Tu nombre en mi sangre Capítulo 4. Las sábanas marcadas #2
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Capítulo 4. Las sábanas marcadas #2

Aurora tomó el papel. Debajo había otras autorizaciones. Teresa aparecía enviada a un sanatorio inexistente. Jacinta figuraba como reclamada por un marido muerto. Esteban Quirós había sido trasladado a León bajo custodia militar.

—Han construido una historia para cada ausencia.

—Las mentiras separadas resultan más difíciles de relacionar.

—Por eso necesitamos todas.

Aurora abrió el armario. No podía cargar las fichas, así que buscó un orden. Las marcas rojas se dividían por parroquia, profesión y clase de recuerdo. Una carpeta llevaba la palabra familia. Otra, delito. La más delgada decía afecto.

Nicolás la cerró antes de que Aurora la abriera.

—¿Qué guarda ahí?

—Personas elegidas por lo que alguien sentirá al perderlas.

—¿Aldara bebe a quien muere o a quien sobrevive?

—A ambos, si puede. El dolor también dirige el recuerdo de los vivos.

Aurora pensó en Ramona. Si ella desaparecía, su madre pasaría cada día repitiendo la última discusión. Aldara podría esperar a que enfermara y recoger una memoria alimentada durante años.

—¿Mi nombre está ahí?

Nicolás encontró la ficha. La tinta era reciente. Debajo de Aurora Hevia figuraban tres nombres: Ramona, Tomás y Catalina. Junto al de Nicolás había un espacio vacío.

—Todavía no sabe qué soy para usted —dijo Aurora.

—Quiere averiguarlo.

La ficha contenía instrucciones distintas para cada vínculo. A Ramona debían mostrarle una carta falsa. A Tomás, el vestido de Aurora manchado. Catalina aparecía señalada como resistente a la sugestión y debía ser aislada antes.

—Ha estudiado a mis amigos.

—Aldara no empieza por la persona que quiere. Empieza por quienes pueden obligarla a moverse.

Aurora arrancó la ficha y la acercó a la lámpara. El fuego consumió los nombres desde abajo. Nicolás la dejó hacerlo.

—Habrá copias —dijo.

—Esta ya no podrá utilizarla.

En el cajón encontraron un libro de pagos. Junquera recibía dinero por cada traslado. Un médico del hospital cobraba por adelantar diagnósticos. Dos cocheros tenían cantidades menores. Gaspar no figuraba entre ellos.

—A él no le pagan —dijo Aurora.

—Le venden esperanza.

Copió tres nombres en el borde de la carta. No había tiempo para más. Nicolás abrió una ventana interior que daba al patio y comprobó la altura.

—Hay otro registro —dijo Aurora.

Una caja pequeña ocupaba el fondo del cajón. Guardaba cartas de familias que preguntaban por desaparecidos. Algunas habían sido abiertas. Otras conservaban el sello. Aldara las retenía para que ninguna autoridad relacionara los casos.

Aurora tomó un puñado.

—No puede llevárselas todas.

—Entonces las dejaré donde alguien las vea.

Abrió la puerta del escaparate y arrojó las cartas a la calle. El viento las repartió por la plaza. Una cayó dentro de un puesto. Otra se pegó a la falda de una mujer. Los nombres empezaron a circular antes de que Gaspar llegara.

—Eso no estaba en el plan —dijo Nicolás.

—El plan consistía en llamar la atención.

—Ha llamado a toda la ciudad.

—Nos ahorrará trabajo.

La puerta principal recibió el primer golpe. Aurora guardó la carta de Junquera. Nicolás levantó la lámpara y vio que debajo había una mancha de sangre fresca.

—No la toque.

La llama se inclinó sin viento. Desde la sangre llegó una voz débil, como un recuerdo que aún no pertenecía a nadie.

—Nicolás.

Él dejó caer la lámpara. Aurora la atrapó antes de que prendiera el suelo.

—¿Aldara?

—Una muestra preparada para mí. Sabía qué palabra oiría.

—¿Qué quería que recordara?

Nicolás miró la sangre.

—El modo en que pronunciaba mi nombre cuando todavía creía que me había salvado.

Los golpes continuaron. Aurora entendió que Aldara había colocado un recuerdo íntimo en mitad de una huida para obligarlo a elegir entre quedarse y protegerla.

Nicolás volcó el escritorio sobre la mancha. La madera aplastó la lámpara y apagó la voz.

—Suba la escalera —dijo—. Ahora.

—Nos esperaba.

Nicolás apagó la llama. La oscuridad no pareció afectarlo. Aurora tardó en distinguir su silueta.

—Suba la escalera —dijo él—. Hay una ventana sobre el patio.

—¿Y usted?

—Haré que crean que seguimos dentro.

—No voy a dejarlo.

—Amalia necesita tiempo, no dos personas discutiendo en un almacén.

Los perseguidores llegaron a la puerta. Nicolás volcó una estantería. El golpe retumbó en la planta baja. Después agarró a Aurora por la cintura y la levantó hasta el primer peldaño.

—Suba.

—Puede pedirlo sin tratarme como un saco.

—Lo he intentado.

Aurora ascendió. La escalera desembocaba en un altillo lleno de rollos de tela. Encontró la ventana, aunque estaba clavada. Utilizó la tenaza para arrancar una tabla.

Abajo, Gaspar entró con tres hombres.

—Señor Ardisana —llamó—. La señora de Tineo no desea hacerle daño.

—Su forma de demostrarlo ha empeorado —respondió Nicolás desde otro punto.

Aurora miró por el hueco. El patio quedaba tres metros más abajo. Había un cobertizo, un muro y una puerta cerrada. Podía saltar al tejado, aunque las tejas parecían húmedas.

Detrás de ella crujió el suelo. Un hombre había subido por la escalera secundaria. Aurora se ocultó entre dos fardos. El perseguidor llevaba una pistola y respiraba con la boca abierta por la carrera.

—La veo —dijo.

—Entonces debería apuntar mejor.

Aurora empujó un rollo. La tela cayó sobre el hombre y lo derribó. Ella corrió hacia la ventana. La tabla restante le rasgó la manga. Saltó al cobertizo y resbaló. Consiguió agarrarse al borde.

El perseguidor asomó. Apuntó.

Nicolás apareció detrás y lo lanzó contra el altillo. Bajó al tejado de un salto.

—Habíamos acordado que saldría.

—Había una pistola.

—Siempre hay una pistola cuando usted improvisa.

Gaspar entró en el altillo con los otros hombres. Nicolás empujó a Aurora hacia el muro. Corrieron sobre el cobertizo mientras las balas rompían tejas a su espalda.

Aurora alcanzó la pared y miró el callejón al otro lado. Un carro lleno de carbón pasaba despacio.

—No pienso saltar otra vez.

Nicolás la agarró.

—Mañana puede escribir una queja.

Saltaron. Cayeron sobre el carbón y levantaron una nube negra. El carretero gritó. Nicolás le arrojó una moneda y pidió que continuara.

—¿Adónde? —preguntó el hombre.

—A cualquier lugar donde no disparen.