Capítulo 1. Los nombres borrados #2
El humo se extendía a ras de los tejados.
Habían colocado dos barriles atravesados en la calle para impedir el paso y un alguacil ordenaba regresar a cualquiera que no pudiera justificar su presencia.
Detrás de él, tres hombres sacaban colchones de una casa marcada con cal.
Una anciana protestaba desde el portal porque entre aquellas telas estaba su dote. Nadie la escuchaba.
Aurora buscó las ruedas del carro entre las sombras. Solo encontró surcos recientes que se cruzaban con los de los abastecedores y los vehículos de muertos. El fuego había borrado el olor de las sábanas grises.
—El hospital queda en la otra dirección —le advirtió el alguacil.
—Llevo una corrección para el encargado de traslados.
Alzó el registro que aún conservaba bajo el brazo. Lo había sacado del hospital sin pensarlo. El hombre retrocedió al ver la cubierta, como si el libro pudiera transmitir la enfermedad con mayor eficacia que Aurora.
—Déjela en la puerta.
—Si la dejo, mañana enterrarán a otra persona con un nombre equivocado.
—Mañana habrá más.
—Ese argumento sirve para cualquier desgracia y no arregla ninguna.
El alguacil se apartó con un gesto de fastidio.
Aurora atravesó el control. Mientras avanzaba, abrió el libro por las últimas páginas.
Gaspar había preparado diecisiete defunciones para aquella noche.
Cinco horas estaban escritas con la misma tinta que la de Teresa.
Todas eran posteriores al momento en que él salió del hospital.
Había dejado decidido quién moriría antes de que los médicos perdieran la esperanza.
En el margen de cuatro nombres aparecía una pequeña costra roja. Aurora rascó una con la uña. Se desprendió como cera seca y dejó en la yema un olor dulzón.
La marca de Teresa ocupaba la tercera posición. Jacinta ni siquiera figuraba ya en la página.
Un muchacho empujaba una carretilla llena de cal. Aurora lo detuvo.
—¿Ha visto pasar un carro cubierto, con dos caballos claros?
—Todos los carros van cubiertos.
—Este llevaba un farol roto en el lado derecho.
El muchacho señaló una bocacalle.
—Ha parado junto a San Tirso. Uno de los cocheros discutió con una señora.
—¿Qué señora?
—Una rica. Guantes rojos y coche propio.
Aurora le dio una moneda. El muchacho la mordió antes de guardársela y añadió que la mujer no había bajado del carruaje. Se limitó a hablar desde detrás de la cortina. El carro del hospital continuó hacia la puerta y el otro tomó el camino contrario.
Aurora llegó a San Tirso. Las puertas de la iglesia estaban cerradas. Junto a los escalones encontró una mancha oscura y un trozo de hilo gris prendido en la piedra. Lo enrolló en torno a un dedo. El olor era idéntico al del arcón.
Una voz la llamó desde el pórtico.
—Señorita Hevia.
Tomás salió de la sombra con la levita abierta y el maletín en una mano. Había corrido. El cabello, casi siempre bien peinado, se le pegaba a la frente.
—Catalina ha dicho que seguías el carro.
—Le pedí que hablara con mi madre.
—Ha hecho las dos cosas. Tiene una idea muy amplia de sus obligaciones.
Aurora le mostró las horas adelantadas. Tomás acercó el libro al farol del pórtico. El cansancio de su cara se convirtió en alarma.
—Esas personas siguen vivas.
—¿Todas?
—He visitado a Matilde Suárez hace menos de una hora. Está débil, aunque responde al tratamiento. Julián Mier tiene una fractura. Ni siquiera padece cólera.
—Gaspar ha mezclado enfermos con otras personas.
—Devuélveme el registro. Volveré al hospital y comprobaré las camas.
Aurora no lo soltó.
—El carro se lleva a Jacinta.
—Lo sé. Catalina me lo ha contado.
—Entonces viene conmigo.
Tomás miró la calle, el humo y las puertas que pronto terminarían de cerrarse.
—Voy contigo hasta el portón. Después regreso.
—Tiene miedo.
—Claro que tengo miedo. He visto morir a cien personas este mes y ninguna me ha obligado a discutir con los alguaciles. El miedo no me avergüenza. Que tú no lo tengas sí me preocupa.
—Lo tengo. También tengo el nombre de una mujer que sigue moviéndose debajo de una sábana.
Caminaron deprisa. Tomás revisó los demás nombres mientras Aurora vigilaba las calles.
En la plaza de la Catedral, una familia había colocado los muebles junto a una fuente y dormía al aire libre para no entrar en su casa infectada.
Dos niños jugaban a certificar la muerte de una muñeca.
Uno pronunciaba una hora y el otro trazaba una cruz sobre la frente de trapo.
Tomás cerró el libro.
—Esto no puede salir del hospital. Si alguien descubre que se han falsificado defunciones, cerrarán la sala y nos acusarán a todos.
—Han sacado a una mujer viva y le preocupa la reputación de los médicos.
—Me preocupa que cierren el único lugar donde atendemos a quienes no pueden pagar. Una denuncia mal presentada puede costar más vidas de las que salve.
Aurora conocía esa cautela. Los hombres la llamaban prudencia cuando temían perder una institución y escándalo cuando una mujer temía perder a una persona.
—Copiaré las páginas —dijo.
—¿Dónde?
—En la imprenta de mi padre quedan tipos, tinta y papel.
—La imprenta lleva cerrada seis años.
—Por eso nadie buscará allí.
Tomás se detuvo antes del último control.
—Apenas puedes mantenerte en pie.
—Me mantengo lo suficiente.
—Déjame seguir el carro.
Aurora miró sus zapatos limpios, el maletín y la cara conocida por media ciudad. Gaspar sabría que Tomás investigaba antes de que llegara a la puerta.
—Usted volverá al hospital. Compruebe las camas y copie los nombres marcados. Si desaparezco, tendrá algo más que una sospecha.
Tomás rechazó aquella frase con un movimiento de cabeza.
—No hables como si ya hubieras decidido convertirte en una prueba.
—He decidido no convertirme en una excusa.
Le entregó el libro. Tomás la agarró de la muñeca antes de que se alejara.
—Aurora, si el carro sale de la ciudad, no podrás regresar hasta el amanecer.
—Mi madre se enfadará.
—Tu madre me arrancará la piel porque Catalina ha utilizado mi nombre.
—Explíquele que estaba salvando pobres.
—Lo hago todos los días y nunca le ha parecido una ocupación respetable para un marido.
Aurora sonrió. Tomás apretó un instante la muñeca y la soltó.
—Si no vuelves con la apertura, iré a buscarte.
—No sabrá dónde.
—Empezaré por debajo de los carros. Parece tu lugar preferido.