Tu nombre en mi sangre Capítulo 4. Las sábanas marcadas
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Capítulo 4. Las sábanas marcadas

Las sábanas marcadas

Aurora durmió una hora, se lavó en una palangana y volvió al hospital con un vestido que su madre consideraba presentable para recibir una reprimenda.

Ramona había pasado el desayuno cosiendo el desgarro de la falda anterior. La aguja entraba en la tela con una violencia discreta.

—Tomás Morán es un buen hombre —dijo sin mirar a su hija—. Si vas a utilizar su nombre para desaparecer, podrías haber aceptado casarte con él.

—No quiero un marido que sirva de coartada.

—Una mujer necesita algo más que buena letra para llegar a vieja.

Aurora besó la cabeza de su madre.

—Esta tarde volveré temprano.

Ramona cortó el hilo con los dientes.

—Cada vez mientes con una voz más cariñosa.

En el hospital, la cama de Teresa estaba ocupada por un muchacho que deliraba. El nombre de la mujer había regresado al libro, esta vez con la hora correcta, y nadie parecía recordar que su cadáver había desaparecido.

Catalina esperaba a Aurora en el lavadero. Había extendido una sábana gris entre las blancas para ocultarla.

—La quité del arcón antes de que se lo llevaran —explicó—. Si me ahorcan por robar ropa sucia, procura que mi hija sepa que siempre quise un final más distinguido.

Aurora examinó el bordado. La rama roja estaba hecha con hilo de seda, demasiado caro para ropa destinada a enfermos. En el reverso había tres puntadas negras.

—Es un número —dijo.

—O la costurera era miope.

—Tres. La lista de Gaspar tiene un tres junto a Teresa.

—¿Qué lista?

Aurora se lo contó. Omitió la boca ensangrentada de Nicolás hasta que Catalina le agarró la barbilla y le pidió que dejara de elegir qué partes podía soportar.

—Bebió de Jacinta —admitió Aurora—. Dice que puede recibir recuerdos.

Catalina la soltó.

—Voy a hacerte una pregunta y quiero una respuesta sensata. ¿Te golpeaste la cabeza al entrar por la ventana?

—Sabía cosas de Jacinta.

—También las sabe media calle del Rosal.

—Lleva vivo desde 1659.

—Eso explica que tenga mala conversación.

Aurora no pudo evitar sonreír.

—Me ayudará a sacar a Amalia.

—¿El muerto?

—No le gusta que lo llamen así.

—A mí tampoco me gusta que me llamen viuda y llevo siete años siéndolo.

Catalina envolvió la sábana. Juntas fueron a buscar a Tomás. Lo encontraron en el cuarto de curas, suturando el brazo de un niño. Esperaron hasta que la madre se lo llevó.

Aurora cerró la puerta.

—Necesito ver a Amalia Cueli.

Tomás dejó la aguja en una bandeja.

—Desapareciste toda la noche, Teresa ha muerto y Gaspar pregunta por ti. Empieza por elegir cuál de esas desgracias quieres explicarme.

—Teresa fue trasladada al depósito y alguien bebió su sangre.

—Ha elegido la explicación más difícil.

Catalina puso la sábana sobre la mesa.

—Estas telas llegan de fuera. Marcan a los enfermos y los sacan vivos.

Tomás observó el bordado. Aurora le entregó la lista. El médico leyó los nombres dos veces.

—Amalia ingresó tras encontrar a su tío muerto —dijo—. Asegura que se cayó por las escaleras, aunque la herida está en la parte posterior del cráneo.

—Alguien quiere saber qué vio —respondió Aurora.

—¿Quién?

—Una mujer llamada Aldara.

Tomás apoyó las dos manos en la mesa.

—Hablas de personas que beben recuerdos y pretendes que siga la conversación como si discutimos una receta.

—Podemos perder una hora convenciéndote. Cuando termine, quizá Amalia ya esté en el carro.

El médico miró a Catalina. Ella se encogió de hombros.

—Yo he visto moverse a los muertos de Gaspar. A estas alturas prefiero una locura útil.

Tomás abrió un armario y sacó una llave.

—Amalia está en la sala pequeña. Si preguntan, la llevo a reconocer el cuerpo de su tío.

—¿Y después?

—Después arruinaré mi carrera con ustedes.

Nicolás entró por la puerta del patio vestido como un ayudante de enterrador. Una gorra le ocultaba la frente y se había manchado la ropa con ceniza. Aurora tardó unos segundos en reconocerlo. Catalina, en cambio, lo señaló con el índice.

—Ese hombre no respira.

—Respiro cuando me conviene —dijo Nicolás.

—Pues hágalo. Pone nerviosa a la gente.

Tomás se interpuso entre ambos.

—¿Es él?

—Nicolás de Ardisana —los presentó Aurora—. El doctor Tomás Morán y Catalina Llaneza. Los dos son más razonables que yo, así que no intente impresionarlos.

Nicolás inclinó la cabeza.

—Gaspar ha cambiado el traslado. Vendrán por Amalia antes del mediodía.

Tomás comprobó el reloj.

—Tenemos veinte minutos.

Fueron a la sala pequeña. Amalia estaba despierta, con una venda alrededor de la cabeza. Al ver a cuatro desconocidos, buscó la campanilla.

—Soy Aurora Hevia, del registro. Queremos sacarla del hospital.

—Mi tía vendrá por mí.

—Su tía firmó anoche la autorización —mintió Aurora—. Hay enfermedad en la sala y la espera en otro lugar.

Amalia miró a Tomás. El médico confirmó la historia con una serenidad que habría hecho de él un buen jugador de cartas.

