Capítulo 3. Lo que recuerda la sangre
Lo que recuerda la sangre
Nicolás encontró la tenaza clavada en su muslo cuando el cielo empezaba a aclarar.
La había llevado consigo durante la pelea. La descubrió al sentarse bajo el puente, después de arrojar al río el cuchillo y limpiarse las manos. Sacó el hierro. La herida se cerró antes de que pudiera sangrar sobre la bota.
Guardó la tenaza.
No era el recuerdo que deseaba conservar de Aurora Hevia, aunque sospechaba que sería el más exacto.
Había oído su nombre en la mente de Jacinta. La moribunda la recordaba inclinada sobre la cama, empeñada en llamar viva a quien los demás habían condenado. Luego Aurora apareció en el depósito con una falda rota y un arma absurda, y Nicolás comprendió por qué Jacinta había pensado en ella.
También comprendió que Aldara la buscaría.
Esperó a que abrieran las puertas y entró en Oviedo mezclado con un grupo de campesinos. La luz creciente le irritaba la piel. Se cubrió con el sombrero y siguió el olor de Aurora: sudor, tinta, vinagre y una gota de su propia sangre, quizá de las plantas heridas.
La encontró en la calle del Rosal. Intentaba entrar en su casa sin despertar a nadie. Una mujer mayor abrió la puerta antes de que Aurora alcanzara el pestillo y la recibió con un golpe en el hombro.
—¡Mala hija! —exclamó—. ¡Mala hija y mentirosa!
—Madre, puedo explicarlo.
—Catalina ya lo ha hecho. El médico necesitaba ayuda, decía. El médico ha venido hace una hora preguntando por ti.
—Entonces Catalina necesita mejorar sus mentiras.
Ramona Hevia levantó la mano. En lugar de volver a golpearla, la apoyó en la mejilla de su hija. Recorrió con los ojos el vestido roto y las medias sucias.
—¿Te han hecho daño?
—He corrido sin zapatos. Mi dignidad está peor que mis pies.
Ramona la abrazó. Nicolás se retiró antes de que alguna vecina lo viera observando. Había olvidado que los humanos podían pasar del insulto al alivio sin guardar un minuto de cortesía entre ambos.
Durmió en el sótano de una imprenta abandonada. Al despertar, ya de noche, Aurora lo esperaba sentada sobre una caja. Tenía los pies vendados y sostenía una lámpara.
—Resulta decepcionante encontrar tan deprisa la guarida de un ser sobrenatural.
Nicolás se incorporó.
—¿Cómo ha entrado?
—La puerta estaba cerrada, así que utilicé la ventana. Empieza a convertirse en costumbre.
—¿Cómo me ha encontrado?
Aurora mostró la tenaza gemela de la que él había guardado.
—Pertenecen al dueño de la imprenta. Cuando cerró, dejó la mitad de las herramientas. Mi padre trabajó aquí.
—No puede quedarse.
—Tampoco podía seguir un carro, entrar en un depósito ni robar una lista. Ha pasado una noche llena de imposibles.
Nicolás se levantó. El hambre había regresado y la cercanía de Aurora no ayudaba. Ella notó el cambio, aunque no retrocedió.
—Teresa Cuervo ha muerto —dijo—. Desapareció antes de que Catalina pudiera impedirlo.
—Lo siento.
—No le he pedido pésames. Quiero saber qué significa la marca.
Aurora sacó la hoja. Nicolás reconoció la rama de tres puntas en el margen. Aldara utilizaba aquel signo desde que ambos fingieron pertenecer a una familia de comerciantes portugueses. La rama era una A mal dibujada por una niña de seis años. La hija de Aldara.
—Significa que la ciudad ya no es segura para usted.
—Ayer tampoco lo era para Jacinta.
—Aldara elige a personas cuyo último recuerdo puede tener valor. Secretos, delitos, ubicaciones. Gaspar las separa antes de que mueran y ella viene a beber.
—Usted hizo lo mismo.
Nicolás no buscó una defensa.
—Sí.
—¿Qué obtuvo?
—Una infidelidad que no me interesa, el miedo de una niña y su cara inclinada sobre una cama.
Aurora apretó la hoja.
—Explíquelo sin acertijos.
—La sangre de una persona moribunda conserva el recuerdo que ocupa su conciencia. Al beber, lo recibimos. Dura unos minutos con toda su fuerza. Después se queda como cualquier memoria, sujeto al desgaste y a la confusión.
—¿Nosotros?
—Hay más como yo.
—¿Aldara?
—Aldara me convirtió.
Aurora paseó la luz por la cara de Nicolás, como si una lámpara pudiera revelar su edad.
—¿Cuándo?
—En 1692.
La llama tembló porque la mano de Aurora se movió. Ese fue el único gesto de miedo que él le vio.
—Lleva ciento sesenta y tres años así.
—Llevo ciento sesenta y tres años intentando decidir qué significa «así».
—Ayer dijo que Jacinta ya estaba muerta.
—Dije que no podía hacerle daño. Su corazón se detuvo mientras usted entraba.
—Bebió antes.
—Bebí mientras agonizaba.
—Podría haberla ayudado.
Nicolás pensó en los cientos de personas a las que había visto morir. En algunas ocasiones pudo aliviar el dolor. En otras se alimentó. También recordaba noches en las que el hambre había elegido por él.
—Podría haberlo intentado.
Aurora esperaba una excusa. Al no recibirla, bajó la lámpara.
—La lista menciona a Amalia Cueli. Está ingresada. Dieciocho años, una herida en la cabeza y síntomas leves. Junto a su nombre pone «testigo».
—Sáquela del hospital.
—Gaspar controla las puertas.
