Capítulo 8. Una sed elegida
Una sed elegida
Nicolás regresó antes del amanecer con una herida que olía a metal.
Aurora despertó cuando lo oyó tropezar en el corredor. Lo encontró apoyado contra la pared, con la levita rota y el costado ennegrecido. Había intentado sacarse algo con los dedos y había dejado una mancha oscura sobre la camisa.
—¿Qué ha ocurrido?
—La ruta era una trampa.
—Eso ya lo sabíamos.
—Había un hombre con mejor puntería de la esperada.
Aurora lo llevó hasta la cocina. Nicolás apartó la mano. Dentro de la herida brillaba una punta de plata.
—Necesito unas pinzas —dijo.
—También necesita al doctor Morán.
—Tomás no puede venir sin que lo sigan.
Aurora encendió una lámpara y buscó en la alacena. Nicolás se quitó la camisa. La plata había quemado un círculo alrededor de la herida y la carne no se cerraba. El contraste entre la piel intacta y el borde negro resultaba peor que la sangre.
—¿Quién le disparó?
—Una mujer a la que Aldara convirtió hace unos cuarenta años. Se llama Elvira. O se llamaba.
—¿Ha muerto?
—Escapó.
Aurora esterilizó las pinzas en la llama. Nicolás se sentó y agarró el borde de la mesa.
—Saque la punta de una vez.
—Me gusta que sus órdenes sean sencillas.
Introdujo el metal. Nicolás no gritó. La madera crujió bajo sus dedos. Aurora encontró el proyectil y tiró. La punta cayó en un plato con un sonido mínimo.
La herida siguió abierta.
—¿Por qué no cura?
—La plata permanece en la sangre durante horas. Necesito alimentarme.
Aurora miró los tarros. Ninguno contenía sangre.
—¿Tiene reservas?
—Las gasté la semana pasada.
—Buscaremos un animal.
—No bastará.
Nicolás se levantó, aunque las piernas no lo sostuvieron. Aurora lo ayudó a sentarse en el suelo. Él apoyó la cabeza contra el armario.
—Salga de la casa —dijo—. Vaya con Catalina.
—¿Y dejarlo aquí?
—Dentro de una hora perderé el control. Prefiero que no esté cerca.
Aurora apartó el pelo de su cuello. Nicolás siguió el movimiento. El hambre cambió su cara de un modo más inquietante que unos colmillos visibles: toda su atención se redujo al pulso bajo la piel.
—Puede beber de mí.
—No voy a hacerlo.
—Le pondré condiciones.
—No sabe cuánto necesito.
—Tome lo suficiente para cerrar la herida y se detiene cuando yo lo diga.
—Aurora, no puedo prometerlo.
—Entonces prométame que se apartará si golpeo dos veces la mesa.
—No comprende lo que me pide.
—Usted tampoco comprende lo que me está pidiendo al echarme. Si lo abandono, Aldara gana la quinta, los prisioneros y esta casa. También me quedo sin la única persona capaz de explicarme por qué hay una mujer de cuatro siglos persiguiéndome.
—Una declaración conmovedora.
—No se acostumbre.
Aurora tomó un paño limpio y se sentó a su lado. Le ofreció la muñeca, pero Nicolás negó.
—Ahí dolerá más y beberé peor.
Ella volvió a descubrirse el cuello.
—¿Cómo debo colocarme?
Nicolás la miró a los ojos.
—Encima de mí. Si pierde fuerza, no caerá.
Aurora se acomodó sobre sus muslos. La cercanía cambió el aire. Nicolás tenía la piel fría, la boca manchada y una mano inmóvil junto a su cintura, como si tocarla pudiera romper un acuerdo que aún no existía.
—Dos golpes —recordó ella.
—Dos.
Él acercó los labios a su cuello. El contacto inicial fue suave. Aurora sintió los dientes y luego una punzada nítida. Apretó el paño. El dolor disminuyó enseguida, sustituido por un calor que se extendió por el pecho y las piernas.
Nicolás bebía despacio. La mano que evitaba tocarla terminó sobre su espalda. Aurora oyó cómo recuperaba la respiración aunque no la necesitara, como si su cuerpo recordase una costumbre humana ligada al deseo.
La herida de su costado comenzó a cerrarse.
Aurora apoyó una palma en la mesa. Podía detenerlo. Aún no quiso.
La boca de Nicolás se movió sobre la piel. El placer llegó unido a una pérdida de fuerza que la alarmó. Golpeó dos veces.
Él se separó.
Lo hizo con violencia contra sí mismo. La apartó y se arrastró hasta la pared opuesta. Tenía sangre en los labios y los ojos cerrados.
Aurora presionó el paño contra las heridas.
—Ha cumplido.
—No se acerque.
—Está curando.
—Aurora.
Su nombre sonó como una advertencia. Ella permaneció sentada hasta recuperar el equilibrio. Después se levantó, sirvió agua y limpió la punta de plata.
—Elvira sabía que iría a la ruta —dijo—. Aldara también sabe que vendremos a la quinta.
Nicolás abrió los ojos.
—Acaba de darme sangre y quiere hablar de una incursión.
—Necesito ocupar la cabeza con algo que no sea su boca.
Él la miró. La distancia entre ambos se volvió insuficiente.
—Ha sentido placer —dijo.
—No sea vanidoso. También he perdido bastante sangre.
—Una cosa no excluye la otra.
Aurora dejó el vaso. Nicolás se levantó. La herida había desaparecido, salvo por una marca rosada. Avanzó sin apartar la mirada de su cuello.
—Puede decirme que me detenga —murmuró.
—Ya se lo he demostrado.
Aurora lo besó.
