Tu nombre en mi sangre Capítulo 2. El hombre del depósito #3
9%

Capítulo 2. El hombre del depósito #3

Permaneció tumbada sobre el tejado, pegada a la pendiente. Desde allí vio el camino del depósito y las primeras casas de Oviedo. También vio una figura cruzando el campo en dirección al río. Nicolás de Ardisana caminaba sin prisa, aunque llevaba la camisa rota y sangre seca en el costado.

El hombre del cobertizo salió y silbó a su compañero. Ninguno miró arriba. Aurora esperó hasta que se alejaron.

Descendió por el otro lado, recuperó la botella y abandonó el refugio. No siguió a Nicolás. Aún no sabía si había salvado su vida para protegerla, utilizarla o impedir que los hombres de Aldara la encontraran antes que él.

En el camino de regreso pasó junto a un puesto de vigilancia. Los guardias habían colocado un banco para quienes esperaban la apertura. Había una mujer con dos niños dormidos, un vendedor de carbón y un sacerdote que escondía la tos dentro de la manga. Aurora se sentó lejos de ellos.

La mujer la miró de arriba abajo.

—Le han robado los zapatos.

—Los dejé para correr mejor.

—Eso no mejora la historia.

—Tampoco los zapatos.

La mujer le ofreció un extremo de su manta. Aurora lo aceptó. Mientras aguardaban, un carro vacío llegó desde el camino del depósito. Lo conducía Gaspar. Tenía barro hasta las rodillas y una hinchazón en la frente. Los guardias no le preguntaron de dónde venía.

Aurora cubrió la cara con la manta. Gaspar pasó a pocos pasos. Olía a humo, sudor y al perfume dulce de las sábanas.

El acompañante no iba con él. Aurora se preguntó si el hombre continuaba buscándola o si Ardisana había resuelto el problema de un modo que ella no quería imaginar.

Cuando las campanas anunciaron la apertura, todos se levantaron. El sacerdote fue el primero en cruzar. La mujer despertó a sus hijos. Aurora le devolvió la manta y se incorporó con las piernas entumecidas.

No entró en Oviedo hasta que abrieron las puertas.

Esperó escondida cerca del camino, con la hoja pegada a la piel y las medias húmedas.

Vio regresar a Gaspar. Caminaba solo, con barro en las botas y el cuello de la camisa mal cerrado.

No llevaba la expresión de un hombre que hubiese encontrado a un intruso entre sus muertos.

Aurora lo siguió dentro de la ciudad. Gaspar se detuvo en una panadería, compró una hogaza y saludó a dos vecinos.

La normalidad de sus gestos resultaba más inquietante que el depósito.

Un asesino podía esconderse. Un hombre que organizaba desayunos después de entregar moribundos había encontrado una manera de vivir con ello.

Antes de ir a casa de su madre, Aurora visitó a la hermana de Jacinta. Llamó hasta que una mujer en camisón abrió una ventana.

—Su hermana ha muerto —dijo Aurora.

La mujer se santiguó. No preguntó cómo. En aquellos días, la causa parecía una curiosidad.

—Me pidió que quemara las cartas de Benigno —continuó—. Están en el armario azul.

La ventana se cerró. Volvió a abrirse enseguida.

—¿Quién se lo ha contado?

—Jacinta.

—No podía hablar desde ayer.

Aurora pensó en el hombre de la boca ensangrentada y en la tristeza con que había recitado un secreto que no le pertenecía.

—Encontró una forma.

La hermana de Jacinta bajó al portal. Se llamaba Adela y llevaba una palmatoria que iluminaba la mitad de su cara. Abrió solo lo necesario para mirar a Aurora.

—¿Estuvo con ella?

—Sí, estuve allí.

—¿Al final?

Aurora pensó en la boca de Nicolás y en la tranquilidad de Jacinta después del último latido.

—No estuvo sola.

Adela apretó los labios. Aquella respuesta podía significar consuelo o una mentira piadosa. Aurora la dejó elegir.

—Benigno murió hace tres años —dijo la mujer—. Mi marido cree que las cartas terminaron entonces.

—Jacinta quería protegerla.

—Jacinta quería arreglarlo todo cuando ya no podía arreglarse.

Adela le pidió que esperara. Regresó con una llave pequeña y la puso en su mano.

—El armario está en la habitación de arriba. Quémelas usted. Si las toco, quizá lea una.

Aurora entró. La casa olía a cera y ropa húmeda. En el dormitorio, el armario azul ocupaba una pared. La llave abrió un cajón donde había diecisiete cartas atadas con cinta, un retrato de un hombre joven y un anillo envuelto en tela.

Preparó el brasero en el patio. No leyó las cartas. Las sostuvo una a una sobre la llama hasta que el papel se curvó y la tinta desapareció. Adela observó desde la puerta.

—¿Dijo algo más?

—Pensó en una taza rota y en una niña con un abrigo grande.

Adela se cubrió la boca.

—Mi hija. Jacinta le hizo el abrigo con una falda vieja. La niña decía que crecería dentro.

Aurora entendió la violencia de lo que Nicolás había recibido. Había entrado en el último lugar donde Jacinta se refugió del miedo y salió con objetos que podían abrir el dolor de otra persona.

—¿Quién le contó eso? —insistió Adela.

—Un hombre que estuvo allí.

—Tráigalo.

—No creo que deba conocerlo.

—Entonces dígale que agradezco que escuchara.

Aurora asintió sin prometerlo. Cuando salió, Gaspar ya había desaparecido calle abajo.

El amanecer había devuelto actividad a las casas y el horror del depósito empezaba a parecer una escena inventada por el cansancio.

La ceniza de las cartas se pegaba a sus dedos.

La hoja robada seguía escondida en la falda.

Ambas cosas demostraban que la noche había ocurrido.