Tu nombre en mi sangre Capítulo 7. La casa sin espejos #3
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Capítulo 7. La casa sin espejos #3

—Porque Aldara conoce la entrada principal.

—Otra estrategia.

—No tengo muchas formas de cuidar a alguien.

Aurora cerró la mano sobre la llave.

—Puede aprender una que no suene a orden.

Nicolás la miró durante unos segundos.

—Quédese esta noche, por favor.

La frase carecía de elegancia y no intentaba poseerla. Aurora entró.

Antes de subir, recorrió la casa con la llave en una mano y una vela en la otra.

No quería dormir en un refugio cuyas salidas solo conociera Nicolás.

Él la siguió a distancia y nombró las habitaciones como quien recita una familia extinguida.

El comedor había pertenecido a su madre.

En el despacho, Alonso atendía a los arrendatarios.

La alcoba cerrada al norte fue de Isabel durante los meses en que regresó viuda.

—¿Y esta? —preguntó Aurora ante una puerta pequeña, oculta tras un tapiz.

—No estaba ahí.

La cerradura cedió con la llave de la bodega. Detrás encontraron un hueco angosto lleno de polvo, dos baúles vacíos y un escritorio infantil. En la madera alguien había tallado una rama con una uña o con la punta de un cuchillo.

Nicolás apagó la vela con los dedos.

—Aldara estuvo aquí.

—Eso ya lo sabíamos.

—No dentro de este cuarto. Alonso y yo lo utilizábamos para escondernos. Nadie más conocía la puerta.

Aurora volvió a encender la mecha. Debajo del escritorio había papeles mordidos por la humedad. Eran cuentas domésticas, recibos de carbón y una carta sin enviar. La fecha correspondía a 1697, cinco años después de que Nicolás abandonara Oviedo.

La letra pertenecía a Alonso.

Hermano, la señora que llamas tu salvadora ha venido otras tres veces. Pregunta por lo que viste al morir y por los nombres que pronuncias dormido. No cree que te hayas marchado. Dice que una casa recuerda mejor que sus habitantes.

El resto estaba deshecho.

Nicolás sostuvo el papel sin reconocer la escritura.

—¿Sabía Alonso lo que eras? —preguntó Aurora.

—Le dije que había enfermado. Que no podía soportar el sol.

—Tu hermano vio que no envejecías.

—Las familias colaboran con una mentira cuando la verdad exige expulsar a alguien.

Aurora pensó en Ramona cosiendo detrás de una cortina, dispuesta a creer en un sanatorio si la alternativa era no tener hija. La protección y el abandono podían utilizar las mismas palabras.

Registró los cajones. En uno encontró un aro de plata partido y tres manchas negras. Nicolás retrocedió al verlo.

—¿Era de tu hermano?

—De mi padre. Alonso lo heredó.

—Alguien lo utilizó contra Aldara.

—O contra mí.

El vampiro no intentó embellecer la posibilidad. Aurora envolvió el aro en un trozo de cortina y lo guardó junto a la tenaza.

—Si Aldara regresó durante años, pudo llevarse a Alonso.

—Murió en 1711. Vi la inscripción cuando volví.

—Una lápida no demuestra cómo.

Nicolás se sentó en el suelo. Por un instante dejó de parecer una criatura antigua. Era un hermano que había llegado tarde a una pregunta.

—No recuerdo despedirme —dijo—. Recuerdo salir de esta casa convencido de que volvería cuando aprendiera a no matarlo. Al regresar, nadie quiso abrirme. Una criada dijo que Alonso me esperó hasta el último invierno.

Aurora se acuclilló frente a él.

—Aldara cuenta con que toda culpa te conduzca hasta donde ella quiere.

—Algunas culpas conocen bien el camino.

—Entonces no las dejaremos guiar solas.

Extendieron sobre el suelo un plano de las calles y marcaron la quinta, el depósito, la casa de Ramona y el lugar donde Gaspar mantenía a sus vigilantes. Aurora añadió la entrada del pozo y una ruta hasta la imprenta de Tomás. Cuando terminó, Nicolás señaló el aro de plata.

—No lo lleve si yo pierdo el control.

—Precisamente por eso lo llevaré.

—Podría matarme.

—También podría recordarle que puedo hacerlo.

Nicolás aceptó la respuesta. Aurora comprendió que su confianza no consistía en dejarla indefensa. Consistía en entregarle el conocimiento necesario para detenerlo.

Guardó también la carta de Alonso. No como una deuda que Nicolás debiera pagar aquella noche, sino como prueba de que Aldara llevaba más de un siglo utilizando el amor de los demás como camino de regreso.

En el sobre escribió la fecha y el lugar. Si ambos desaparecían, Catalina sabría dónde empezaba aquella historia.

Nicolás le entregó la vela. Aurora la apagó antes de guardar el documento. Por esa noche, ninguna memoria de la casa ardería para facilitarles el miedo.

El humo dibujó una línea breve entre ambos. Nicolás abrió la ventana hasta que desapareció.

La casa olió a lluvia y a madera cerrada. Aurora memorizó ambas salidas antes de subir.

Después comprobó que Nicolás pudiera utilizarlas herido.

Él no protestó durante la inspección.

Nicolás esperó a que ella cerrara la puerta del dormitorio antes de salir a comprobar la ruta de la quinta. Aurora oyó cómo se marchaba por el tejado. Dejó la llave debajo de la almohada y la tenaza junto a la cama.

Durmió vestida. Por eso, cuando el golpe del corredor la despertó antes del amanecer, pudo llegar hasta Nicolás antes de que la plata terminara de quemarlo.