Aurora pensó en Tomás y Catalina, en su madre.
—Miente.
—Dejó una casa abierta y una llave en el bolsillo de Gaspar. ¿Qué otra invitación necesitaban?
Elvira corrió hacia la ventana. Aurora apuntó, pero Nicolás empujó el cañón hacia abajo.
—Déjela.
—Puede avisar a los guardias.
—Ya saben que estamos aquí.
La puerta roja reclamó la atención de Aurora. Había una hendidura debajo del símbolo. Se cortó la palma con el borde del cuchillo y dejó caer sangre sobre el hierro. La cerradura respondió con un clic.
—Podría haberme preguntado —dijo Nicolás.
—Estoy empezando a valorar la independencia.
Descendieron. El aire del sótano estaba frío y cargado de humedad. Cinco puertas se alineaban a lo largo de un pasillo. La última conservaba arañazos alrededor de la cerradura.
En la primera habitación encontraron a una mujer encadenada por el tobillo. Era anciana, aunque su piel se reparaba alrededor de las llagas. Al oír la sangre de Aurora, levantó la cabeza.
—Aldara —susurró.
—Venimos a sacarla —dijo Aurora.
Nicolás rompió la cadena. La mujer se lanzó hacia Aurora. Él la sujetó y recibió el mordisco en el hombro.
—Lleva demasiado tiempo sin alimentarse —dijo—. No distinguirá a quién mata.
Aurora utilizó una sábana para atarle las manos. En la segunda habitación había un hombre inmóvil. Le faltaban ambas piernas y parte de un brazo. Su cuerpo había curado los muñones durante años.
—Por favor —pidió al verlos—. No me saquen.
Nicolás se arrodilló.
—¿Cómo se llama?
—Samuel. Creo.
—¿Quiere que termine?
Samuel asintió.
Aurora salió al pasillo. Escuchó un golpe breve y luego silencio. Nicolás apareció con el rostro cerrado.
—He roto el cuello. Debemos quemar el cuerpo antes de irnos.
En la tercera habitación encontraron a la mujer del notario, recién dormida. Respiraba. Aurora la cargó sobre los hombros con ayuda de Nicolás y la dejó junto a la escalera.
La cuarta contenía cajas de documentos, cabellos atados con cintas y frascos etiquetados. En una estantería había cuadernos parecidos al de Nicolás. Aurora tomó uno. Cada página relacionaba un nombre con el recuerdo buscado y el precio pagado.
La quinta puerta estaba cerrada con una barra exterior.
Nicolás la levantó. Dentro, un muchacho permanecía sentado en la silla del recuerdo de Gaspar. Tenía los ojos abiertos y la cara demasiado joven para la suciedad acumulada.
—Mateo —dijo Aurora.
El muchacho sonrió.
—Padre.
—Gaspar ha muerto.
La sonrisa desapareció. El joven miró a Nicolás.
—¿Quién soy?
—¿Cómo te llamabas antes de que Aldara te convirtiera? —preguntó Nicolás.
—Iago. Creo que era Iago.
—¿Quieres salir?
Iago observó la puerta.
—Ella dijo que si esperaba me devolvería mi vida.
—Te dio un recuerdo de Mateo y te enseñó a responder a su padre —explicó Aurora—. Esa vida no fue tuya.
Iago comenzó a llorar sin lágrimas.
—Entonces no tengo ninguna.
—Tiene un nombre —dijo Aurora—. Podemos empezar por ahí.
Iago se levantó. Era más alto de lo que parecía sentado y caminaba con una rigidez aprendida. En una esquina guardaba tres objetos: un zapato infantil, una cuchara de plata ennegrecida y un trozo de carbón.
—¿Son tuyos? —preguntó Aurora.
—Aldara dice que sí.
Nicolás tocó la cuchara sin cogerla.
—La plata te quema.
—Por eso sé que me la dio después.
Iago mostró la palma. Tenía una cicatriz que tardaba en cerrar.
—El zapato era de Mateo —continuó—. El carbón pertenece a una mina. Cuando lo sostengo veo a un hombre golpeando una pared bajo tierra. Creo que esa parte es mía.
—¿Recuerdas una familia? —preguntó Aurora.
—Una mujer que canta mientras corta nabos. No veo su cara. Aldara decía que era la madre de Mateo, aunque el acento no coincide con el de Gaspar.
Aurora envolvió el carbón en un paño.
—Llévalo. Puede ayudarnos a encontrar de dónde viniste.
—¿Y si descubro que Iago tampoco era mi nombre?
—Elegirá otro.
En la habitación de los documentos, Nicolás encontró una libreta con entradas de minas de Langreo. Uno de los nombres estaba marcado: Iago Méndez, veintidós años, desaparecido tras un derrumbe en 1848.
Iago leyó la fecha.
—Siete años.
—Podría ser usted —dijo Aurora.
—También podría ser otro recuerdo que quiere meterme dentro.
—Por ahora guarde la libreta y decida cuando esté fuera.
El muchacho la dobló sin abrir más páginas. Había aprendido que saber podía resultar tan peligroso como ignorar.
Aurora registró la estantería mientras Nicolás preparaba a los rescatados. Detrás de los cuadernos encontró una caja con frascos pequeños. Cada tapón llevaba un nombre y una fecha. Algunos contenidos se habían secado. Otros conservaban un rojo oscuro.
—¿Sangre? —preguntó.
Nicolás se acercó sin tocar los recipientes.
—Muestras. Aldara intenta conservar recuerdos fuera del cuerpo.
—¿Funciona?
—La sangre muerta pierde casi todo. A veces deja un olor, una emoción o una imagen rota.
Aurora encontró un frasco etiquetado con el nombre de Isabel. Estaba vacío.
Iago retrocedió al verlo.
—Nos hacía beber de ese —dijo—. Después preguntaba por una niña.
—¿Qué respondías?
—Que escondía cintas. Que tenía miedo a las estrellas. No sabía si lo veía o si había aprendido a decirlo.
Nicolás guardó el frasco en el bolsillo.
—Aldara lleva siglos buscando una forma de recuperar a su hija sin matar al recipiente.
—¿Y si la encuentra?
—Creará más recipientes. Ninguno será la niña que perdió.
En la base de la caja había notas sobre la conversión. Aurora leyó frases sueltas: el creador olvida, el convertido recibe, la cercanía de la muerte abre el regreso. La última línea estaba escrita con tinta reciente.
Nicolás no ha creado a nadie. La mujer del registro podría obligarlo.
Aurora sintió que la quinta entera se cerraba alrededor de ella. Aldara no solo sabía quién era. Había previsto que Nicolás pudiera convertirla antes de que enfermara.
—¿Qué significa obligarlo? —preguntó.
—Que utilizará tu vida para probarme.
—¿Puede causar el cólera?
—No necesita hacerlo. Le basta con acercarte a los enfermos, herirte o esperar a que yo crea que no hay otra salida.
Aurora guardó las notas. Quería enseñárselas a Tomás y quemarlas después.