Tu nombre en mi sangre Capítulo 2. El hombre del depósito #2
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Capítulo 2. El hombre del depósito #2

El hombre que retenía a Aurora se llamaba Ardisana. Ella guardó el dato mientras él aflojaba los dedos de su muñeca.

Gaspar y su acompañante registraron el depósito. La lámpara se acercó a los sacos. Aurora sintió en el cuello la respiración del desconocido. Era tan lenta que por momentos desaparecía.

Una rata cruzó el suelo. El acompañante lanzó una maldición y pateó un saco.

—Aquí no hay nadie.

—Busca fuera —ordenó Gaspar—. Yo prepararé los otros cuerpos.

El hombre salió. Gaspar se quedó de espaldas a ellos. Ardisana inclinó la cabeza hacia el hueco de la ventana. Aurora negó. Antes quería la hoja que sobresalía del bolsillo del encargado. Reconocía el tono amarillento del registro.

Señaló el papel.

Ardisana la miró como si acabara de proponer incendiar el edificio. Aurora levantó las tenazas.

Él soltó su muñeca. Se deslizó entre las sombras sin producir un roce. Gaspar oyó algo cerca de la puerta y se volvió. Ardisana ya estaba detrás de él. Lo agarró por la nuca y le golpeó la frente contra una viga. Gaspar cayó sin sentido.

Aurora salió del escondite, tomó la hoja y comprobó los nombres. Jacinta Rúa, Amalia Cueli, Esteban Quirós, Teresa Cuervo. Junto a cada uno figuraba una palabra: adulterio, testigo, contrabando, herencia.

Teresa seguía en el hospital. Aún podían salvarla de lo que fuese aquello.

El acompañante gritó desde el patio. Ardisana abrió la puerta interior y empujó a Aurora hacia la noche.

—Corra hacia la ciudad.

—¿Y usted?

—Voy a lamentar no haberla dejado debajo de un carro.

El otro hombre dobló la esquina. Aurora echó a correr. Al llegar a la tapia miró atrás y vio a Ardisana recibir un cuchillo en el costado. Ni siquiera retrocedió. Agarró al atacante por el cuello y lo lanzó contra el portón.

Aurora atravesó el campo con la hoja dentro del corpiño. Las puertas de Oviedo estarían cerradas, su madre estaría buscándola y acababa de abandonar a un monstruo que le había salvado la vida.

La contradicción la acompañó hasta el amanecer.

El campo carecía de refugios cercanos. Aurora siguió avanzando hasta encontrar un cobertizo de herramientas junto a una huerta. La puerta estaba asegurada con una cuerda. La desató, entró y volvió a colocarla desde dentro.

Solo entonces permitió que le temblaran las manos.

Se sentó sobre un saco vacío y sacó la hoja del corpiño.

La humedad había corrido parte de la tinta.

Los cuatro nombres seguían legibles. Debajo había cifras separadas por puntos, una dirección incompleta y el dibujo de la rama roja.

Aurora memorizó cada línea. Después dobló el papel hasta convertirlo en un rectángulo pequeño y lo escondió en el dobladillo roto de la falda.

Fuera ladró un perro.

Aurora apagó la lámpara que había robado del depósito. Escuchó pasos alrededor del cobertizo y el roce de una mano sobre la madera. Pensó en Gaspar. También en el desconocido, cuya herida habría cerrado o lo habría dejado tirado en el patio. Ninguna de las posibilidades resultaba tranquilizadora.

La puerta se abrió unos centímetros. Aurora levantó la tenaza gemela que aún conservaba. Una niña de unos diez años asomó la cabeza.

—Ese es el cobertizo de mi abuelo.

—Dile que pagaré lo que rompa.

—¿Está enferma?

—Solo cansada.

La niña entró. Llevaba una cesta cubierta con un paño y un vestido remendado. La acompañaba el perro, que olió las medias de Aurora con especial interés.

—Mi abuelo dice que los cansados también contagian —explicó.

—Tu abuelo tiene una teoría cómoda.

La niña destapó la cesta. Había pan, una cebolla y una botella de leche.

—Íbamos a llevarlo a la puerta para los guardias. Si ha salido de la ciudad, no puede volver hasta que abran.

Aurora aceptó un trozo de pan. Tenía tanta hambre que apenas lo masticó.

—¿Has visto pasar carros del hospital otras noches?

—Los martes y los viernes.

—Hoy es jueves.

—También cuando viene la señora del coche negro.

Aurora dejó de comer.

—¿Lleva guantes rojos?

—No la he visto cerca. Mi abuelo dice que no mire. Una vez encontraron a un hombre sentado junto al camino. Estaba muerto y sonreía.

—¿Cuándo ocurrió?

—Antes de que empezara la enfermedad.

La red no había nacido con el cólera. La epidemia le había proporcionado más cuerpos y menos preguntas.

Aurora sacó una moneda. La niña negó y señaló el pan.

—Mi madre dice que no se cobra a quien espera una puerta.

—Tu madre es más generosa que la ciudad.

—Mi madre está muerta. Por eso puede permitírselo.

La respuesta fue tan seca que Aurora no encontró consuelo que no sonara prestado. Preguntó el nombre de la niña.

—Celia.

—Gracias, Celia.

—¿A quién busca?

—A una mujer llamada Jacinta Rúa.

Celia repitió el nombre para recordarlo. Después salió con el perro y dejó la botella de leche.

Aurora apoyó la cabeza en la pared. Aquella niña guardaría durante unas horas el nombre de una desconocida. Quizá lo olvidara al día siguiente. Aun así, Jacinta acababa de ocupar un lugar fuera de la hoja raspada y del cuerpo abandonado.

Los cascos de un caballo sonaron cerca. Aurora se levantó. A través de una rendija vio a dos hombres registrar el camino. Uno era el acompañante de Gaspar. Llevaba una venda alrededor de la cabeza y caminaba con dificultad.

—La mujer no ha podido llegar lejos —dijo.

El otro escupió.

—Ardisana la habrá matado.

—La señora ha dicho que no. La necesita viva.

—¿Para qué?

—Ha tocado el registro. Si sabe copiar la marca, puede encontrar las rutas.

Los hombres se separaron. Uno avanzó hacia el cobertizo.

Aurora miró la única ventana. Era demasiado pequeña. El techo tenía una abertura por la que entraba luz. Se subió a un arado, empujó una tabla y trepó. La madera le abrió un corte en la palma. Alcanzó las tejas cuando el hombre entraba abajo.