Tu nombre en mi sangre Capítulo 6. La deuda de Gaspar #3
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Capítulo 6. La deuda de Gaspar #3

Nicolás la condujo por los patios interiores hasta la casa donde Catalina escondía a Amalia. En el camino, Aurora le contó lo de la cena. Él escuchó sin bromear.

—¿Le molesta Tomás? —preguntó ella.

—No tengo derecho.

—No he preguntado por sus derechos.

Nicolás tardó demasiado en responder.

—Me molesta que pueda ofrecerle una vida donde las ventanas sirven para que entre aire.

—Yo no he dicho que quiera esa vida.

—Tampoco ha dicho que quiera la mía.

Aurora pensó en la sangre de Jacinta, en la confesión de Fernando Urraca y en la forma en que Nicolás había corrido bajo el sol al oír una pistola.

—Aún estoy descubriendo cuál es.

Llegaron sin tocarse. La distancia entre ambos ya no resultaba correcta. Se había convertido en una pregunta.

La lluvia volvió cuando alcanzaron la plaza. Junquera había enviado soldados a la calle del Rosal. Tomás los detuvo con un certificado de cuarentena y una voz tan autoritaria que nadie quiso comprobar la enfermedad.

Aurora observó desde un portal cómo Ramona cerraba las contraventanas. Su madre quedaba dentro de otra mentira creada para protegerla.

—La casa de mi hermano está cerca —dijo Nicolás—. Podemos esperar allí hasta que cambie la guardia.

—¿Aldara la conoce?

—Conoce todas las casas donde fui alguien.

—Entonces también esperará que vayamos.

—Sí.

Aurora miró a los soldados, la lluvia y el camino oscuro hacia San Tirso.

—Empiezo a cansarme de elegir solo entre sus planes.

—Podemos quedarnos bajo este tejado y mojarnos hasta que uno parezca una idea mejor.

—Eso no nos acerca a la quinta.

—Nos da diez minutos sin correr.

Aceptaron esa tregua. Nicolás le ofreció la capa. Aurora negó y se colocó debajo sin tomarla. Compartieron la tela y observaron a los soldados.

—¿Por qué le molestó Tomás? —preguntó ella.

—Ya respondí.

—Respondió que tiene una vida con ventanas corrientes. Eso habla de usted, no de él.

Nicolás tardó.

—Puede conocerla sin beber nada. Recordará cómo envejece, qué día empezó a llamarla Aurora y por qué una discusión terminó en risa. Yo puedo perderlo todo con una decisión.

—También él puede perderme.

—Por eso lo envidio menos de lo que debería.

Aurora apoyó la cabeza un instante en su hombro. Nicolás permaneció quieto para no convertir el gesto en permiso para otro.

La guardia cambió. Salieron hacia la casa sin espejos. La pregunta caminó con ellos, aunque ya no necesitaba una respuesta inmediata.

Antes de doblar la esquina, Nicolás se detuvo. Entregó a Aurora la mitad de la capa.

—No puedo ofrecerle una casa con ventanas normales —dijo—. Puedo preguntarle cada vez si quiere compartir esta.

Aurora sostuvo la tela entre ambos.

—Empiece por no soltarla cuando tenga miedo de la respuesta.

Caminaron así, unidos por una prenda que cualquiera de los dos podía abandonar.

No llegaron directamente a la casa. El vigilante de la taberna los siguió por dos calles. Nicolás quiso enfrentarse a él. Aurora eligió la iglesia y entraron por una puerta lateral que el sacristán dejaba abierta durante la epidemia.

Esperaron detrás del confesionario. Entre los papeles escondidos por el tío de Amalia encontraron un recibo firmado por Valdés y una lista de pagos a Gaspar. En el margen aparecía el nombre Mateo.

—Su hijo —dijo Aurora.

La cantidad correspondía a un entierro y a seis meses de alquiler. Gaspar había aceptado el primer encargo después de que Aldara pagara la enfermedad del niño. Mateo murió de todos modos. La deuda sobrevivió y se convirtió en obediencia.

—Ella no lo obligó al principio —dijo Nicolás.

—Consiguió que cada decisión posterior pareciera el precio de la primera.

Aurora copió los pagos. No quería absolver a Gaspar. Tampoco permitiría que Aldara redujera su vida al último crimen útil.

El vigilante entró en la nave. Nicolás y Aurora salieron por la sacristía. Cruzaron un patio, saltaron una verja baja y alcanzaron la calle trasera de la casa sin espejos.

—Podía haberlo matado —dijo Aurora.

—Podía.

—¿Por qué no lo hizo?

—Usted eligió una puerta.

Aurora apretó la mitad de la capa. Compartir una decisión empezaba a parecerse más a la vida de Nicolás que cualquier promesa sobre ventanas.

La casa de Alonso los esperaba a dos calles.

Antes de salir, dejó una moneda junto al confesionario. No pagaba los documentos ni absolvía el robo. Era una costumbre de Ramona: cuando una utilizaba una casa ajena, aunque fuera para huir, debía procurar no dejarla peor.

Nicolás vio el gesto.

—Su madre habría encontrado otra salida.

—Mi madre habría golpeado al vigilante con un reclinatorio.

—Empiezo a lamentar no conocerla.

—Todavía está a tiempo de causarle una impresión desastrosa.

La posibilidad de un futuro, pronunciada sin intención, acompañó a Aurora hasta la puerta.

Tomás había elegido ventanas. Nicolás, sombras. Aurora aún podía negarse a convertir cualquiera de las dos vidas en destino.

Al salir, Nicolás le ofreció el brazo para cruzar un charco. Aurora lo rechazó y saltó sola. Él cruzó detrás. La escena carecía de elegancia, pero ambos llegaron al otro lado sin convertir el gesto en una disputa sobre quién debía sostener a quién.