Tu nombre en mi sangre Capítulo 6. La deuda de Gaspar #2
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Capítulo 6. La deuda de Gaspar #2

—Amalia está escondida. Gaspar ha registrado la casa de mi cuñada y dos hombres vigilan la calle del Rosal.

—Mi madre —dijo Aurora.

—Está enfadada, que es su estado más seguro. Le he dicho que habías ido con Tomás a atender a una familia.

Tomás miró a Aurora.

—Tu madre cree que llevamos dos días juntos.

—Siempre quiso una boda discreta.

Catalina vio el brazo quemado de Nicolás y perdió la sonrisa.

—¿Qué le han hecho?

—El sol —explicó él.

—Eso suele encontrarse fuera de las iglesias.

Nicolás abrió la boca y decidió callar. Aurora agradeció que Catalina pudiera desarmar ciento noventa y seis años con una observación.

Se refugiaron en una carbonera contigua hasta que cayó la tarde. Tomás copió los documentos con Aurora. Catalina ordenó los nombres por parroquias y señaló cuáles tenían familia capaz de esconderlos. Nicolás permaneció cerca de la puerta, atento al olor de quienes entraban en la iglesia.

—La lista no selecciona solo moribundos —dijo Tomás—. Este hombre fue ingresado por una pierna rota. Esta niña tiene sarampión y se recupera.

—Aldara puede ordenar que mueran cuando quiera beber —respondió Nicolás.

—¿Cómo obliga a una persona a pensar en el recuerdo correcto?

Aurora mostró el escapulario de Mercedes Cañal, que había tomado del depósito cuando los hombres entraron. La anciana ya no estaba allí al amanecer.

—Colocan objetos, repiten preguntas, preparan palabras. Quieren decidir qué verá la víctima al morir.

Catalina desplegó una de las sábanas grises.

—Las puntadas negras no indican el orden del carro. Indican la pregunta.

Había descosido el dobladillo. Dentro encontró pequeñas tiras de papel protegidas con cera. En una se leía nogal. En otra, testigo del pasillo. Una tercera contenía un nombre infantil.

—Mateo —leyó Aurora.

Nicolás tomó la tira.

—Gaspar.

—¿Su hijo? —preguntó Catalina.

—Aldara utiliza lo que desea para mantenerlo obediente.

Tomás guardó cada papel en un sobre distinto.

—Si quemamos las sábanas, perderemos las instrucciones.

—Si las conservamos, podrán utilizarlas —dijo Aurora.

—Las copiaremos y después las quemaremos —resolvió Catalina—. Parece que todos habéis olvidado que una lavandera sabe qué hacer con ropa peligrosa.

Trabajaron hasta que las campanas marcaron las seis. Aurora tenía las manos manchadas de tinta. Tomás le quitó la pluma y le vendó un corte que no había notado.

—Deberías ir a casa.

—Gaspar vigila la calle.

—Precisamente.

—Si no aparezco, sabrá que he descubierto algo.

—Ya lo sabe.

Nicolás levantó la cabeza.

—Hay dos hombres junto a la puerta lateral.

Catalina recogió las cenizas de las sábanas en un cubo.

—Puedo sacarla entre la ropa.

—Eso funcionó con Amalia —dijo Aurora—. Esperarán que lo repitamos.

Tomás le entregó su maletín.

—Sal por la puerta principal conmigo. Quien vigila a una mujer espera que se esconda.

Aurora aceptó. Nicolás permanecería en la iglesia hasta que oscureciera. Catalina tomaría otro camino con las copias. Antes de separarse, él sujetó el borde de la manga de Aurora.

—Junquera la ha amenazado delante de testigos. Puede detenerla después.

—Entonces necesitará una acusación.

—En una epidemia basta con escribir una hora.

Aurora recordó a Teresa y comprendió que la frase expresaba una forma de miedo, no una precaución.

—No entraré en ningún carro —prometió.

—Eso no me tranquiliza tanto como cree.

Aurora salió del brazo de Tomás. Los vigilantes los siguieron a distancia. El médico habló de síntomas, ungüentos y una familia inexistente para que cualquiera que escuchara encontrase una explicación aburrida.

—¿Siempre mientes con tantos detalles? —preguntó ella.

—Aprendí de ti.

—Yo miento mejor.

—Tu madre lleva dos noches convencida de que vamos a casarnos.

Aurora se detuvo.

—Catalina no se atrevería.

—Catalina ha dicho que necesitábamos una razón para pasar tanto tiempo juntos. También le ha explicado que la epidemia aconseja esperar.

—Mi madre elegirá una fecha antes de que termine el mes.

—Podría fingir una enfermedad.

—En Oviedo, durante el cólera. Nadie lo creería.

La broma perdió fuerza cuando llegaron a la calle del Rosal. Uno de los hombres los adelantó y entró en una taberna. El otro continuó hasta la esquina. Ramona esperaba en la puerta con los brazos cruzados.

—Doctor Morán —dijo—. Mi hija necesita dormir.

—Estamos de acuerdo.

—Entonces deje de utilizarla como ayudante.

Tomás miró a Aurora, incapaz de explicar que la supuesta ayuda lo había llevado a golpear a un soldado con un reclinatorio.

—Ha sido indispensable —respondió.

Ramona oyó lo que llevaba años deseando oír y lo interpretó a su manera. Invitó a Tomás a cenar. Aurora intentó negarse, pero aceptar mantenía a los vigilantes lejos de las copias.

Durante la comida, su madre habló de alquileres, de la familia de Tomás y de una vecina que vendía un armario.

Aurora contestó mientras observaba la sombra del hombre apostado frente a la ventana.

En otro punto de la ciudad, Catalina llevaba los papeles a lugares seguros y Nicolás esperaba la noche dentro de una sacristía.

Tomás dejó el tenedor.

—Señora Hevia, Aurora y yo no vamos a casarnos.

Ramona se quedó quieta.

—No he dicho que fueran a hacerlo.

—Ha preguntado si mi consulta dispone de una habitación para niños.

—La vivienda interesa a una prima.

Aurora bebió agua para esconder la sonrisa. Ramona la miró con una mezcla de decepción y alivio.

—Entonces ¿por qué desapareces con él?

—Porque me escucha cuando digo que alguien sigue vivo.

La respuesta silenció la mesa. Tomás apoyó una mano junto a la de Aurora sin tocarla.

Ramona recogió los platos.

—Los hombres que escuchan también causan problemas.

—Las mujeres que no obedecen suelen encontrarlos antes —dijo Tomás.

Ramona lo miró con un respeto nuevo y mayor disgusto por no poder convertirlo en yerno.

Al terminar, Tomás se marchó por la puerta principal. Aurora esperó una hora y salió por el patio. Nicolás aguardaba bajo el alero, cubierto con una capa prestada por el sacerdote.

—El vigilante de la esquina tiene una pistola —dijo.

—Mi madre tiene una sartén. Está en mayor peligro él.