Tu nombre en mi sangre Capítulo 5. Amalia Cueli #2
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Capítulo 5. Amalia Cueli #2

Nicolás acompañó el carro hasta el camino. Volvió al mediodía con una nota: Amalia había pasado el control y Aldara seguía el ataúd falso.

Aurora fue al hospital a las seis. El cuarto de calderas estaba vacío. Esperó entre cubos de carbón hasta que Tomás bajó a buscarla.

—Han encontrado a Gaspar en el patio del almacén —dijo el médico—. Aún respira.

Aurora echó a correr.

Nicolás la alcanzó antes de la puerta. No intentó detenerla.

—Iré con usted.

—¿Porque cree que puede salvarlo?

—Porque si Aldara lo ha dejado vivo, quiere que beba de él.

Aurora pensó en Jacinta y en la intimidad robada de su último recuerdo.

—Entonces no le dé lo que quiere.

Nicolás sostuvo su mirada.

—A veces la sangre decide antes que nosotros.

Aurora no respondió. Ayudó a Nicolás a levantar a Gaspar y evitó mirar las heridas del cuello. El recuerdo de Jacinta seguía demasiado cerca.

La esposa de Gaspar vivía en una casa detrás de la plaza del Paraguas. Tomás llevó el cuerpo al hospital y certificó una muerte causada por un asalto en el camino. Era una mentira pobre, aunque en la epidemia pocas autoridades pedían explicaciones mejores.

Aurora fue a dar la noticia. La señora Siero la recibió con un delantal cubierto de harina. Había preparado pan para un marido que no volvería.

—¿Sufrió? —preguntó.

Aurora recordó la espuma rosada, la herida y el miedo a que Nicolás se apropiara de Mateo.

—Pensó en su hijo.

La mujer se apoyó en la mesa.

—Gaspar no hablaba de él desde el entierro.

—Lo recordaba.

—Eso no siempre ayuda.

Sobre una repisa había una figura hecha con un palo de escoba y una cabeza de trapo. El caballo del patio nevado. Aurora comprendió que el último recuerdo no había pertenecido solo a Gaspar. La esposa también había estado allí, quizá mirando desde una ventana.

—¿Conoce una quinta cerca de Las Caldas? —preguntó Aurora.

La mujer se secó las manos.

—Iba una vez al mes. Decía que trabajaba para una familia. Volvía con dinero y se encerraba a llorar. Yo creí que tenía una amante.

—Trabajaba para alguien que le prometió devolverle a Mateo.

La señora Siero se volvió hacia el caballo.

—Los muertos ya tienen bastantes desgracias. Siempre aparece un vivo dispuesto a cargarles otra.

Sacó una bolsa de una alacena. Contenía monedas y un papel con cinco nombres. Gaspar había preparado dinero para las familias de las personas que pensaba sacar de la ruta.

—Lléveselo —dijo—. Si él empezó a arreglarlo, termínenlo.

Aurora guardó la lista. Al salir, comprendió que Gaspar no quedaría reducido al hombre que entregó enfermos ni al padre engañado. También había sido alguien que preparó una reparación sabiendo que llegaba tarde.

Catalina regresó al anochecer. Había acompañado el carro de Amalia hasta el primer control y después tomó un camino secundario para asegurarse de que nadie la siguiera. Traía barro en los zapatos y una cinta de la muchacha atada a la muñeca.

—Ha pasado —dijo—. El carretero no se detendrá hasta Avilés.

Aurora le contó la visita a la señora Siero. Catalina escuchó mientras calentaba agua y se quitaba las medias húmedas.

—Gaspar hizo cosas terribles —dijo al final—. Que intentara arreglar una parte no devuelve a los muertos.

—Lo sé.

—No pongas esa cara. Saberlo no impide que sintamos lástima.

Aurora examinó la lista de dinero. Había cinco familias y cantidades distintas. Gaspar había anotado quién podía recibir ayuda sin llamar la atención. Junto al último nombre aparecía una dirección fuera de la ciudad y una frase: Mercedes. Nogal. Antes del viernes.

—La anciana del depósito —dijo.

Nicolás leyó la nota.

—Aldara irá a su casa.

—Podemos avisar a la familia.

—Y conducirla hasta ellos.

Catalina golpeó la mesa con una cuchara.

—Entonces iremos sin vosotros. Una lavandera que pregunta por otra lavandera no llama la atención. Un inmortal con cara de entierro sí.

Aurora quiso acompañarla. Catalina negó.

—Tu nombre ya está en boca de Gaspar, Junquera y media parroquia. Yo sigo siendo una mujer que carga sábanas. Deja que mi invisibilidad sirva para algo.

Salió con la dirección y una parte del dinero. Regresó dos horas después. Mercedes Cañal vivía con un hijo, una nuera y tres nietos. Debajo del nogal había una caja de monedas que el hijo robó al dueño de una finca. La familia aceptó desenterrarla y trasladarse esa misma noche.

—¿Les has contado por qué? —preguntó Aurora.

—Que una mujer rica pensaba denunciarlos. No necesitaban monstruos para entender el peligro.

—¿Y las monedas?

—Las dejaron.

Nicolás pareció sorprendido.

—La mayoría de las personas no arriesga la vida por un dinero robado.

—La mayoría de las personas no tiene su hambre —respondió Catalina—. No confunda apetitos.

Aurora repartió el resto de las monedas. Tomás se ocuparía de dos familias del hospital. Catalina conocía a una tercera. Las otras recibirían sobres sin remitente.

La reparación de Gaspar empezó con pequeñas mentiras, puertas golpeadas de noche y personas obligadas a huir sin saber de qué escapaban. No tenía la limpieza de una absolución. Se parecía más a impedir que el daño encontrara nuevas camas.

Esa madrugada llegó una nota desde Avilés. El carretero la entregó a un mozo en el control y el mensaje pasó por tres manos hasta llegar a Catalina.

La muchacha está con Elvira Cueli. La tía tiene una puerta sólida y peor carácter del anunciado.

Aurora leyó dos veces.

—Amalia está a salvo.

Nicolás se apoyó en la pared. La tensión abandonó sus hombros.

—Aldara seguirá buscándola.

—Tendrá que empezar por admitir que no controla todos los caminos.

Tomás llegó con noticias peores. El escribano de San Tirso había desaparecido. La copia destinada a la Audiencia no salió de Oviedo y Junquera negó haber estado en la iglesia. Tres testigos cambiaron su versión antes del anochecer.

—La carta de Amalia no bastará —dijo—. Necesitamos al asesino o alguien que pueda demostrar los pagos.

Aurora miró las hojas de Gaspar.

—Él iba a entregarnos las rutas a las seis.

—Si Aldara lo dejó vivo, prepara algo —advirtió Nicolás.

—Lo sabemos.

—Eso no evita la trampa.

—Evita que entremos creyendo que es otra cosa.