Tu nombre en mi sangre Capítulo 2. El hombre del depósito
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Capítulo 2. El hombre del depósito

El hombre del depósito

El carro atravesó la puerta con los últimos trabajadores que abandonaban el recinto. Aurora tuvo que esperar a que un grupo de enfermeras pasara ante ella y, cuando pudo salir, las ruedas ya doblaban hacia una calle lateral.

Corrió descalza. Las piedras conservaban el calor del día y se le clavaban en las plantas.

En otra noche habría llamado la atención una mujer sola, sin sombrero y con las faldas recogidas hasta los tobillos.

El cólera había alterado el pudor de la ciudad.

La gente caminaba deprisa, apartándose de los desconocidos, y nadie quería saber qué transportaba un carro del hospital.

Aurora mantuvo la distancia. Gaspar no conducía.

Uno de los cocheros llevaba las riendas y el otro vigilaba desde el pescante.

El vehículo pasó de largo el camino del cementerio y se dirigió hacia una construcción baja que había servido como almacén de grano.

Las ventanas estaban tapiadas. Del tejado sobresalía una chimenea sin humo.

Los hombres abrieron el portón, metieron el carro y salieron al poco rato. No llevaban el cuerpo. Cerraron con llave y regresaron hacia Oviedo a pie.

Aurora se escondió junto a una tapia hasta que dejaron de oírse sus pasos. La luna apenas alcanzaba el patio. Encontró una ventana con dos tablas sueltas y metió los dedos entre ambas. La madera cedió con un gemido que le pareció capaz de despertar a media ciudad.

Dudó. Tomás tenía razón en algo: debajo de un carro no habría servido de ayuda a nadie.

Desde dentro llegó un golpe.

—¿Jacinta?

Nadie contestó. Aurora separó las tablas y se coló de lado. La falda quedó enganchada en un clavo. Tiró hasta oír cómo se rasgaba.

El depósito contenía sacos vacíos, herramientas y cuatro camillas. En la más cercana había un hombre muerto. Aurora reconoció el rostro de un albañil ingresado el día anterior. En la siguiente, una anciana tenía las manos atadas con una cinta gris. Dos cuerpos más descansaban al fondo.

Jacinta estaba contra la pared, medio incorporada. Un hombre se inclinaba sobre ella.

Aurora solo vio su espalda, cubierta por una levita negra, y una mano apoyada junto a la cabeza de la enferma. Creyó que era un médico hasta que escuchó el sonido. No se parecía a un beso ni a una respiración. Era el ruido húmedo de alguien bebiendo.

El hombre se apartó. Jacinta cayó sobre el jergón. Tenía dos heridas en el cuello y la expresión tranquila de quien ha dejado de discutir.

Aurora retrocedió. El tacón de su media chocó con una palangana.

El desconocido se volvió.

La sangre le oscurecía la boca. Tenía el pelo castaño, la piel pálida y una cara que habría resultado hermosa en cualquier lugar menos en aquel. Sus ojos no brillaron ni adoptaron un color imposible. La miraron con una atención fría, casi cansada.

—Ha elegido una hora pésima para perderse —dijo.

Aurora agarró una herramienta del suelo. Era una tenaza oxidada.

—Apártese de ella.

—Ya no puede hacerle daño.

—Usted sí.

El hombre se limpió la boca con un pañuelo.

—Jacinta ha muerto.

—La ha matado.

—Cuando la trajeron, su corazón apenas latía. La fiebre habría terminado el trabajo antes del amanecer.

—Qué consuelo para usted.

Aurora se acercó a la puerta sin darle la espalda. Estaba cerrada desde fuera, aunque quizá hubiese otro acceso. El hombre la observó calcular la distancia.

—La salida está detrás de mí.

—Entonces muévase.

—Si grita, vendrán hombres menos pacientes.

—¿Menos pacientes que un asesino?

—No la he traído aquí.

El cuerpo de Jacinta pareció encogerse bajo la sábana. Aurora sostuvo las tenazas con las dos manos.

—¿Quién es usted?

—Alguien que se alimenta de una desgracia ajena y se detesta lo justo para no fingir virtud.

La respuesta la desconcertó. Esperaba una amenaza o una mentira. Aquel hombre hablaba como si llevara mucho tiempo preparando su defensa y ya no confiara en ella.

—Quiero ver si respira.

—No lo hace.

—Quiero comprobarlo.

Él se apartó. Aurora avanzó hasta la camilla, sin soltar el hierro. Tocó la muñeca de Jacinta. La piel aún estaba tibia. Buscó el pulso en el cuello, lejos de las heridas, y no encontró nada.

—¿Cuánto ha bebido? —preguntó.

—Lo suficiente.

—Esa medida puede significar cualquier cosa.

—En mi caso significa que usted debería dejar de acercar la mano a mi boca.

Aurora retiró los dedos. Miró las otras camillas. El albañil tenía polvo bajo las uñas y una alianza atada al cuello con un cordón. La anciana seguía respirando. Las manos, sujetas con la cinta gris, temblaban sobre el vientre.

—Esta mujer está viva.

El desconocido se colocó entre ambas.

—Y seguirá estándolo si no la despierta.

—¿También piensa beber de ella?

—No.

—Qué tranquilizador. ¿Debo agradecerle que elija sus cadáveres?

—Debe agradecer que todavía pueda hacer preguntas.

La amenaza sonó cansada. Aurora se agachó junto a la anciana. Tenía una mancha roja en la sien y marcas de agujas en el brazo. Alguien la había sedado.

—Ayúdeme a sacarla.

