Capítulo 6. La deuda de Gaspar
La deuda de Gaspar
Gaspar yacía en el mismo depósito donde Aurora había encontrado a Jacinta. Alguien había colocado una lámpara a cada lado de su camilla y limpiado el suelo. La disposición parecía preparada para una ceremonia.
Tomás se arrodilló junto al herido. Le abrió la camisa y descubrió una incisión bajo las costillas. La sangre empapaba las vendas. Aurora reconoció el olor dulzón de las sábanas grises.
—La hoja ha entrado hacia arriba —dijo el médico—. Ha tocado el pulmón.
—¿Puede hacer algo? —preguntó Aurora.
—Necesito llevarlo al hospital.
Gaspar abrió los ojos.
—No me mueva.
La palabra salió acompañada por una espuma rosada. Tomás presionó la herida.
—Si se queda aquí, morirá.
—Moriré de camino.
Nicolás vigilaba las entradas. No había rastro de Aldara ni de sus hombres, y esa ausencia inquietaba más que una emboscada.
—Nos ha dejado algo —dijo—. Revise sus bolsillos.
Aurora encontró una llave, dos hojas dobladas y una cinta de niño descolorida. Gaspar intentó cerrar la mano sobre ella.
—Mateo —murmuró.
—La guardaremos —prometió Aurora.
Gaspar negó con un movimiento pequeño.
—Quémela. Todo lo guarda. Todo lo usa.
Tomás pidió agua. Aurora acercó una taza, aunque el herido no pudo tragar. Parte del líquido corrió por su cuello.
—Las rutas —dijo Gaspar—. Una sale mañana. Quinta de los Castañedos. Cinco… cinco personas.
—¿Quiénes? —preguntó Aurora.
—No están enfermos. Los duermen. La mujer del notario… un guardia…
La respiración se le rompió. Nicolás se acercó. Gaspar lo vio y trató de apartarse.
—No me toque.
—Aldara quiere que beba de usted.
—Lo ha preparado para eso.
—¿Qué le enseñó antes de apuñalarlo?
Gaspar buscó a Aurora. En sus ojos apareció una súplica distinta al miedo.
—Mi hijo.
Nicolás se inclinó.
—Puedo ver lo que usted vio. Quizá encontremos el lugar donde lo guarda.
—O quizá se lo quede.
—También.
Aurora esperaba que Nicolás suavizara la respuesta. Él no lo hizo. Gaspar tenía derecho a conocer el precio de la única ayuda posible.
—Quiero que encuentre a Mateo —dijo el hombre—. Si solo queda una imagen, acábela.
Nicolás miró a Aurora.
—Salga.
—Me quedo.
—No quiero que vea esto.
—Gaspar sí quiere.
El herido le agarró dos dedos. Aurora se sentó junto a la camilla. Tomás mantuvo la presión sobre la herida mientras Nicolás apartaba el cuello de la camisa.
—Piense en su hijo —le indicó.
Gaspar cerró los ojos y Nicolás mordió.
El cuerpo del herido se arqueó. Aurora sostuvo su mano. Había imaginado violencia en el gesto, una lucha animal, pero Nicolás bebía con cuidado. Lo terrible se encontraba en la confianza de Gaspar, que entregaba su último pensamiento a un desconocido porque ya no podía llevarlo consigo.
La mano se aflojó.
Tomás comprobó el pulso y retiró la venda. Se levantó sin decir nada.
Nicolás permaneció inclinado. Cuando alzó la cabeza, sus ojos miraban un lugar que no estaba en el depósito.
—Está corriendo —dijo—. Tiene ocho años. Hay nieve en un patio. Gaspar le ha fabricado un caballo con una escoba y el niño se ríe porque el animal pierde la cabeza.
Aurora dejó la mano del muerto sobre el pecho.
—¿Dónde está Aldara?
—En la puerta. Lleva un vestido verde. Mateo se esconde detrás de su padre y ella le ofrece una moneda.
Nicolás cerró los ojos con fuerza.
—La escena cambia. Gaspar está en la quinta. Aldara le muestra a un muchacho atado a una silla. Tiene la cara de Mateo, aunque es mayor. Dice «padre» con la voz del niño.
—¿Era él?
Nicolás abrió los ojos. La mirada había recuperado el presente, pero su voz tardó más.
—El cuerpo pertenecía a otro. La memoria que llevaba dentro conocía a Gaspar. Aldara lo obligó a representar el encuentro.
Aurora cubrió el rostro del muerto con la sábana.
—¿El muchacho sigue en la quinta?
—Gaspar vio una puerta roja, una escalera que descendía y cinco habitaciones. El muchacho estaba en la última.
Tomás recogió las hojas. Una contenía las rutas. La otra era una relación de pagos firmada por comerciantes, funcionarios y médicos.
—Con esto puedo denunciar los traslados —dijo.
—¿A quién? —preguntó Nicolás—. Dos nombres pertenecen al Ayuntamiento y uno al hospital. Aldara lleva tiempo comprando obediencias.
—No pienso esconder un asesinato.
—Si entrega esa hoja, Gaspar pasará por ladrón y Aurora por cómplice de un secuestro. Aldara no necesita controlar a todos. Le basta con saber quién recibirá la denuncia.
Tomás lo enfrentó.
—¿Qué propone? ¿Quemarlo todo y confiar en usted?
—Propongo utilizar las rutas antes de que cambien.
Aurora tomó la llave. Era larga, de hierro negro, y tenía el símbolo de la rama grabado en el ojo.
—Iremos a la quinta.
—Hay cinco personas que saldrán mañana —recordó Tomás—. Podemos interceptar el carro.
—Y dentro quedarán Mateo y los demás —dijo Aurora.
