Capítulo 8. Una sed elegida #2
—Estoy aterrorizada. También necesito llegar a la quinta y sacar a las personas encerradas. Puedo sostener más de una cosa sin dejar que todas manden.
Nicolás apoyó la cabeza en la pared.
—Aldara decía que el miedo era útil cuando se le daba una tarea.
—No me gusta estar de acuerdo con ella.
—A mí tampoco me gustaba estar en desacuerdo.
Aurora esperó. Nicolás nunca hablaba de la relación con su creadora sin colocar siglos entre ambos.
—¿Le hacía daño? —preguntó.
—Sí.
—¿Y usted a ella?
—También.
—Eso tampoco responde.
Él miró sus manos.
—Aldara alternaba castigo y atención hasta que yo deseaba ambos porque significaban que me miraba. Cuando me dejaba sin sangre, me prometía una persona si obedecía. Cuando obedecía, me permitía dormir junto a ella. Tardé años en comprender que la cama formaba parte del adiestramiento.
Aurora pensó en el beso de la cocina. Había elegido acercarse. También sabía que Nicolás podía matarla si perdía el control. La diferencia importaba, aunque el peligro no desaparecía.
—No quiero que repita eso conmigo —dijo.
—Nunca lo haría.
—Acaba de contarme que aprendió a confundir hambre, miedo y deseo. Una promesa no deshace el aprendizaje.
Nicolás aceptó el golpe con un gesto.
—¿Qué necesitas?
—Que me diga cuándo tiene hambre antes de que yo deba adivinarlo. Que no utilice protegerme para decidir por mí. Que pueda besarme sin convertir cada deseo en una tragedia.
—La última condición será difícil.
—Practique.
Aurora se inclinó y lo besó. Nicolás respondió despacio. La mano se quedó sobre la manta hasta que ella la llevó a su cintura. El hambre seguía presente. Aurora la percibía en el cuidado excesivo, en la rigidez de sus dedos y en la distancia que mantenía entre la boca y el cuello.
—Tengo hambre —dijo él al apartarse.
—Bien. Eso cuenta como progreso.
—También quiero continuar.
—Puede querer las dos cosas y obedecer solo una.
Nicolás apoyó la frente en la suya. Aurora notó una sonrisa.
—Resulta agotadora.
—Lo dejó escrito en alguna parte.
Se apartó antes de que el deseo buscara una excusa. La elección no tuvo nada de castigo. Nicolás permaneció en la cama mientras Aurora bajaba a preparar el carro.
Tomás llegó al mediodía. Examinó la punta de plata y después el cuello de Aurora. Las heridas casi habían cerrado, aunque dos marcas seguían visibles.
—¿Te ha obligado? —preguntó.
—No lo ha hecho.
—Mírame y vuelve a decirlo.
Aurora obedeció.
—Se lo pedí. Acordamos una señal. Se detuvo cuando la hice.
Tomás miró a Nicolás, que permanecía de pie junto a la ventana.
—Si alguna vez no se detiene, tendré que encontrar una forma de matarlo.
—Lo ayudaré —respondió Nicolás.
—No necesito su permiso.
—Entonces nos entendemos.
Tomás vendó el cuello de Aurora. Lo hizo con movimientos bruscos.
—Tu madre pregunta por ti. Catalina consiguió que durmiera en su casa y ahora quiere saber quién dejó la nota.
—Iré al anochecer.
—No puedes presentarte con esas marcas.
—Diré que me atacó un perro.
—Dos heridas iguales en el cuello.
—Un perro metódico.
Tomás cerró el maletín.
—No encuentro gracia.
Aurora tocó su manga.
—Lo sé.
El médico la miró con el dolor de quien había imaginado otra vida para ella y acababa de encontrar marcas que no podía curar. Aurora no se disculpó por una elección tomada libremente. Tampoco fingió que esa libertad evitaba herir a quienes la querían.
Catalina resolvió el problema con un cuello alto y un alfiler enorme.
—Si Ramona pregunta, has estado moviendo leña y te has arañado —dijo.
—Tomás cree que no es convincente.
—Tomás cree que un diagnóstico necesita palabras largas.
Ramona recibió a Aurora en la cocina de Catalina. Había llevado la costura y una olla. La abrazó, la regañó por la nota y preguntó tres veces por qué no podía volver a casa.
—Hay hombres vigilando la calle por lo de Amalia —explicó Aurora.
—Entonces iremos a la policía.
—Uno de ellos es capitán.
Ramona dejó la cuchara.
—¿Qué has hecho?
—Ayudar a una muchacha.
—Siempre respondes con la parte que te deja dormir.
Aurora pensó en Jacinta, Gaspar y la sangre que había ofrecido. Su madre merecía más. Contarle la verdad la convertiría en otro objetivo.
—He visto cosas que no sé explicar sin ponerla en peligro —dijo.
Ramona le abrió el cuello del vestido antes de que pudiera apartarse. Vio las marcas.
—¿Te las ha hecho un hombre?
—Así es.
La bofetada llegó rápida. Aurora la aceptó.
—Le di permiso.
—¿Para morderte?
—Para salvar su vida.
Ramona se sentó. Catalina cerró la puerta de la cocina y permaneció junto a ella.
—¿Lo quieres? —preguntó la madre.
Aurora no estaba preparada para una palabra tan sencilla.
—Apenas lo conozco.
—Eso no responde.
—Me importa lo suficiente para haber tenido miedo de perderlo.
Ramona miró las heridas.
—El miedo se parece mucho al amor cuando una tiene poca experiencia.
—Y el amor se parece a una orden cuando los demás creen saber qué conviene.
La discusión terminó sin acuerdo. Ramona permitió que Aurora se marchara porque Catalina aseguró que dormiría con ella. Aurora mintió otra vez y regresó a la casa de Nicolás.
Amalia las esperaba en el cuarto trasero. Llevaba el pelo cortado hasta la mandíbula y un vestido de la hija de Catalina que le quedaba ancho. Sobre la mesa había extendido tres papeles robados del escritorio de Gaspar.
—No pienso quedarme escondida mientras vais a buscar a gente que yo he visto —dijo.
Catalina cerró las cortinas.
—Tú vas a subir al carro de Avilés dentro de una hora.
—El carro puede esperar.
—Los carros no esperan. Por eso son mejores que los hombres.