Capítulo 7. La casa sin espejos
La casa sin espejos
La lluvia empezó antes del anochecer y borró las rodadas que conducían al depósito. Nicolás llevó a Aurora a una casa cerrada cerca de San Tirso. La fachada conservaba un escudo familiar picado y una puerta tan oscura como la piedra mojada.
—¿Es suya? —preguntó Aurora.
—Lo fue de mi hermano.
—¿También es…?
—Murió en 1711. De viejo, según dijo el sacerdote. Tenía cincuenta y ocho años.
Entraron. El vestíbulo olía a cera, polvo y madera húmeda. Los muebles estaban cubiertos por telas. En las paredes quedaban rectángulos más claros donde antes hubo cuadros.
—No hay espejos —observó Aurora.
—Puedo verme en ellos.
—Entonces es una elección decorativa muy triste.
Nicolás encendió una lámpara.
—Los quité porque durante una época no soportaba reconocer al mismo hombre.
La sinceridad apareció con tanta sencillez que Aurora no encontró una respuesta rápida.
Lo siguió hasta la cocina. Había leña seca, botellas de vino y una alacena llena de tarros.
Nicolás guardaba allí vendas, monedas de distintas épocas, llaves, agujas e instrumentos que Aurora no supo identificar.
Una casa sin habitantes podía revelar una vida entera si alguien olvidaba vaciar los cajones.
—Descansará aquí —dijo él—. Saldré a comprobar la ruta.
—Iré con usted.
—Lleva dos noches sin dormir.
—Y usted ciento noventa y seis años sin hacerlo como una persona normal.
—Duermo.
—En un sótano, vestido y con una tenaza en la pierna.
Nicolás abrió una puerta. La habitación contenía una cama estrecha y un armario. Las sábanas estaban limpias.
—Discuta después de acostarse.
Aurora se sentó para demostrar que lo hacía por voluntad propia. Encontró un libro bajo la almohada. Era un cuaderno de tapas negras, lleno de nombres.
Nicolás se lo quitó antes de que pudiera abrirlo por la mitad.
—Eso no le pertenece.
—Lo había dejado en mi cama.
—Mi cama.
—Entonces su educación es peor de lo que imaginaba.
Él guardó el cuaderno dentro de la levita. Aurora había alcanzado a leer tres entradas. María de las Alas, 1708. Joaquín Prendes, 1741. Inés, sin apellido, 1766. Junto a cada nombre había una frase.
—¿Son las personas de las que ha bebido?
—Algunas.
—¿Las mató?
—A algunas.
Nicolás esperó la condena. Aurora se quitó las medias húmedas y las extendió junto al brasero.
—Cuéntemelo.
—Necesita dormir.
—Si pretende que mañana entre en una casa de Aldara, necesito saber quién estará a mi lado.
Nicolás permaneció junto a la ventana. La lluvia corría por el cristal y deformaba el patio.
—Aldara me encontró herido en 1692. Un hombre al que debía dinero me dejó junto a un camino. Ella me dio su sangre y yo desperté tres días después. Durante años creí que me había salvado.
—¿Cuándo dejó de creerlo?
—Cuando entendí que salvaba objetos, no personas.
Sacó el cuaderno y se lo entregó. Aurora abrió por el principio. La letra de las primeras páginas era angulosa y antigua. Con los años se volvía más sencilla.
—Escribo los nombres para distinguirlos de mí —explicó—.
Cuando bebo cerca de la muerte, recibo un recuerdo con su emoción.
Si no anoto a quién pertenece, puede regresar décadas después y convencerme de que tuve una madre distinta, de que amé una casa que nunca vi o de que le debo venganza a un hombre ya muerto.
Aurora leyó la entrada de María de las Alas. Una cocina con el suelo cubierto de harina. Su hijo entra con una gallina robada debajo del brazo. Ella quiere regañarlo y empieza a reír.
—¿La mató?
—La peste. Yo bebí después.
Pasó páginas. Había recuerdos tiernos, vergonzosos, vulgares. Una mujer escondiendo monedas en una pared. Un soldado que deseaba pedir perdón. Un niño convencido de que las estrellas lo seguían hasta casa.
—¿Por qué guardarlos?
—Porque ya los robé. Olvidarlos sería robarlos otra vez.
Aurora llegó a un grupo de nombres marcados con una A roja.
—¿Aldara?
—Personas que elegimos juntos. Al principio buscábamos información para sobrevivir. Más tarde acepté encargos. Bebí de un notario para encontrar un testamento. De una criada para descubrir quién visitaba a su señora. De un hombre que había escondido armas.
—¿Los mató por esos recuerdos?
—A todos ellos.
Aurora cerró el cuaderno. No sintió miedo en el cuerpo. Sintió la necesidad de colocar distancia entre ambos y se levantó.
—¿Cuántos?
—Veintisiete por orden de Aldara. Otros murieron por hambre mía, durante los primeros años. Dejé de contar cuando comprendí que el número servía para fingir control.
—Sin embargo escribe los nombres.
—El número habla de mí. Los nombres hablan de ellos.
La lluvia golpeaba el tejado. Aurora pensó en Teresa Cuervo, en la hora falsa y en la facilidad con que un hombre podía desaparecer dentro de una cifra.
—¿Qué hay en la quinta?
—Aldara convierte a ciertas personas. Cuando lo hace, pierde sus recuerdos sobre ellas y ellos los reciben. Se convierten en depósitos de una parte de su vida. Los mantiene débiles para recuperarla cuando le conviene.
—¿Cómo la recupera?
Nicolás desvió la mirada.
—Bebe.
—¿Mueren?
—Casi siempre.