Nicolás observó el cuerpo de Gaspar.
—Aldara preparó este recuerdo para atraerme. Si entramos, estaremos haciendo lo que espera.
—Si no entramos, también —respondió Aurora—. Quiere demostrar que decide qué hacemos. Prefiero que tenga razón mientras nosotros elegimos el motivo.
Tomás soltó el aire.
—Hablas como si llevaras años tratando con monstruos.
—Llevo años tratando con hombres que sellan papeles. La diferencia no es tan grande.
Salieron antes de que llegaran los cocheros. Nicolás cargó con Gaspar hasta un cobertizo abandonado, donde Tomás podría recogerlo sin relacionar el cadáver con Aurora. El peso no alteró su paso. Aun así, sostuvo al muerto con cuidado y evitó que la cabeza golpeara la puerta.
Aurora quemó la cinta de Mateo en la llama de una vela. Gaspar había cumplido su parte. Ella se prometió que el recuerdo del niño no seguiría encerrado en un cuerpo prestado.
La promesa se le clavó más hondo que la llave.
A media mañana, Aurora y Tomás fueron a San Tirso por las copias que Amalia había escondido. Nicolás no podía acompañarlos bajo el sol abierto. Esperaría en una bodega cercana y acudiría si oía gritos.
El confesionario estaba ocupado por un anciano que enumeraba pecados con la satisfacción de quien repasa una cosecha. Aurora se sentó en el banco y fingió rezar. Tomás observaba la nave con el sombrero entre las manos.
—Nunca te había visto tan devota —susurró.
—Estoy pidiendo paciencia.
—Pide bastante.
Cuando el sacerdote salió, Aurora entró en el confesionario. Encontró la tabla suelta detrás del asiento. Ocultaba un paquete de escrituras, un libro de cuentas y una carta dirigida a un juez de la Audiencia.
Alguien cerró la cortina.
Un hombre se sentó al otro lado de la rejilla. Aurora reconoció al capitán Junquera por el uniforme que había visto en actos oficiales.
—Devuelva los documentos —dijo.
—He venido a confesarme.
—Su padre trabajó para el notario Valdés. Supongo que de él heredó la costumbre de tocar papeles ajenos.
Aurora ocultó el paquete bajo la falda.
—De mi padre heredé una imprenta arruinada. La curiosidad me salió gratis.
Junquera abrió la puerta del confesionario y la agarró por el brazo. Tomás se levantó. Dos soldados lo interceptaron.
—La epidemia ha vuelto muy sencillo explicar una muerte —dijo el capitán—. Un registro incorrecto, un entierro rápido y una madre demasiado pobre para preguntar.
Aurora le clavó en la mano el alfiler del sombrero. Junquera la soltó. Ella corrió hacia el altar lateral con el paquete pegado al cuerpo.
Los soldados la alcanzaron junto a una columna. Tomás golpeó a uno con un reclinatorio. El estruendo atrajo al sacerdote y a varias mujeres. Junquera no podía detenerlos delante de testigos sin convertir el robo de unas escrituras en un asunto público.
—Esa mujer ha profanado el confesionario —gritó.
Aurora abrió la carta del tío de Amalia y leyó el encabezamiento en voz alta.
—«Relación de terrenos adquiridos bajo coacción por el capitán don Álvaro Junquera…»
El nombre recorrió la iglesia. Las mujeres dejaron de rezar. Aquel tipo de escándalo viajaba más deprisa que un carro.
Junquera sacó una pistola.
Una sombra cruzó la puerta. Nicolás había oído los golpes desde la bodega y había corrido bajo los soportales, cubierto con una manta. Entró con humo saliendo de la manga. No atacó. Se limitó a mirar al capitán.
Junquera bajó el arma. Había reconocido algo en él, quizá una amenaza de Aldara.
—Nos volveremos a ver —dijo a Aurora.
—Traiga un abogado.
Los soldados salieron detrás de su superior. Tomás recogió las escrituras. Nicolás se ocultó en la sacristía antes de que la luz le abriera más quemaduras.
—Ibas a esperar —dijo Aurora al reunirse con él.
—He oído una pistola.
—No ha disparado.
—Entonces he mejorado la situación.
La manga de su camisa se deshacía y la piel del antebrazo estaba roja.
—También se ha quemado por entrar en una iglesia —observó Tomás.
—La causa ha sido el sol. Lamento decepcionar al clero.
Entregaron la carta a un escribano que no aparecía en la lista de pagos y escondieron las copias en tres lugares distintos. No confiaban en que la denuncia prosperara. Serviría para obligar a los colaboradores de Aldara a protegerse y dividir su atención.
Al salir por una puerta lateral, Aurora vio un carruaje detenido al otro lado de la plaza. Una mano con guante rojo apartó la cortina.
Aldara había presenciado la escena y no parecía enfadada.
Parecía interesada.
El carruaje se alejó antes de que Aurora pudiera distinguir al cochero. Nicolás observó las ruedas hasta que doblaron la esquina.
—Nos ha dejado ganar —dijo.
—Amalia sigue libre.
—Durante unas horas.
Tomás ocultó las escrituras debajo de la sotana que el sacerdote había prestado para cubrir las quemaduras de Nicolás. El cura no sabía qué había ocurrido. Había aceptado la explicación de un accidente con una lámpara y recomendó rezar por la imprudencia.
—Necesitamos sacar las copias de Oviedo —dijo el médico—. El escribano al que entregamos la carta puede vendernos antes de terminar el día.
—Haremos tres juegos —respondió Aurora—. Uno irá a la Audiencia. Otro a un periódico de Gijón. El tercero se quedará con alguien que no figure en ningún documento.
Catalina llegó por la puerta lateral con el pañuelo torcido y una cesta vacía.