—No puede llevarla andando hasta Oviedo.

—Entonces cargue con ella.

El hombre miró la puerta cerrada.

—Dentro de unos minutos regresarán quienes la trajeron. Si encuentran la camilla vacía, perseguirán a la anciana. Si la encuentran con usted, las matarán a las dos.

—Usted podría detenerlos.

—No sabe cuántos son.

—Tampoco parece importarle.

Aurora intentó deshacer el nudo. La cinta estaba húmeda y apretada. El desconocido se inclinó, la cortó con una uña que parecía demasiado corriente y volvió a erguirse.

—¿Ve? Ya estamos colaborando.

—Acaba de cambiar una cuerda por una ilusión.

—La ilusión es más cómoda para las muñecas.

Aurora examinó el resto del cuerpo. La anciana llevaba un escapulario cosido al vestido. Dentro había un papel doblado con un nombre: Mercedes Cañal. En el reverso, alguien había escrito Bajo el nogal.

—¿Qué significa?

El hombre se acercó. Su atención cambió al leer las palabras.

—El recuerdo que buscan.

—¿Quiénes?

—Las personas que prepararon esta habitación.

—¿Por qué querrían saber qué hay bajo un nogal?

—Puede ser dinero, un cadáver, cartas o una llave. La mayoría de los secretos resultan decepcionantes para quien no los posee.

Aurora guardó el papel dentro del escapulario.

—¿Y si despierta?

—Le darán más láudano.

—Habla como si conociera el procedimiento.

—Lo conozco.

—¿Ha trabajado con ellos?

El hombre miró a Jacinta. Un hilo de sangre le había quedado en la barbilla. Se lo limpió con el dorso de la mano.

—Durante demasiado tiempo.

La respuesta colocó el peligro en un lugar distinto. Aurora retrocedió hasta notar otra camilla en la espalda.

—Entonces no ha entrado para robarles la cena.

—También he entrado para eso.

—¿Qué busca?

—Una marca que creía no volver a ver.

Señaló el bordado de la sábana. La rama roja estaba manchada por el cuello de Jacinta.

Aurora pensó en la costra del pulgar de Gaspar y en las telas escondidas. Aquel hombre no parecía sorprendido por nada salvo por el símbolo.

—Conoce a la mujer de los guantes.

Él levantó la cabeza.

—¿La ha visto?

—Un muchacho la vio hablar con el carro.

—¿Dónde?

—Cerca de San Tirso.

El desconocido avanzó un paso. Aurora elevó las tenazas.

—Ha tardado poco en olvidar que soy la persona armada.

—Si Aldara está en Oviedo, usted ha venido hasta el único lugar donde no debía entrar.

—Aún no sé quién es Aldara.

—La clase de persona que convierte la curiosidad en una herida.

La anciana gimió. Ambos miraron la camilla. Mercedes abrió los ojos, desorientada.

—Mi hijo —dijo—. No dejen que encuentre el árbol.

Aurora se inclinó.

—¿Qué hay enterrado?

El desconocido le agarró el hombro.

—No pregunte.

—Ella intenta advertirnos.

—Intentan que piense en ese lugar antes de morir. La pregunta la empuja hacia el recuerdo que desean.

Aurora comprendió que el depósito no era solo una estación entre el hospital y la tumba. Habían preparado palabras, objetos y sedantes para decidir qué pensaría cada víctima al final.

Mercedes volvió a cerrar los ojos. Aurora apartó la mano del hombre.

—Si sabe lo que hacen, ¿por qué no ha terminado con esto?

—Porque conocer un crimen no siempre significa tener fuerza para destruir a quien lo comete.

—Entonces ayúdeme a sacar los nombres.

—Y usted ayudará a no despertar a los muertos.

—Esa mujer respira.

—Por ahora.

Las llaves sonaron en el patio antes de que pudieran discutir el acuerdo.

—Dijo que su hermana no debía abrir el armario azul —murmuró el hombre.

Aurora levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Que quemase las cartas de Benigno antes de que volviera su marido. Pensaba en un armario azul, en una taza rota y en una niña con un abrigo demasiado grande.

—¿Se lo contó mientras la mordía?

Él cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, había en su expresión algo parecido al asco.

—No necesitó hablar.

Aurora conocía a la hermana de Jacinta. Vivía dos casas más abajo, cosía para la madre de Aurora y guardaba las mejores telas en un armario azul. Ningún desconocido podía saberlo.

Un ruido de llaves llegó desde el patio.

El hombre apagó la lámpara. Se movió tan deprisa que Aurora apenas percibió el tirón en la cintura. Un segundo después estaba oculta entre dos pilas de sacos, pegada a su pecho. La mano de él le cubría la boca.

—Si quiere salir viva, no me muerda —susurró junto a su oído.

Aurora le clavó la tenaza en el muslo.

El desconocido tensó el cuerpo, pero no soltó una queja. Retiró la mano de la boca de Aurora y le sujetó la muñeca.

La puerta se abrió. Entraron Gaspar y otro hombre con una lámpara. Aurora podía verlos por un hueco entre los sacos.

—La mujer del registro ha seguido el carro —dijo el acompañante.

—No puede estar aquí —respondió Gaspar—. La habrían visto.

—Aldara no paga por posibilidades.

El nombre dejó al desconocido inmóvil.

Gaspar revisó las camillas. Al llegar a Jacinta, tocó las heridas del cuello.

—Ha venido el otro.

—¿Ardisana?

—Lleva semanas aprovechándose de nuestros traslados. La señora quiere que lo dejen. Dice que acabará conduciéndonos hasta algo más valioso.