Tu nombre en mi sangre Capítulo 8. Una sed elegida #3
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Capítulo 8. Una sed elegida #3

Amalia señaló una lista. Contenía entregas de harina, aceite y láudano a la quinta. Junto a cada envío figuraba una inicial.

—La V es Valdés —explicó—. Fernando lo llamaba capitán, aunque nunca llevaba uniforme cuando venía al depósito. La D no es un nombre. Significa despierto. Marcaban así a quien debía llegar consciente.

Aurora contó cinco letras D.

—¿Los viste?

—Vi a dos. Un muchacho con un zapato de carbón y una mujer que no paraba de repetir la dirección de una notaría. A los demás los bajaron cubiertos.

Nicolás examinó las fechas. La última entrega estaba prevista para la noche siguiente.

—Aldara trasladará el archivo —dijo.

—No es un archivo —replicó Amalia—. Son personas.

El reproche alcanzó a todos. Aurora dobló el papel.

—Tienes razón.

—Quiero ir.

—No.

Amalia se puso en pie.

—A mí tampoco me escucha cuando digo que sigo viva.

Aurora reconoció sus propias palabras y detestó que pudieran volverse contra ella con tanta facilidad.

—Por eso vas a marcharte. Gaspar te busca. Si te ve en la quinta, dejará de pensar y disparará.

—Sé dónde guardan las llaves.

—También sabes cómo es el sótano. Dibújalo.

La muchacha tomó un carbón. Trazó un corredor, una escalera doble y una puerta pintada de rojo. Recordaba una ventana estrecha junto al cuarto de las botellas y una rejilla que olía a tierra mojada.

—Puede ser un conducto hasta el jardín —dijo Catalina.

—O una salida para el humo —respondió Nicolás.

Amalia añadió una cruz junto a la segunda habitación.

—Allí estaba el muchacho del zapato. Se llama Iago. Me pidió que avisara a su madre.

—¿Dónde vive?

—No lo sé. Aldara hizo que repitiera su nombre hasta que olvidó el pueblo.

La crueldad era precisa. No bastaba con robar recuerdos. Aldara obligaba a sus víctimas a comprobar el hueco.

Aurora guardó el dibujo con la lista.

—Encontraremos a Iago si continúa allí. Después buscaremos a su madre con lo que recuerde.

—¿Y si no recuerda nada?

—Le preguntaremos qué quiere hacer con lo que queda.

Amalia miró hacia la puerta. El carro de Avilés acababa de llegar. Las ruedas se oían sobre el empedrado.

—Fernando decía que nadie sale de la quinta siendo la misma persona.

—Fernando confundía cambiar con pertenecer a otro —dijo Aurora—. Tú has cambiado y sigues siendo tuya.

Catalina vistió a Amalia con un mantón negro y le entregó una cesta. La muchacha abrazó a Aurora con fuerza inesperada.

—No deje que el hombre pálido decida por usted.

—Él ya sabe que no puede.

Nicolás inclinó la cabeza.

—Lo aprendo cada hora.

Amalia salió por el patio. Catalina la acompañó hasta el carro y permaneció allí hasta verlo doblar la esquina. Cuando volvió, tenía los ojos secos y una pistola dentro del delantal.

—Ya podéis hacer vuestra estupidez —dijo—. Pero utilizaremos el dibujo de la niña.

Él esperaba vestido para el viaje. Había conseguido sangre animal y ya no quedaban rastros oscuros alrededor de la herida.

—Su madre la ha golpeado —dijo al verla.

—Lo oyó desde aquí.

—Olí la sangre.

—Esa respuesta ayuda poco.

Nicolás tomó la bolsa de Aurora y la colocó en el carro.

—¿Quiere que me mantenga lejos?

—Quiero que entienda por qué ella lo desea.

—Lo entiendo.

Aurora le dio la pistola cargada con la plata extraída de su costado.

—Entonces sobrevivamos para que pueda seguir detestándolo.

Nicolás guardó la pistola. Amalia había dejado además una cinta azul para Iago, arrancada del forro de su vestido. Aurora la ató al asa de la bolsa.

—No sabes si él la recordará —dijo Nicolás.

—No es para que recuerde. Es para que sepa que alguien salió y volvió a pensar en él.

Catalina chasqueó las riendas.

—Subid. El romanticismo pesa y la mula ya se queja bastante.

Aurora subió sin soltar la cinta. Nicolás ocupó el lado opuesto del carro, lo bastante cerca para intervenir y lo bastante lejos para que la elección de acercarse siguiera siendo de ella.

El camino sacudía las ruedas. Aurora terminó sentándose a su lado porque desde allí podía ver mejor el bosque. Nicolás no interpretó el movimiento como una promesa. Le ofreció la manta y esperó a que ella decidiera compartirla.

—Esto no cambia lo que dije —advirtió Aurora.

—Lo sé.

—Puede dejar de parecer satisfecho.

—No estoy satisfecho.

—Miente peor cuando tiene hambre.

Nicolás volvió la cara hacia el camino, aunque no consiguió ocultar la sonrisa.

Aurora apoyó la cinta entre sus manos. Cada bache los acercaba y volvía a separarlos. Ninguno utilizó el movimiento accidental como permiso. Cuando la quinta apareció detrás de los árboles, sus hombros estaban juntos por una decisión que habían repetido durante todo el trayecto.

Catalina los vio y resopló. No comentó nada. Ahorraba las burlas para cuando estuvieran fuera.

Confiaba más en la burla que en los presagios.

Partieron hacia la Quinta de los Castañedos cuando las nubes cubrieron el sol.

Catalina conducía. Tomás esperaba en Oviedo con un lugar para los rescatados.

Aurora llevaba la llave de Gaspar, un cuchillo en la liga y la certeza de que había elegido acercarse a Nicolás sin cerrar los ojos ante el hombre que podía ser.