Capítulo 3. Lo que recuerda la sangre #3
—Las puntadas de la sábana indicaban la pregunta. Necesitamos saber qué quieren que recuerde.
—Tiene una herida en la cabeza —respondió Tomás—. Dijo que cayó en casa de su tío. Cuando intenté preguntarle, fingió no oírme.
—Quizá reconoció a quien lo mató.
Nicolás señaló el número.
—Cuatro puede ser una habitación, una ruta o el lugar que ocupará en el carro. Aldara no utiliza un único código. Cambia lo suficiente para que cada colaborador conozca solo una parte.
—Gaspar entiende todas —dijo Aurora.
—Gaspar entiende las que necesita.
Catalina entró con un cubo de ropa. Había oído las últimas frases.
—El encargado ha reunido a los cocheros en el patio. Uno ha preguntado por una caja número cuatro.
Aurora volvió a mirar la cifra.
—No es el recuerdo. Es el recipiente.
—¿Una caja para una muchacha? —preguntó Tomás.
—Para sacarla sin que los enfermos la vean —respondió Catalina—. Esta mañana han traído cuatro arcones nuevos. Dicen que contienen jabón.
Nicolás abrió la puerta un palmo y escuchó.
—Hay seis hombres. Dos llevan armas. Gaspar está en la escalera.
—Puede irse —dijo Tomás—. Si lo encuentran aquí, ninguna explicación servirá.
—Me quedo cerca de Amalia.
Aurora oyó el cambio. Nicolás no había dicho que se quedaba con ella. Había elegido el nombre de la persona en peligro.
Se pusieron los delantales. Tomás salió primero para regresar a la sala. Catalina llevó a Aurora por el lavadero. El agua de las pilas estaba teñida de marrón y dos mujeres frotaban sábanas sin guantes. Una tenía grietas abiertas en las manos.
—Han vuelto a separar las grises —susurró Catalina—. Quieren lavarlas en otro lugar.
—¿Quién borda las marcas?
—Las telas llegan preparadas. Una carreta las deja cada lunes. El conductor trabaja para un almacén del Fontán.
Aurora memorizó el dato. Cada respuesta añadía una puerta y una persona capaz de cerrarla.
Gaspar apareció en el corredor. Catalina empujó a Aurora detrás de las sábanas colgadas. El encargado se detuvo a pocos pasos.
—¿Ha visto a la señorita Hevia?
—Su madre se la llevó —respondió Catalina—. Algo sobre un médico y una boda.
Gaspar tardó en contestar.
—La señorita Hevia no está prometida.
—Dígaselo a su madre. Yo no discuto con mujeres que guardan agujas en la boca.
El encargado rozó una sábana. Aurora podía ver la costra roja de su pulgar a través de la tela húmeda.
—Si aparece, avíseme.
—En cuanto termine de obedecer todas las demás órdenes que me dan hombres sin jabón en las manos.
Gaspar se marchó. Catalina esperó hasta perder sus pasos.
—Me cae mal desde antes de que secuestrara enfermos —dijo—. Agradezco que la razón haya mejorado.
Llegaron a la sala pequeña por una puerta interior. Amalia dormía. Tenía la cara joven, la venda limpia y una mano cerrada alrededor de algo. Aurora se acercó. La muchacha despertó de golpe y levantó un trozo de cristal.
—No voy a hacerle daño.
—Eso dijo el hombre del hospital.
—¿Gaspar?
—El otro. El que vino anoche.
Aurora se sentó lejos del alcance del cristal.
—¿Qué quería?
—Que recordara una cara. Me preguntó dónde estaba cuando cayó mi tío.
—¿Cayó?
Amalia miró la puerta.
—Usted copia defunciones.
—También corrijo las que están mal.
—Si se lo cuento, escribirán la mía.
Aurora sacó una de las copias de la lista. Mostró el nombre de Amalia y la palabra junto a él.
—Ya han empezado.
La muchacha dejó caer el cristal. Catalina lo recogió y le entregó ropa corriente.
—Vamos a sacarte —dijo.
—Mi tía vendrá.
—Tu tía no puede entrar. Hay hombres esperando en el patio.
Amalia observó a ambas. El miedo se le había convertido en una atención dura, impropia de alguien que debía confiar su vida a desconocidas.
—Quiero ver al doctor.
Tomás apareció con una bandeja. Cerró la puerta.
—Estoy aquí.
—¿Ellas dicen la verdad?
Tomás miró la lista y luego a Aurora.
—La parte que pueden demostrar, sí. La otra parte es demasiado extraña para que yo sepa cómo llamarla.
—¿Usted vendrá?
—Ayudaré a cruzar el hospital. Después debo quedarme para que nadie siga a mis pacientes por una ventana.
Amalia se vistió. Catalina escondió la venda bajo un gorro. Aurora le explicó que un hombre llamado Nicolás esperaría fuera y que debía seguir sus instrucciones si corrían.
—¿Es de confianza?
—Todavía no lo sé.
—No parece una buena recomendación.
—Es la verdad completa. Hoy escasea.
En el corredor sonó el arrastre de un arcón. Los hombres de Gaspar preparaban la caja cuatro.
Nicolás abrió la puerta desde fuera.
—Han adelantado el traslado —dijo—. Ya no tenemos una hora.
Aurora guardó la lista dentro del delantal y ofreció la mano a Amalia.
—A partir de ahora puede desconfiar de todos —dijo—. Empiece por quienes le aseguren que no tiene tiempo para pensar.
Amalia aceptó la mano.
—Usted acaba de decir que no lo tenemos.
—Por eso conviene que siga desconfiando mientras corre.
Fuera, el primer arcón golpeó el suelo. Aurora contó los pasos de los hombres y eligió la puerta del lavadero. Amalia apretó su mano, no en busca de consuelo, sino para indicar que estaba preparada.
Las dos corrieron cuando Aurora lo decidió.