Capítulo 4. Las sábanas marcadas #3
—En Oviedo tendrá que concretar.
El carro dobló hacia la Magdalena. Aurora se incorporó cubierta de polvo. Nicolás tenía una bala en el hombro. La sacó con los dedos y la dejó caer entre el carbón.
—¿Plata?
—Hierro. Han venido a asustarnos.
—Podrían haberme matado.
—Aldara no quiere que muera.
—Eso tampoco me tranquiliza.
Aurora miró atrás. Gaspar estaba en el muro del almacén. No los siguió. Su tarea consistía en recuperar el local y proteger los papeles. Catalina ganaba distancia con Amalia.
Descendieron del carro cerca de una taberna. Nicolás tomó un callejón. Aurora lo detuvo por la manga.
—Se ha movido antes de que disparara.
—Oí el mecanismo.
—Podía dejar que la bala me alcanzara. Aldara no quiere matarme.
—Yo sí quiero impedirlo.
La respuesta llegó acompañada por algo que ninguno nombró. Aurora soltó la manga. Nicolás miró la mano de ella sobre la tela y luego la cara.
—No confunda protección con confianza —dijo Aurora.
—No suelo confundir nada con confianza.
—Ese es otro problema.
Caminaron hasta el secadero. Antes de entrar, Nicolás percibió sangre y la obligó a esperar. Registró el interior y descubrió que solo pertenecía a la herida de Amalia.
Catalina abrió la puerta con un cuchillo en la mano.
—Habéis tardado.
—Nos dispararon —explicó Aurora.
—Eso os ocurre porque elegís tiendas caras.
Amalia estaba sentada sobre un fardo, vestida como aprendiz. Seguía asustada, aunque había dejado de parecer una enferma. Catalina había conseguido devolverle una parte de sí misma mediante ropa incómoda y una orden directa: mantenerse viva.
Aurora miró a Nicolás. El carbón le manchaba el pelo y la cara. Él parecía a punto de reírse de su aspecto.
—Dígalo —ordenó.
—Tiene hollín en la nariz.
—Usted parece un minero muerto.
—He sido cosas peores.
Amalia se acercó antes de que pudieran entrar. Observó el agujero de bala en el hombro de Nicolás y la piel que ya empezaba a cerrarse. No gritó. La muchacha había gastado demasiado miedo aquella noche para desperdiciarlo en una rareza más.
—El hombre de la cicatriz hacía eso —dijo.
Nicolás dejó de sonreír.
—¿Curarse?
—No tan deprisa. Se cortó al romper una copa. Cuando volvió al depósito, la mano estaba cerrada, pero le dolía la luz.
Aurora intercambió una mirada con él.
—Valdés puede ser uno de los tuyos.
—O está cerca de convertirse.
Amalia retrocedió.
—Mi tío lo empujó contra una ventana. La sangre cayó sobre mí. Después el notario lo tiró por la escalera.
El recuerdo apareció con una precisión que la hizo doblarse. Catalina la sostuvo sin pedirle que continuara.
—Ya basta —dijo.
—No. Aldara me preguntaba qué había visto desde el suelo. Yo fingí no acordarme de la mano. Creí que por eso seguía viva.
—Y tenías razón —respondió Aurora—. Haber callado no te convierte en cómplice.
—Mi tío murió mientras yo me escondía.
Nicolás se quitó la chaqueta rota y cubrió con ella los hombros de la muchacha. No intentó tocarla.
—Sobrevivir delante de un asesino no es ayudarlo —dijo—. Yo tardé muchos años en aprenderlo y todavía se me olvida.
Amalia miró la levita manchada de carbón.
—¿A usted quién lo mató?
—La mujer que la busca.
La respuesta le devolvió una parte del control. El monstruo del depósito podía sangrar, equivocarse y haber sido víctima antes de elegir qué hacer con su hambre.
Catalina abrió una trampilla en el suelo. Debajo había un espacio donde los curtidores guardaban sal. Prepararon un colchón, agua y una campana unida a un cordel.
—Si alguien entra sin dar tres golpes, bajas y cierras desde dentro —ordenó a Amalia—. No abras aunque oigas nuestras voces. Solo cuando yo toque esta canción.
Golpeó dos veces, esperó y dio otras dos.
—Eso no es una canción —dijo Amalia.
—Por eso nadie la adivinará.
Aurora le entregó el trozo de cristal que Catalina había recogido en el hospital. Había envuelto un extremo con tela.
—No deberías necesitarlo.
—Pero lo tendré.
—Sí.
Nicolás comprobó la salida trasera. Dos hombres pasaron por la calle sin detenerse. Gaspar buscaba en dirección al río. El engaño del carro aún funcionaba.
Aurora descendió un peldaño para quedar a la altura de Amalia.
—Volveremos antes del amanecer.
—No prometa tiempo. Prometa intención.
La muchacha había aprendido deprisa las trampas de los adultos. Aurora corrigió la frase.
—Intentaremos volver. Si no lo hacemos, Catalina te llevará a Avilés.
Amalia aceptó. Cerró la trampilla desde abajo y tocó la campana una vez para demostrar que funcionaba.
Catalina cubrió la madera con dos fardos. Nicolás borró las huellas de carbón y Aurora comprobó el cordel. Ninguno volvió a prometer que el escondite era seguro. Solo dejaron a Amalia una salida que podía abrir sin esperarlos.
La campana sonó otra vez bajo el suelo. Amalia no pedía ayuda. Les recordaba que seguía despierta.
Aurora respondió con un golpe sobre la madera.
Entraron. La carrera había terminado donde ellos querían, aunque Gaspar conservaba el almacén y Aldara había conseguido otra certeza. Nicolás de Ardisana estaba dispuesto a recibir una bala por la mujer del registro.