Tu nombre en mi sangre Capítulo 3. Lo que recuerda la sangre #2
12%

Capítulo 3. Lo que recuerda la sangre #2

Aurora le pidió que se la devolviera. Él sacó el hierro, limpió una mancha de sangre con el pañuelo y lo puso en su mano.

—Pensaba guardarla.

—Es un objeto robado.

—Tiene valor sentimental.

—Me la clavé en la pierna.

—Precisamente.

Aurora examinó el metal. La herida de Nicolás había desaparecido. Ni siquiera quedaba un agujero en el pantalón porque la tenaza entró por una costura abierta.

—¿Puede curar cualquier cosa?

—Casi cualquier herida si he bebido lo suficiente. La plata tarda más. El fuego deja marcas. El sol destruye antes de que el cuerpo repare.

—¿Y una decapitación?

—Me halaga que prepare opciones.

—Responda.

—Si mantiene la cabeza lejos del cuerpo, tendrá tiempo para arrepentirse de haber preguntado.

Un vendedor de pescado pasó junto a ellos. Nicolás contuvo la respiración. El hombre llevaba un corte en la palma y lo envolvía con un trapo sucio. Aurora vio la tensión en la mandíbula del vampiro.

—Tiene hambre.

—He comido.

—A Jacinta.

—Una persona no se convierte en comida porque yo utilice una palabra cómoda.

Nicolás aceleró. Aurora lo siguió hasta una calle estrecha.

—¿Cuándo fue la última vez que mató a alguien sano?

—Hace treinta y dos años.

—Lo recuerda con precisión.

—Se llamaba Fernando Urraca. Tenía cuarenta años, una hija en Lugo y la costumbre de cantar cuando estaba borracho. Intentó robarme. Yo llevaba seis días sin alimentarme y decidí que su delito era una autorización.

Aurora esperaba una respuesta defensiva. Nicolás le entregó un nombre completo.

—¿Por qué treinta y dos años?

—Porque después dejé de viajar sin reservas y de fingir que el hambre era una fatalidad. Aun así, he bebido de moribundos como Jacinta. Algunas veces esperé a que murieran. Otras decidí que unos minutos no importaban.

—Para la persona que pierde esos minutos, importan todos.

—Lo sé.

—Lo sabe ahora.

—Lo supe entonces y bebí de todos modos.

La conversación había llegado a un lugar sin una frase que lo limpiara. Aurora agradeció que Nicolás no intentara encontrarla.

Entraron en la imprenta por la ventana del patio. La luz reveló letras de plomo esparcidas por el suelo, marcos vacíos y una prensa pequeña que nadie compró porque tenía una grieta. Aurora apartó una lona. El polvo levantó una nube.

—Aquí aprendí a copiar firmas —dijo.

—Una infancia provechosa.

—Mi padre decía que debía reconocerlas para no aceptar pagarés falsos. Después me enseñó a hacerlas para que entendiera la diferencia.

Encontró papel en un armario cerrado. Nicolás sostuvo la lista cerca de la ventana mientras ella la copiaba dos veces. Aurora reprodujo incluso los puntos, las manchas y la rama roja.

—No dibuje eso —advirtió él.

—Necesitamos una copia.

—La marca contiene sangre.

Aurora observó la costra. Al acercarla a la nariz percibió el olor dulce de las sábanas.

—¿De Aldara?

—Probablemente. Sus colaboradores se queman la piel con ella. La marca les permite abrir ciertas cerraduras.

Aurora recordó el pulgar de Gaspar.

—Entonces no basta con copiarla.

—El dibujo sirve para reconocerse. La sangre abre puertas.

Ella dejó la rama sin rellenar y escribió al lado sangre de Aldara. Nicolás leyó la nota.

—Si encuentran esto, sabrán que está informada.

—Ya lo saben.

—También sabrán dónde aprendió.

—Eso lo convierte en un problema suyo.

Nicolás apoyó una mano en la prensa. Entre los tipos caídos vio una pieza con forma de rama. La recogió.

—Esto no pertenecía a su padre.

Aurora tomó el bloque. La sangre seca llenaba los huecos del dibujo.

—Alguien ha utilizado la imprenta.

Registraron los cajones. Faltaban papeles y tinta. En el suelo del cuarto trasero encontraron cera violeta, una pluma reciente y una cinta gris. Aldara había elegido el refugio antes que Nicolás.

—Quería que me encontrara aquí —dijo él.

—Y quería que yo supiera que mi familia no me protege.

Un golpe sonó en la puerta principal. Nicolás apagó la lámpara. Aurora guardó las copias bajo la ropa.

—¿Otra ventana? —susurró él.

—Esta vez utilizaremos la puerta trasera. No quiero que se acostumbre.

Salieron al patio. Dos hombres entraron en la imprenta mientras ellos cruzaban la vivienda contigua. Aurora reconoció la voz del acompañante de Gaspar.

Nicolás la condujo hasta el tejado de un cobertizo y esperaron tumbados bajo la lluvia. Los hombres revolvieron la imprenta, encontraron la pieza de la rama y se marcharon sin registrar la casa vecina.

—La han dejado para nosotros —dijo Aurora.

—Aldara quiere que sigamos las rutas.

—Entonces cree saber qué haremos.

—Suele acertar.

Aurora miró las chimeneas, el hospital y el campanario de San Tirso. La ciudad parecía pequeña desde aquella altura. En sus calles había cientos de habitaciones donde una mujer de guantes rojos podía haber comprado una obediencia.

—Cambiará de opinión cuando descubra que yo tampoco sé qué haré hasta que lo hago.

Nicolás sonrió bajo la lluvia. Por un instante pareció olvidar el olor de la sangre y los años que llevaba huyendo.

Llegaron al hospital por la entrada de los suministros. Catalina había colocado una cesta delante de la puerta para avisarles si alguien la abría. Tomás los esperaba en el cuarto de curas con las camas marcadas anotadas en una hoja.

—Han desaparecido dos —dijo—. Amalia sigue aquí. Gaspar ha ordenado moverla antes del mediodía.

Aurora extendió las copias de la lista.

—Entonces tenemos una hora.

Tomás abrió el armario de medicinas. Sacó vendas, una botella de láudano y dos delantales limpios.

—Catalina puede vestirla como ayudante de cocina —dijo—. El problema será cruzar el patio.

—La ventana del cuarto de suministros da al callejón —recordó Aurora.

—Está en un segundo piso.

Nicolás miró hacia arriba, calculando una altura que no podía ver desde allí.

—No será un problema.

—Para usted —dijo Tomás—. Las demás personas conservamos huesos con opiniones.

Aurora extendió la lista sobre la mesa. Amalia aparecía junto a la palabra testigo. El número cuatro se repetía bajo el nombre.