Tu nombre en mi sangre Capítulo 5. Amalia Cueli
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Capítulo 5. Amalia Cueli

Amalia Cueli

Una hora después, Amalia salió del escondite bajo el secadero. Catalina le había encontrado ropa de aprendiz, calzones incluidos. La muchacha parecía más indignada por el disfraz que por la huida.

—Mi tía no ha autorizado nada —dijo al ver a Aurora—. Ustedes han mentido.

—Sí —admitió Aurora—. También hemos evitado que la entregaran a la mujer que mandó matar a su tío.

Amalia miró a Nicolás.

—¿Él es policía?

—No conviene preguntarle por su oficio.

Nicolás desplegó un mapa de caminos. Había hablado con un carretero que transportaba pescado salado a Avilés y aceptaba llevar a un muchacho enfermo sin hacer preguntas.

—Mi tía se preocupará —dijo Amalia.

—Catalina le entregará una carta cuando esté usted fuera de Oviedo —explicó Aurora—. Puede regresar cuando detengan a los responsables.

Nicolás y Catalina intercambiaron una mirada. Ninguno creía que hubiera detenciones.

—¿Y si no los detienen?

Aurora se sentó a su lado.

—Entonces vivirá lo bastante para decidir cómo continuar. Hoy no tiene que resolver el resto de su vida. Solo subir a un carro.

Amalia aceptó escribir la carta. Antes de marcharse, agarró a Aurora por la manga.

—Mi tío guardaba copias de las escrituras en la capilla de San Tirso. Detrás de una tabla del confesionario. La señora de Tineo no las encontró.

—¿Qué contienen?

—Los nombres de quienes compraron terrenos con dinero robado. El capitán Junquera, el notario Valdés y otros. Mi tío quería denunciarlos.

—¿Por eso lo mataron?

—Me vio en el pasillo. Creo que se dejó caer delante de mí para que mirara al hombre que lo empujó.

Aldara buscaba la cara del asesino vista desde el suelo, no una confesión de Amalia.

Nicolás condujo a la muchacha hasta el carro. Catalina se quedó a su lado, escondida bajo una lona, y viajaría con ella durante el primer tramo.

—En Avilés pregunte por Elvira Cueli —dijo Catalina—. Es prima de su madre. No es agradable, pero tiene una puerta sólida.

—¿Volveré a verlas?

Aurora apretó la mano de Amalia.

—Cuando sea seguro.

El carro partió al anochecer. Aurora lo vio desaparecer con una incomodidad que reconoció como esperanza. Habían sacado a una persona de la lista. Por pequeña que fuera, la victoria tenía un nombre completo.

El almacén ocupaba la planta baja de una casa estrecha. Sobre la puerta colgaba un letrero de tejidos, aunque el escaparate llevaba meses vacío. Nicolás abrió la cerradura con una pieza de metal. Aurora vigiló la calle.

—¿También aprendió eso en 1692?

—En 1734. Antes confiaba demasiado en las puertas.

Entraron. Rollos de tela cubrían las paredes, todos grises, y el olor dulce que Aurora había percibido en el patio llenaba el aire. Nicolás acercó la cara a uno de los fardos.

—Láudano, romero y sangre.

—¿Para qué?

—El láudano reduce la resistencia. El romero disimula otros olores. La sangre sirve como firma.

Aurora encontró un escritorio al fondo. Los cajones contenían recibos corrientes, muestras y cuentas falsas. Debajo había una caja cerrada con el símbolo de Aldara. Nicolás utilizó la misma pieza de metal.

—Empiezo a sospechar que ninguna posesión está a salvo cerca de usted.

—Lleva una lista robada dentro del vestido.

—Yo no presumo de principios.

La caja guardaba fichas con nombres, direcciones y palabras. Algunas personas aparecían marcadas como pendientes. Otras tenían una fecha y una cruz. Aurora reconoció familias de Oviedo, criadas, soldados, un sacerdote y dos niños.

—¿También bebe de niños?

Nicolás revisó una ficha.

—Aldara no distingue la edad cuando desea un recuerdo.

—¿Qué puede saber un niño que le interese?

—Dónde escondió su padre un arma. Qué vio debajo de una cama. A quién oyó entrar en una habitación.

Aurora recogió las fichas pendientes.

—Nos las llevamos.

—Si faltan, cambiará de método.

—Si se quedan, morirán.

Nicolás tomó las que tenían cruz y las acercó a la lámpara. Ardieron con rapidez. Aurora lo imitó. Las cenizas cayeron dentro de un barreño.

—Gaspar tardará poco —advirtió él.

En el fondo de la caja encontraron un plano. Una ruta salía de Oviedo y terminaba en una finca junto al camino de Las Caldas. Había cinco fechas, la última correspondiente a dos noches después.

Nicolás guardó el plano en la levita.

La puerta principal se abrió.

Gaspar entró solo. Cerró detrás de él y dejó la llave en la cerradura.

—La señora de Tineo quiere hablar con usted —dijo a Nicolás.

—Sabe dónde encontrarme.

—No quiere asustar a la señorita Hevia.

Aurora siguió quemando fichas.

—Ha elegido una manera muy trabajosa de demostrar delicadeza.

Gaspar miró las cenizas.

—No entiende lo que está destruyendo.

—Nombres de personas.

—Recuerdos. Verdades que morirían con ellos.

—Algunas verdades tienen dueño.

—Los muertos no poseen nada.

Era la misma frase que había utilizado en el hospital. Aurora vio que Nicolás la reconocía.

—¿Qué le prometió Aldara? —preguntó el vampiro.

Gaspar apretó las manos. En el pulgar, la marca circular se abría sobre una quemadura antigua.

—No sabe de qué habla.

