Capítulo 5. Amalia Cueli #3
Tomás se sentó. Tenía una mancha de sangre seca en el puño. Había pasado el día tratando enfermos y la noche escondiendo personas. Aurora comprendió que la investigación empezaba a devorar las vidas humanas que intentaban proteger.
—Después de Gaspar, te marcharás del hospital —dijo él—. Puedo declarar que has enfermado.
—Mi madre no aceptará que desaparezca.
—Tu madre aceptará una cuarentena si se la explica un médico.
—Ha dejado de confiar en usted desde que rechazó cenar otra noche.
Catalina levantó la nota de Amalia.
—Mañana resolveremos madres, empleos y reputaciones. Esta noche tenemos una muchacha viva, cinco familias avisadas y un hombre que quizá aún alcance a hablar.
Aurora guardó las fichas. Catalina tenía razón. La lista de pérdidas siempre crecía sola. Las victorias necesitaban que alguien se detuviera a contarlas.
Amalia envió una segunda nota desde Avilés antes de que terminara la noche. La escribió ella misma.
La señora Cueli dice que puedo quedarme. No regresaré mientras Junquera siga libre. He recordado otro detalle. El hombre que empujó a mi tío llevaba una cicatriz en el pulgar. Gaspar no era. El capitán tampoco. La señora de los guantes lo llamó Valdés.
Aurora mostró la carta a Tomás.
—El notario —dijo él—. Firmó dos de las órdenes de traslado.
—Amalia puede reconocerlo.
—Por eso no debe volver.
Nicolás acercó la nota a la lámpara.
—Aldara quería su recuerdo para identificar a Valdés antes de que hablara. No protegía al asesino. Necesitaba saber cuánto había visto Amalia para decidir si todavía podía utilizarlo.
—Entonces Valdés teme también a Aldara.
—Todos sus colaboradores terminan temiéndola.
Aurora respondió a Amalia. No pidió más recuerdos. Le dijo que guardara la carta de su tío, que eligiera un nombre distinto durante el viaje y que no confiara en nadie que conociera la cicatriz.
Al firmar, añadió su nombre completo. Amalia debía saber quién le pedía que desapareciera. La protección sin identidad se parecía demasiado a las órdenes de Aldara.
Catalina selló el sobre.
—Cuando todo esto termine, la muchacha decidirá si denuncia.
—Puede que no termine —dijo Tomás.
—Entonces decidirá igualmente.
La respuesta cerró la conversación. Amalia ya no era una pieza rescatada de una lista. Había empezado a participar en la caída de quienes la eligieron como víctima.
Aurora copió la declaración en tres hojas. Tomás guardó una en el doble fondo del maletín. Catalina cosió otra dentro del dobladillo de una falda destinada a Avilés. La tercera quedó en manos de Nicolás.
—Si nos separan, ninguno podrá borrar el testimonio —dijo Aurora.
—Tampoco protegerlo por completo —respondió él.
—La seguridad completa es otra palabra que utilizan quienes desean decidir por los demás.
Tomás selló su copia con cera.
—Si Amalia cambia de opinión, habrá que destruirlas.
—Las tres —confirmó Aurora—. El testimonio sigue siendo suyo, incluso cuando nos incomoda perderlo.
Nicolás guardó la hoja cerca del pecho. Aldara coleccionaba memorias para que nadie pudiera retirarle el permiso. Ellos empezaban a construir lo contrario: un archivo que obedecía también cuando una persona pedía desaparecer de él.
Faltaba decidir quién custodiaría las copias. Tomás propuso al párroco de San Tirso. Catalina se negó porque el sacerdote confesaba a la familia de Junquera. Nicolás mencionó una caja en la casa de su hermano y Aurora rechazó un escondite conocido por Aldara.
Amalia resolvió la discusión desde Avilés. En el reverso de su segunda nota había escrito: Elvira Cueli acepta guardar una carta cerrada si no le cuentan lo que contiene. Dice que la curiosidad sale cara y ya tiene suficientes deudas.
—Una mujer que no conocemos —dijo Tomás.
—Amalia sí la conoce —respondió Aurora.
—Desde esta mañana.
—A nosotros nos conoce desde anoche.
Catalina preparó otro sobre. Introdujo una de las declaraciones y cosió el sello con hilo azul para que cualquier apertura dejara marca.
—La muchacha elegirá a sus guardianes —dijo—. Nosotros nos limitaremos a obedecer.
Nicolás entregó su copia para el envío. Renunciar a poseer una prueba debilitaba la investigación. También demostraba que no pretendían sustituir a Aldara en el control de las vidas ajenas.
Aurora conservó solo una lista de hechos sin el nombre de Amalia: un asesinato en San Tirso, un notario con una cicatriz y órdenes de traslado firmadas. Si la joven retiraba el testimonio, aún podrían perseguir los delitos sin perseguirla a ella.
Tomás leyó el resumen.
—Esto quizá no baste ante un juez.
—Entonces encontraremos más —dijo Aurora—. Que una verdad resulte difícil de probar no nos autoriza a encadenarla a quien la sufrió.
El médico guardó la hoja. Fuera, las campanas anunciaron otra muerte por cólera. Ningún juez acudiría aquella noche. Aun así, habían empezado a separar justicia de posesión, una diferencia que Aldara nunca entendería.
Aurora fechó el acuerdo. La epidemia alteraba horas, enterramientos y responsabilidades. Aquella hoja debía conservar al menos el momento exacto en que cuatro personas aceptaron que salvar a Amalia no les concedía derecho sobre su historia.
Catalina cosió el documento sin doblar el nombre. Era una superstición suya. Los nombres, decía, ya soportaban suficientes formas de violencia.