Catalina la ayudó a vestirse. Nicolás permaneció cerca de la puerta, atento al corredor. Aurora vio cómo evitaba mirar la venda manchada. El olor a sangre le afectaba. Esa vulnerabilidad no lo volvía menos peligroso, solo demostraba que su control exigía esfuerzo.

Un carro se detuvo en el patio.

—Ya están aquí —dijo Nicolás.

Tomás abrió el paso hacia el cuarto de suministros. Al fondo había una ventana que daba al callejón. Catalina lanzó un fardo de ropa y salió detrás. Aurora ayudó a Amalia a pasar.

Gaspar apareció en el extremo del corredor con dos hombres.

—Señorita Hevia.

Aurora cerró la puerta del cuarto. Nicolás colocó un armario delante.

—Eso no los detendrá —dijo ella.

—Debe bajar.

—Estamos en un segundo piso.

Nicolás se asomó. Catalina y Amalia esperaban abajo junto a un montón de sábanas que amortiguaría poco una caída.

—Confíe en mí.

—Todavía no se lo ha ganado.

La puerta recibió un golpe. El armario se desplazó.

Nicolás rodeó la cintura de Aurora y saltó. Ella tuvo tiempo de agarrarse a su cuello antes de que ambos cayeran. Nicolás aterrizó de pie, con una rodilla flexionada. Aurora tardó un instante en soltarlo.

—Podría haber avisado de que hacía eso.

—Lo habría discutido.

—Con razón.

Arriba, la puerta cedió. Catalina tomó a Amalia del brazo y corrieron por el callejón. Tomás salió por la entrada principal para desviar a Gaspar.

Nicolás los condujo hacia el Fontán. El mercado ofrecía carros, toldos y gente suficiente para desaparecer. Entraron en un puesto vacío y Catalina cubrió a Amalia con un mantón.

—Mi tío no cayó por la escalera —dijo la muchacha. La carrera le había abierto la herida y una línea roja descendía por su sien—. Lo empujó un hombre de su sociedad. Yo estaba en el pasillo.

—¿Qué sociedad? —preguntó Aurora.

—Se reunían para comprar terrenos. Mi tío guardaba las escrituras. Una mujer fue a verlo hace una semana. La llamó señora de Tineo.

Nicolás se quedó inmóvil.

—¿Qué aspecto tenía?

—Pelo blanco. No era vieja. Llevaba guantes rojos.

—Aldara —dijo él.

Amalia lo oyó.

—Sí. Ese era su nombre.

Fuera, las campanas marcaron el mediodía. Aurora observó el mercado a través de una abertura del toldo. Gaspar apareció entre los puestos acompañado por cuatro hombres.

—Nos han seguido.

Catalina colocó a Amalia detrás de unas cajas.

—Yo puedo llevarla a casa de mi cuñada. Nadie relacionará a la chica conmigo.

—La relacionarán conmigo —dijo Aurora.

—Entonces tendrás que darles algo más interesante que perseguir.

Nicolás señaló el extremo opuesto del mercado.

—El almacén de las sábanas está a dos calles. Si hacemos desaparecer sus listas, Gaspar deberá proteger el lugar.

Aurora entendió la propuesta.

—Quiere que nos vea.

—Quiero que la vea a usted conmigo.

—Eso me convierte en objetivo.

—Ya lo es. También le permitirá elegir hacia dónde corre el cazador.

Aurora miró a Amalia. La muchacha se apretaba el mantón contra la cabeza. En la lista, junto a su nombre, una sola palabra había resumido su valor para Aldara.

—Catalina, llévala por la calle de la Magdalena. Nicolás y yo iremos al almacén.

—¿Y yo qué digo si me preguntan por qué llevo una herida debajo del mantón?

—Que tu cuñada cocina fatal.

Catalina besó a Aurora en la frente.

—Si ese cadáver te hace daño, lo lavo con lejía.

Nicolás esperó a que se marcharan.

—Su amiga tiene una idea extraña de la protección.

—Acaba de amenazar a un vampiro con una colada. Yo le haría caso.

Salieron del puesto. Aurora agarró el brazo de Nicolás como si pasearan juntos. Gaspar los vio desde el otro lado de la plaza. El desconcierto se convirtió en miedo.

Aurora sonrió al encargado y siguió caminando.

En aquella ocasión, la persona perseguida sabía dónde terminaba la carrera.

El almacén de las sábanas tenía el escaparate cubierto con papel. Nicolás condujo a Aurora hasta una entrada lateral. Gaspar y sus hombres habían visto que se separaban de Catalina. La persecución ya se oía en la plaza.

—¿Cómo entramos? —preguntó ella.

Nicolás sacó una herramienta fina de la manga.

—Por la cerradura, como gente civilizada.

—Acabamos de saltar desde un segundo piso.

—Cada relación necesita límites.

Abrió. El interior olía a romero, láudano y tela húmeda. Aurora cerró mientras Nicolás avanzaba entre fardos. No pretendían encontrar pruebas. Debían lograr que Gaspar creyera que las buscaban.

—¿Dónde guardaría los libros? —preguntó ella.

—Donde alguien curioso pudiera hallarlos.

—Eso no ayuda.

—La casa es una trampa. Todo está donde Aldara desea.

Aurora encontró una puerta al fondo. Al abrirla vio un escritorio y un armario lleno de fichas. Encima descansaba una lámpara encendida.

La llama iluminaba una carta sin doblar. Aurora alcanzó a leer el encabezamiento antes de que Nicolás apagara la luz. Estaba dirigida al capitán Junquera y autorizaba el traslado de Amalia como testigo protegida. La firma pertenecía a un juez que llevaba dos semanas muerto de cólera.

—Necesito esa carta —dijo.

—Necesita salir.

—Con ella podemos demostrar que Junquera preparó el secuestro.

Nicolás oyó a los hombres en la calle.

—También puede demostrar que entró a robarla.