—Todos los humanos de Aldara trabajan por una promesa. Dinero, venganza, una vida más larga. Usted no quiere ninguna de esas cosas.

Gaspar miró la puerta.

—Mi hijo murió hace seis años.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó Aurora.

—Mateo.

—¿Qué le ha prometido?

—Que aún lo guarda. Que cuando encuentre un cuerpo adecuado podrá devolverme sus recuerdos.

Nicolás dejó de quemar papeles.

—Le ha mentido.

—Usted no lo sabe.

—Sé lo que hizo con su hija.

Gaspar avanzó, aunque se detuvo al ver los ojos de Nicolás.

—Mi hijo está vivo en alguna parte.

—Un recuerdo no está vivo. Aldara puede conservar la última escena que Mateo pensó antes de morir. Puede obligar a otra criatura a verla. No puede devolverle una infancia, una voluntad ni todo lo que su hijo habría llegado a ser.

Gaspar golpeó el escritorio.

—Cállese.

—¿Cuántas personas ha entregado para que ella siga alimentando esa mentira?

Aurora observó al encargado. El hombre que había adelantado la muerte de Teresa se había quedado sin la dureza del hospital. Parecía viejo, mucho más que esa mañana.

—Ayúdenos —dijo—. Entréguenos las rutas y sacaremos de la ciudad a quienes estén señalados.

—Aldara los encontrará.

—No si destruimos lo que busca.

—Usted cree que son papeles. La he visto abrir a un hombre por dentro con una pregunta. Le hizo beber sangre de su propio hermano y, cuando despertó, ya no sabía qué recuerdos eran suyos.

Nicolás agarró a Aurora del brazo.

—Tenemos que irnos.

Un carruaje se detuvo frente al almacén.

Gaspar palideció.

—Ha venido antes.

—¿Aldara? —preguntó Aurora.

—Por la puerta trasera. Hay un pasadizo al patio del curtidor.

Nicolás no se movió.

—¿Por qué ayudarnos?

Gaspar se tocó la marca del pulgar.

—Anoche soñé con Mateo. En el sueño tenía la cara de uno de los hombres que entregué.

Golpearon la puerta.

Gaspar abrió el panel oculto detrás de los rollos. Aurora entró en un corredor estrecho. Nicolás la siguió después de recoger la caja con las fichas pendientes.

—Señor Siero —dijo Aurora—. Venga con nosotros.

—Si desaparezco, buscará a mi mujer. Mañana iré al hospital con las rutas. A las seis, en el cuarto de calderas.

La cerradura giró.

Gaspar cerró el panel. Aurora oyó una voz de mujer al otro lado.

—Huele a papel quemado.

No era una voz grave ni amenazante. Sonaba educada, casi divertida.

Nicolás empujó a Aurora por el corredor. Salieron al patio del curtidor y cruzaron entre pieles colgadas. La luz de la tarde se había apagado bajo las nubes.

—¿Ha oído nuestra conversación? —preguntó Aurora.

—Aldara oye mejor que yo.

—Entonces Gaspar está muerto.

—Si volvemos, también nosotros.

Aurora se soltó de su brazo.

—No pienso abandonarlo.

—Él ha elegido quedarse para proteger a su mujer.

—Ha elegido porque tiene miedo.

—El miedo no invalida una decisión.

—Lo dice un hombre que salta desde ventanas con otras personas en brazos.

Nicolás la acorraló entre dos bastidores de piel. El olor del curtido ardía en la garganta.

—Escúcheme. Aldara quiere que regresemos. Nos ha dejado oír a Gaspar porque sabe que usted intentará salvarlo. Lleva siglos construyendo trampas con las virtudes ajenas.

Aurora vio movimiento detrás de la ventana del almacén. Una silueta femenina se detuvo tras el vidrio. El pelo blanco destacaba en la penumbra.

—Nos está mirando.

Nicolás se colocó delante de Aurora.

La silueta levantó una mano enguantada de rojo y saludó.

—Vámonos —ordenó él.

Esta vez Aurora obedeció.

Catalina había llevado a Amalia a una vivienda cerca de la plaza del Paraguas, propiedad de una prima que se había marchado al campo. La muchacha dormía cuando Aurora y Nicolás llegaron. Tomás le había cosido la herida y esperaba junto al fogón apagado.

—Gaspar ha denunciado el secuestro de una enferma —informó—. Dice que Aurora la sacó obligada con ayuda de un hombre llamado Nicolás Ardisana.

—Ha hablado antes de que Aldara entrara —dijo Aurora—. Quizá aún siga vivo.

—No podemos volver —respondió Nicolás.

Catalina salió del dormitorio.

—Amalia tiene una tía en Avilés. Mi cuñado lleva mercancía pasado mañana y puede ocultarla en el carro.

—Aldara vigilará las salidas —advirtió Aurora.

Nicolás abrió la caja de fichas sobre la mesa.

—Le daremos otro carro que seguir.

Pasaron la noche preparando el engaño. Tomás consiguió ropa de fallecidos.

Catalina llenó un ataúd con piedras y una de las sábanas grises.

Nicolás sobornó a un enterrador para que tomara el camino de Gijón mientras Amalia salía hacia Avilés en un carro de sidra.

Aurora escribió una autorización con la firma de un funcionario que llevaba tres días muerto.

Al amanecer, Amalia estaba en condiciones de viajar. Abrazó a Catalina y luego a Aurora.

—Mi tío guardaba las escrituras debajo del suelo de su despacho —susurró—. Si esa mujer las quiere, acabará buscándolas.

—Avisaremos a su tía cuando pueda regresar.

—No quiero regresar.

Aurora entendió que la ciudad había dejado de ser su casa durante una sola noche.