La sangre le dio a la boca de Nicolás un sabor metálico. Él sostuvo su cara con ambas manos y respondió sin la cautela que había utilizado al beber. Aurora chocó contra la mesa. El plato de la plata cayó al suelo.
Nicolás se apartó de golpe.
—¿Qué ocurre?
—Puedo oír su corazón.
—Eso no parece una novedad.
—Está acelerado. El hambre no ha desaparecido.
Aurora reconoció el esfuerzo en su voz. Recogió la camisa y se la entregó.
—Entonces terminamos aquí.
Nicolás esperó una protesta. Ella se abrochó el vestido y abrió la ventana para que entrara aire.
—¿No está ofendida? —preguntó.
—Me habría ofendido que ignorase el peligro para demostrar hombría.
Él se puso la camisa.
—Tiene una opinión desalentadora de los hombres.
—Trabajé cinco años con escribientes antes de la epidemia.
Nicolás rió. Esta vez la sonrisa llegó completa y transformó una cara que Aurora empezaba a conocer bajo demasiadas luces distintas.
—La quinta —dijo ella—. Necesitamos un plan que no dependa de que Aldara sea más estúpida que nosotros.
Se sentaron frente al plano. Aurora notaba las heridas del cuello con cada movimiento, aunque no se arrepentía. Había entregado sangre, no obediencia. La diferencia importaba.
La planificación ocupó el resto de la mañana. Nicolás dibujó la finca de memoria después de observarla desde los árboles. Aurora marcó puertas, distancias y lugares donde un carro podía esperar sin ser visto. Discutieron hasta gastar la punta del lápiz.
—Entraré por la galería —dijo Nicolás.
—Aldara esperará que elija la altura.
—¿Por qué?
—Porque usted mira las ventanas antes que las puertas.
—Eso lo ha aprendido deprisa.
—En el hospital saltó desde una. En el almacén buscó otra. Esta casa tiene tres salidas y dos están por encima del suelo.
Nicolás tachó la galería.
—Entraremos separados.
—Tampoco. Ella quiere aislarlo. Catalina conducirá un carro hasta el arroyo. Yo llamaré a la puerta. Usted entrará por donde le parezca, aunque deberá verme desde dentro.
—Utilizarte como distracción me parece una idea deplorable.
—Por eso funcionará. Aldara sabe que no le gusta.
Nicolás dejó el lápiz.
—Cuando bebí de ti, vi una imagen.
Aurora notó cómo el cuello volvía a doler, pese a que las heridas estaban cerrando.
—Dijo que los recuerdos llegaban cerca de la muerte.
—No era un recuerdo completo. Vi una mesa, tinta y una mano de mujer. Podía ser tuya o de alguien que tú recordabas.
—¿Estoy en peligro?
—Has perdido sangre. Tu mente buscó un lugar donde sostenerse y quizá lo sentí. Hay vínculos que desconozco.
Aurora retiró el plano para dejar espacio entre los dos.
—Entonces no volverá a beber sin decírmelo.
—Nunca lo haría.
—Prométalo sin ofenderse.
Nicolás colocó la palma sobre la mesa.
—No beberé de ti sin que me lo pidas de forma clara. Si no puedes hablar, el silencio significará que no.
Aurora cubrió su mano con la suya. El contacto fue menos intenso que el beso y, por esa razón, más difícil de interrumpir.
—Yo tampoco utilizaré lo que sé de su hambre para obligarlo a acercarse —dijo.
—Esa promesa no estaba en discusión.
—Ahora sí.
Nicolás giró la mano y enlazó los dedos con los de ella. No volvieron a besarse. A veces, el deseo se hacía más peligroso cuando aceptaba esperar.
La espera duró hasta que Nicolás pudo caminar sin apoyarse en los muebles. La sangre de Aurora había cerrado la herida, aunque la plata permanecía en su cuerpo. Cada pocos minutos aparecía una vena oscura alrededor del costado y volvía a desaparecer.
—Debería descansar —dijo ella.
—No dormimos como ustedes.
—Ya sé que no hace nada como nosotros. Puede tumbarse y resultar difícil en horizontal.
Nicolás aceptó la cama del dormitorio. Aurora cambió las sábanas manchadas y colocó la punta de plata dentro de un frasco. Él la observaba desde la almohada.
—¿Qué hará con eso?
—Dárselo a Tomás.
—Preguntará de dónde salió.
—Le diré que un hombre decidió recibir un disparo sin consultar al médico.
—Elvira apuntaba hacia el árbol donde estaba oculto.
—Entonces decidió esconderse mal.
Nicolás cerró los ojos. Aurora se sentó en el borde de la cama para comprobar la herida. La piel estaba fría, salvo alrededor del lugar donde había bebido. Allí conservaba un calor prestado.
—¿La ve? —preguntó él.
—¿A quién?
—La imagen que recibí. La mano sobre una mesa.
—Está dentro de usted.
—También olía a lavanda y tinta. La mujer llevaba una alianza.
Aurora buscó en sus propios recuerdos. Ramona utilizaba lavanda entre la ropa. Había dejado de llevar la alianza después de la muerte de su marido, aunque la guardaba en una cinta.
—Podría ser mi madre —dijo.
—¿Estabas pensando en ella?
—La vi por la ventana antes de que saliera.
—Entonces he tomado algo que no ofreciste.
—No sabía que ocurriría.
—Yo debía saberlo.
Aurora oyó culpa en la voz. Le resultaba familiar, casi cómoda. Nicolás podía utilizarla para convertir cualquier accidente en una prueba de que debía alejarse.
—No va a marcharse por esto —dijo.
—No estaba pensándolo.
—Miente peor cuando está herido.
Nicolás abrió los ojos.
—He bebido una imagen de tu madre.
—Una mano con alianza no es mi madre. Si empieza a verla en la calle, hablaremos del problema.
—No parece preocupada.