Capítulo 1. Los nombres borrados #3
Aurora continuó. Al mirar atrás, lo vio regresar hacia el hospital con el libro pegado al pecho.
Había confiado en él porque sabía que corregiría las horas incluso si aquello destruía su carrera.
En otra vida, quizá esa certeza habría bastado para aceptar una casa, una mesa y el sombrero nervioso de una propuesta de matrimonio.
El carro apareció al fondo de la calle. Había reducido la marcha ante un grupo de hombres que rociaban el empedrado con cal. Aurora se ocultó detrás de una carreta de verduras. Uno de los cocheros bajó y entregó un papel. El encargado del control lo leyó al revés, fingió comprenderlo y dejó paso.
Debajo de la lona se produjo un movimiento. Una mano asomó por la parte trasera. Los dedos buscaron apoyo en el aire y desaparecieron cuando el carro arrancó.
Aurora salió de su escondite.
El cochero que había bajado se quedó rezagado para encender un cigarro. La vio y abrió mucho los ojos. Aurora agarró un puñado de cal de un saco roto y se lo arrojó a la cara. El hombre gritó, cegado. Ella corrió entre dos casas antes de que el otro pudiera detener el vehículo.
La calle terminaba en un patio de vecindad. Aurora saltó una pila de cubos y encontró la puerta trasera cerrada. Tres mujeres asomaron a las galerías, alarmadas por el ruido. El cochero entró detrás de ella con los ojos rojos y un palo en la mano.
—Esa mujer ha robado medicinas del hospital —gritó.
Aurora alzó las manos.
—Pregúntenle por qué transporta enfermos vivos en un carro de muertos.
Las mujeres miraron al hombre. Una de ellas reconoció el uniforme de los traslados.
—Mi hermana salió en uno de esos carros —dijo desde el corredor superior—. Nos dijeron que ya la habían enterrado.
El cochero retrocedió hacia la calle. Aurora aprovechó la duda para subir por una escalera exterior. Atravesó una cocina donde una familia cenaba en silencio, pidió disculpas y salió a otro callejón por una ventana baja.
La mujer que había hablado la siguió hasta el portal.
—Se llamaba Olaya Robles —dijo—. Si encuentra algún papel, mire ese nombre.
Aurora lo repitió.
—Lo buscaré.
—Todos dicen eso.
—Yo lo escribiré.
La promesa pareció insuficiente incluso antes de que Aurora terminara de pronunciarla. Aun así, la mujer asintió. En una ciudad donde los muertos ocupaban fosas comunes, conseguir que alguien guardara un nombre ya exigía una forma de confianza.
El desvío le costó la distancia que había ganado.
Volvió a encontrar el carro gracias al ruido de las ruedas sobre una rejilla.
El camino hacia el portón quedaba casi vacío.
Desde una ventana, alguien arrojó agua sucia y gritó que los muertos no debían cruzar por allí. El cochero respondió con una blasfemia.
Aurora pensó en cuántas personas habían visto pasar aquellas sábanas y habían elegido cerrar una contraventana.
No podía despreciarlas. También ella había regresado a casa otras noches sin preguntar qué contenían los carros.
El horror había aprendido a circular por Oviedo con autorización porque cada testigo poseía una razón comprensible para mirar hacia otro lado.
Junto a la puerta de la ciudad, un alguacil pedía salvoconductos. El carro del hospital cruzó sin detenerse. Gaspar había dejado preparado el paso.
Aurora se mezcló con tres mujeres que regresaban de lavar. Una de ellas reconoció sus pies descalzos y le prestó unos zuecos. Eran grandes y la obligaban a caminar con pasos cortos.
—¿Vas detrás de ese carro? —preguntó la lavandera.
—Han llevado a una conocida.
—Entonces reza por ella y vuelve. Los carros que salen a estas horas no traen a nadie.
La mujer no hablaba de supersticiones. Lo decía con la certeza de quien había visto más de una salida. Aurora quiso preguntarle cuántas, aunque el portón empezaba a cerrarse.
Entregó los zuecos y corrió. El alguacil gritó que no podría volver a entrar hasta el amanecer.
Aurora pasó bajo la hoja de madera cuando ya se movía.
Al otro lado la esperaba un camino oscuro y la certeza de que alguien llevaba semanas sacando personas sin que los libros registraran un solo traslado.
—Dile a Ramona que el doctor Morán ha necesitado ayuda.
—¿Qué vas a hacer?
Aurora se quitó los zapatos manchados, los dejó junto a la leña y echó a correr tras el carro.
No respondió porque cualquier explicación habría sonado más insensata que la decisión. Catalina la llamó otra vez. Aurora levantó una mano sin volverse. Podía prometer cuidado, regreso o prudencia. Las tres palabras habrían sido mentira antes de cruzar el patio.
Corrió con los nombres marcados dentro de la cabeza. Jacinta, Teresa, Amalia, Olaya. El carro se llevaba una mujer. Los papeles ya habían empezado a llevarse a las demás.
El portón terminó de cerrarse a su espalda. Aurora no intentó calcular cómo regresaría. Aquella noche bastaba con no permitir que otro nombre llegara solo al lugar donde pensaban borrarlo.
Siguió corriendo.
El nombre de Olaya marcó el ritmo de sus pasos hasta que volvió a distinguir las ruedas.
Esta vez no las perdió.
Tampoco olvidó por qué corría.