—Entonces sáquela por una ventana. Tiene experiencia.
Aurora soltó una risa breve. Nicolás la sintió como un golpe de calor en un cuerpo que ya no lo producía.
—Vendrá conmigo —dijo ella.
—Me está dando órdenes en mi refugio.
—Ayer me aconsejó correr y funcionó. Hoy le toca aceptar una buena idea ajena.
—Si entro en el hospital, Aldara sabrá que la ayudo.
—Ya sabe que come de sus traslados.
—No es lo mismo robarle una cena que arrebatarle una pieza.
Aurora extendió la lista. Debajo de los nombres había números y fechas. Nicolás reconoció un código de rutas. Uno de los símbolos indicaba una quinta al sur de la ciudad.
—¿Qué significa esto? —preguntó ella.
—Que Amalia no será la última.
—Entonces tenemos trabajo.
Nicolás tomó la hoja. El pulso de Aurora sonaba en el sótano. Era regular, firme y tan cercano que tuvo que concentrarse en las palabras para no escuchar nada más.
—Hay una condición —dijo—. Cuando le pida que huya, obedecerá.
—No aceptaré eso.
—Señorita Hevia.
—Puede pedirme que huya y yo valoraré las circunstancias. Es una condición más honrada.
—No tiene idea de lo que puede hacer Aldara.
—Usted tampoco tiene idea de lo que yo hago cuando me ordenan obedecer.
Nicolás miró la tenaza sobre una caja y decidió que aquella parte sí empezaba a conocerla.
—Iremos al amanecer —concedió—. Gaspar esperará que actuemos esta noche.
—¿Durante el día no se convierte en ceniza?
—Me quemo si permanezco al sol. Bajo un cielo asturiano suelo disponer de bastante protección.
—Al fin una ventaja del clima.
Aurora se dirigió a la ventana. Antes de subir, se volvió.
—Jacinta pensaba en mí porque le prometí avisar a su hermana.
—También pensaba que usted la trató como si siguiera siendo una persona.
Aurora bajó los ojos. Nicolás lamentó haberlo dicho. Los recuerdos ajenos podían consolar, aunque casi siempre abrían una puerta que el muerto ya no tenía derecho a cerrar.
—¿Me contará el resto? —preguntó ella.
—Cuando deje de servir para hacerle daño.
—No decida eso por mí.
Salió por la ventana. Nicolás permaneció junto a la caja, oyendo sus pasos alejarse. Aldara había utilizado durante siglos el deseo de saber. Aurora acababa de enseñarle que también podía utilizarse el silencio.
A la mañana siguiente, Nicolás la esperó cerca de la casa de Jacinta. La hermana sacó al patio una caja de cartas y encendió un brasero. No leyó ninguna. Las fue arrojando con los ojos secos mientras su marido dormía al otro lado de la pared.
Aurora contempló el humo desde la esquina. Al descubrir a Nicolás bajo los soportales, cruzó la calle.
—No tenía derecho a contarme lo del armario —dijo.
—Jacinta quería que su hermana lo supiera.
—Eso cree usted porque sintió su miedo.
—También sentí la decisión.
—¿Puede distinguirlos?
Nicolás tardó en responder.
—No siempre.
Las cartas ardían detrás de la tapia. Aurora apoyó una mano en la piedra, caliente por el brasero.
—Ayer iba a preguntarle qué más recordó. Ahora no quiero saberlo.
—Es una elección prudente.
—No la llame prudente para apropiarse de ella. Jacinta le entregó algo porque estaba muriendo y usted tenía hambre. Que una parte resulte útil no limpia el resto.
Nicolás miró la casa. Había recibido confesiones que salvaron vidas y otras que solo sirvieron para aumentar su colección de miserias. Rara vez alguien se preocupaba por el derecho del muerto a guardar silencio.
—Anotaré únicamente su nombre —dijo.
—¿Dónde?
Él tocó el cuaderno dentro de la levita.
—En un registro distinto al suyo.
Aurora quiso preguntar. Se contuvo. El silencio podía ser respeto y también una forma de confianza aplazada.
—Amalia —recordó—. Tenemos que sacarla antes del mediodía.
Caminaron juntos hacia el hospital. Nicolás mantuvo una distancia correcta. Aurora agradeció que no intentara conversar sobre lo ocurrido en el depósito. La gratitud la irritó, porque empezaba a encontrar delicadeza en un hombre que bebía de los muertos.
No tomaron el camino más corto. Nicolás evitó las calles abiertas y avanzó por los soportales, donde el sol llegaba debilitado por las nubes. Aurora observó cómo elegía cada sombra con la costumbre de quien había convertido la ciudad en un mapa de refugios.
—Si Aldara lo convirtió, sabrá dónde se esconde —dijo.
—Conoce varias casas que ya no utilizo.
—La imprenta pertenece a mi familia. ¿Cómo llegó allí?
—Buscaba una prensa.
—¿Para imprimir qué?
—Nombres falsos, cartas de viaje y certificados de nacimiento. La inmortalidad exige más burocracia de la que prometen los cuentos.
Aurora quiso reír y recordó las veintisiete muertes que Nicolás aún no le había confesado. Aquel hombre podía resultar divertido sin dejar de ser peligroso. Una cualidad no corregía la otra.
—Mi padre habría apreciado el negocio —dijo—. Siempre cobraba más por los documentos que podían llevarlo a prisión.
—¿Qué le ocurrió?
—Una fiebre. La imprenta ya estaba endeudada. Mi madre vendió las máquinas útiles y guardó la llave porque admite con dificultad cuándo algo ha terminado.
Nicolás tocó el bolsillo donde llevaba la tenaza.
—Yo también.