Tu nombre en mi sangre Capítulo 7. La casa sin espejos #2
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Capítulo 7. La casa sin espejos #2

—Las costumbres permiten conversar sin que la otra persona piense en lo que uno bebe de verdad.

—Llevamos tres días hablando de ello.

—Por eso agradezco una cebolla.

Aurora comió. La carne estaba dura y el caldo demasiado salado. Decidió no decirlo hasta que Nicolás preguntó.

—¿Está bueno?

—Ha tenido ciento noventa y seis años y esto es lo mejor que ha conseguido.

Él probó una cucharada. Hizo una mueca.

—La sal se conserva demasiado bien.

Aurora rió. El cansancio volvió más fácil el gesto. Nicolás se quedó mirándola hasta que ella dejó la cuchara.

—¿Qué ocurre?

—Había olvidado cómo suena una risa en esta casa.

Aurora miró las sillas vacías. El polvo de las habitaciones, los cuadros retirados y los espejos desaparecidos adquirieron otro peso.

—¿Vivió aquí su hermano hasta morir?

—Alonso heredó la casa. Yo regresé diecinueve años después de mi conversión, cuando él ya tenía hijos mayores que yo. Le conté que había sobrevivido a la herida y que una enfermedad impedía que envejeciera. Necesitaba creerme. Durante una semana lo hizo.

—¿Qué ocurrió después?

—Me vio beber de un criado moribundo.

Nicolás dejó la cuchara.

—Alonso no avisó a nadie. Me pidió que me marchara antes de que sus hijos descubrieran qué era. Nos despedimos en la escalera. Murió dos meses después y yo llegué tarde al entierro.

—¿Lo anotó en el cuaderno?

—Anoté el recuerdo del criado. Mi hermano le daba una moneda cada domingo para que comprara tabaco. El hombre pensó en ese gesto al morir.

—Entonces recuperó una parte de Alonso a través de otra persona.

—Una parte que no me pertenecía.

Aurora vio el mecanismo que regía la vida de Nicolás. Cada persona perdida podía regresar deformada dentro de la sangre de un tercero. La muerte nunca cerraba una puerta. Dejaba ventanas abiertas en casas ajenas.

—¿Dónde están sus retratos?

Nicolás señaló el piso superior.

Subieron con una lámpara. Al final del pasillo había una habitación cuya puerta se resistió. Nicolás empujó. Dentro, los cuadros descansaban contra las paredes, cubiertos por mantas. Aurora retiró la primera.

Un joven vestido con casaca sostenía un libro. Tenía la boca de Nicolás, aunque el cabello era más claro y la mirada carecía de esa vigilancia constante.

—Alonso —dijo ella.

—A los treinta años.

El cuadro siguiente mostraba a una mujer y dos niñas. Una llevaba una cinta verde. Nicolás miró sin reconocerlas.

—¿Sus sobrinas?

—Una murió niña. La otra se casó en León. Dejé de seguir a la familia cuando mis visitas empezaron a parecer apariciones.

Aurora descubrió otro lienzo. El muchacho representado era Nicolás antes de 1692. Tenía treinta años, color en la cara y una arrogancia distinta, menos trabajada.

—Se parecía poco.

—Es el mismo rostro.

—La cara no termina en la piel.

Nicolás se acercó al retrato. Tocó una grieta del barniz.

—Ese hombre debía dinero, jugaba mal y creía que cualquier mujer que lo mirara dos veces estaba enamorada.

—Ahora espera tres miradas.

—He aprendido prudencia.

Aurora sostuvo la lámpara más alta. En la esquina del lienzo encontró tres arañazos rojos, semejantes a la rama de Aldara.

—Ella estuvo aquí.

Nicolás olió el marco.

—Hace años. La sangre está seca.

—¿Por qué marcó su retrato?

Él dio la vuelta al cuadro. En la parte trasera había una frase escrita con tinta desvaída.

Siempre regresas a la casa donde fuiste querido.

Aurora leyó en voz alta. Nicolás cubrió las palabras con la manta.

—Aldara sabía que su hermano vivía aquí —dijo ella—. ¿Lo utilizó para encontrarlo?

—Lo visitó después de que yo me marchara. Alonso la recibió porque la presenté como la mujer que me salvó.

—¿Le hizo daño?

—Nunca lo supe.

La incertidumbre había sobrevivido más que todas las personas capaces de responder. Aurora pensó en su madre, a pocas calles, envejeciendo mientras ella se escondía en una casa llena de muertos.

—Quiero verla esta noche.

—Gaspar vigila la calle.

—Desde la esquina. Necesito comprobar que sigue allí.

Nicolás aceptó. Salieron cuando oscureció. La lluvia había limpiado las calles y el toque de queda reducía el tránsito. Aurora se cubrió con una capa de la casa. Nicolás caminó por los tejados bajos y los patios, apareciendo siempre una esquina por delante.

En la calle del Rosal había un hombre sentado frente a la taberna. Fingía dormir. Otro permanecía dentro de un portal. La ventana de Ramona estaba iluminada.

Aurora se ocultó bajo el alero de la panadería. Vio la sombra de su madre moverse detrás de la cortina. Ramona levantó una prenda, enhebró una aguja y se sentó a coser. La normalidad dolió más que una amenaza.

—Está sola —murmuró Aurora.

Nicolás apareció detrás.

—Hay una vecina en la cocina.

—No puedo oírla.

—Discuten por el precio de un dobladillo.

Aurora sonrió. Dio un paso hacia la puerta. El vigilante del portal se incorporó.

Nicolás le cerró el paso sin tocarla.

—Si entra, la seguirán cuando salga.

—Es mi casa.

—Esta noche es un lugar observado.

—Todo lo convierte en una estrategia.

—Es la forma en que sigo vivo.

Aurora miró la ventana. Ramona se pinchó un dedo y se lo llevó a la boca. Nicolás giró la cara al mismo tiempo. El gesto fue pequeño y reveló el hambre que la olla de conejo no podía ocultar.

—¿La sangre de mi madre le atrae?

—Toda sangre humana.

—Podría entrar y matarla.

—Podría hacerlo.

—Sin embargo me ha traído.

—Porque usted lo pidió.

Aurora esperó una promesa de que Ramona estaría segura. Nicolás no la ofreció. La ausencia de juramentos empezaba a resultarle más fiable que las buenas intenciones de otros hombres.

Dejó una nota sin firma bajo una maceta. Pedía a Ramona que durmiera en casa de Catalina durante unos días. Su madre reconocería la letra y se enfadaría antes de obedecer.

Regresaron a la casa sin espejos. En la puerta, Nicolás entregó a Aurora una llave.

—Abre la bodega y el pasadizo hasta el pozo. Si ocurre algo, no espere a que yo llegue.

—¿Me enseña una salida porque confía en mí o porque quiere que me marche?