—¿Qué parte de usted guarda allí?
—Ninguna que conozca.
La respuesta era correcta y también incompleta. Aurora lo notó.
—¿Qué ocurrió con su hija?
El rostro de Nicolás se endureció.
—Gaspar lo mencionó.
—Usted dijo que sabía lo que Aldara le hizo.
Nicolás tomó el cuaderno.
—Aldara tenía una hija de seis años cuando la peste llegó a su casa. Intentó convertirla. La niña despertó con los recuerdos que su madre tenía de ella: el parto, las fiebres, las canciones, cada vez que la vio dormir. Aldara la olvidó. Cuando quiso recuperarla, bebió hasta matarla.
—¿La niña sabía lo que iba a hacer?
—Pidió que parara.
Aurora miró la lluvia. Las historias de monstruos que Ramona contaba de niña siempre incluían una forma de reconocerlos. Garras, sombras, una incapacidad para cruzar lugares bendecidos. Aldara llevaba guantes rojos y una voz amable.
—¿Por qué lo convirtió a usted?
—Quería comprobar si el efecto se repetía con un adulto al que conocía poco. Solo perdió las semanas que habíamos compartido. Yo desperté recordando cómo me observaba, qué esperaba de mí y el parecido que buscaba con el padre de su hija.
—Usted sabía lo que ella había olvidado.
—Y utilicé esa ventaja para lograr que me necesitara.
Aurora volvió a sentarse. La confesión explicaba una intimidad que no quería imaginar.
—¿Fueron amantes?
—Durante años.
—¿La amaba?
—Creí que sí. Ahora sospecho que amaba haber sobrevivido y no sabía distinguir una cosa de la otra.
Aurora se metió en la cama y tiró de la manta.
—Ya puede irse a comprobar la ruta.
Nicolás no obedeció.
—Está enfadada.
—Estoy cansada.
—Ha preguntado por Aldara y no le gusta la respuesta.
—Me irrita que pueda reconocer mi estado de ánimo y, al mismo tiempo, haya necesitado casi dos siglos para entender que una mujer que mata a su hija quizá no sea una buena compañía.
La boca de Nicolás se curvó. No llegó a sonreír.
—Duerma, Aurora.
Pronunció su nombre. El sonido ocupó la habitación con una intimidad que ninguno había autorizado.
Nicolás apagó la lámpara y salió.
Aurora tardó en dormir. Cuando lo consiguió, soñó con una niña que llevaba recuerdos demasiado grandes y con un hombre que anotaba nombres para no desaparecer entre ellos.
Despertó antes de que Nicolás regresara. La lluvia había cesado y una luz gris entraba por las contraventanas. El cuaderno seguía en la habitación. Él había olvidado llevárselo o había decidido dejarlo.
Aurora no lo abrió. Colocó la tenaza encima para impedir que una corriente moviera las páginas y bajó a la cocina.
Nicolás entró por el patio con un conejo muerto. Al verla, miró hacia el dormitorio.
—No he leído más.
—Lo dejaste cerrado.
—¿Cómo puede saberlo?
—Habrías empezado por preguntarme quién era Inés.
Aurora recordó el nombre de la tercera entrada.
—Ahora quiero preguntarlo.
Nicolás dejó el animal en el fregadero.
—Mi hermana pequeña. Murió con siete años. Bebí de una anciana que la recordaba jugando junto a una fuente. Durante unas horas recuperé una tarde que yo había olvidado.
—¿La anciana la conoció?
—Había sido su niñera.
—Entonces era un recuerdo suyo de Inés, no el suyo.
—Tardé varios años en aceptar la diferencia.
Aurora tocó la tapa del cuaderno.
—¿Qué pensó cuando me vio en el depósito?
—Que me golpearía con la tenaza.
—Eso ocurrió después.
—Pensé que debía asustarla para que huyera.
—Tampoco funcionó.
Nicolás se acercó lo suficiente para que Aurora percibiera el olor a lluvia de su ropa.
—Pensé que llevaba mucho tiempo sin conocer a alguien capaz de resultar tan imprudente y tan difícil de abandonar en la misma noche.
—Eso suena preparado.
—Llevo horas bajo la lluvia.
Aurora sostuvo su mirada. Nicolás levantó la mano, se detuvo antes de tocarle el pelo y acabó apartando una gota de la mesa.
—Mañana podríamos morir en la quinta —dijo ella.
—Es posible.
—Su sinceridad necesita aprender a elegir ocasiones.
—Y usted necesita dormir otras dos horas.
Aurora subió. En la puerta del dormitorio miró atrás. Nicolás limpiaba el conejo con movimientos precisos. La escena tenía una domesticidad extraña, una promesa que ninguno debía hacer todavía.
Aurora bajó antes de completar las dos horas. Nicolás había puesto una olla al fuego. El conejo hervía con cebolla y unas hierbas secas que encontró en la alacena.
—No sabía que cocinara —dijo ella.
—He tenido tiempo para aprender.
—También tuvo tiempo para comprar espejos.
—La cocina me resultó más útil.
Aurora abrió un aparador. Encontró platos desiguales, una copa de cristal fino y tres cucharas de madera. Ningún objeto pertenecía al mismo juego. La casa parecía amueblada con restos de vidas abandonadas.
—¿Ha vivido aquí desde 1711?
—He regresado algunas temporadas. Durante años fingí ser hijo, sobrino y nieto de mí mismo.
—Una familia con poca imaginación para los nombres.
—Y una salud admirable.
Nicolás sirvió la comida. Se sentó frente a Aurora con una copa de vino y llevó la cuchara a la boca sin probarla. Ella lo observó.
—No necesita fingir conmigo.