Tu nombre en mi sangre Capítulo 1. Los nombres borrados
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Tu nombre en mi sangre

Tu nombre en mi sangre

Por Rober Ortega-Ledesma

© inepub.com

Capítulo 1. Los nombres borrados

Los nombres borrados

La mujer de la cama diecisiete llevaba muerta desde las tres de la tarde y aún se quejaba.

Aurora Hevia levantó la pluma del registro.

La enferma tenía los ojos cerrados, los labios cuarteados y una voz tan baja que apenas conseguía imponerse al ruido de los cubos.

A su alrededor, dos Hermanas de la Caridad cambiaban jergones, un médico discutía con un mozo y alguien rezaba con una prisa indecente.

El hospital olía a cal, vinagre y cuerpos que ya no podían retener nada.

En el libro, junto al nombre de Teresa Cuervo, figuraba una cruz y una hora: tres de la tarde.

El reloj de pared todavía no había dado las dos.

Aurora acercó la silla a la cama. La mujer movió la cabeza al notar su sombra.

—¿Me oye, Teresa?

La enferma abrió un ojo. Parecía ofendida por la pregunta.

—Tengo sed.

Aurora mojó un paño y le humedeció la boca.

Darle agua podía empeorar los vómitos, según uno de los médicos.

Negársela, según otro, era una crueldad inútil.

Durante aquella epidemia había aprendido que los hombres con estudios discrepaban con mucha seguridad y las mujeres acababan limpiando el resultado.

—En el libro dice que ha muerto —susurró.

Teresa mostró unos dientes pequeños, teñidos de sangre en las encías.

—Pues escriba mejor, hija.

Aurora sonrió a pesar del cansancio. Tachó la cruz con una línea fina y anotó la corrección en el margen. La tinta no había secado. Quien hubiese escrito aquello acababa de levantarse de su mesa.

Buscó a Gaspar Siero entre los hombres que cruzaban la sala.

Como encargado de traslados, era el único autorizado para adelantar la relación de fallecidos.

Lo vio junto a la puerta, dando instrucciones a dos cocheros.

Tenía una manga remangada y una mancha oscura en el antebrazo.

Al descubrir que Aurora lo observaba, bajó la tela con demasiada calma.

—Señor Siero.

Gaspar fingió no oírla. Aurora cerró el libro y avanzó entre las camas. Una niña vomitó agua sobre sus zapatos. La madre quiso disculparse.

—Déjelo —dijo Aurora—. Aquí los zapatos han perdido la dignidad.

Alcanzó al encargado en el corredor.

—Ha registrado a una mujer viva.

—Entonces tardará poco en ponerse al día con el papel.

Gaspar tenía la cara hundida de quien llevaba varias noches sin dormir. En otro tiempo aquella respuesta habría parecido brutal. En agosto, la brutalidad se había vuelto una forma de ahorro.

—La hora es anterior a la actual.

—Un error.

—También falta Jacinta Rúa. Estaba en la cama nueve y su nombre ha desaparecido.

—La trasladaron.

—¿Adónde?

—Pregúntele al médico.

—El doctor Morán dice que no autorizó ningún traslado.

Gaspar miró hacia la sala. Teresa Cuervo se quejó desde su cama y él apretó la mandíbula.

—Señorita Hevia, su trabajo consiste en copiar lo que se le entrega.

—Mi trabajo consiste en que el libro no mienta.

—Los muertos no leen.

—Las familias sí.

Un cochero se acercó para avisar de que el carro estaba dispuesto. Gaspar agarró a Aurora por el codo y la apartó de la puerta. No hizo fuerza suficiente para lastimarla, aunque la intención quedó clara.

—Váyase a casa antes de que cierren las puertas de la ciudad. Su madre lleva dos días viniendo a buscarla y un día terminará por llevarse una enfermedad en la falda.

—¿Dónde está Jacinta?

—Le conviene olvidar ese nombre.

Gaspar salió al patio. Aurora se quedó mirando la mano que acababa de soltarla. En la yema del pulgar del hombre había visto una costra circular, una quemadura o un sello.

La sala reclamó su atención. El doctor Tomás Morán se inclinaba sobre Teresa Cuervo. Era joven para el cansancio que acumulaba en la cara y demasiado pulcro para aquel lugar, aunque la levita ya mostraba cercos blancos de desinfectante.

—Ha corregido mi pronóstico —dijo al ver la tachadura.

—He corregido la hora de su muerte. El pronóstico puede conservarlo.

Tomás miró el reloj y después el registro.

—Esto no lo escribí yo.

—Lo sé. La tinta es de otra mano.

—Gaspar se adelanta cuando necesita organizar los carros. Ayer murieron cuarenta y dos personas.

—Teresa aún puede insultarnos, que es una señal de salud más fiable que algunas de sus recetas.

El médico escondió una sonrisa. Había pedido matrimonio a Aurora dos años atrás, en una sacristía y con el sombrero entre las manos.

Ella lo rechazó con afecto. Desde entonces se permitían una intimidad extraña, parecida a la de dos personas que habían contemplado una casa posible y decidido no entrar.

—¿Qué busca? —preguntó él.

Aurora abrió el libro por la página de la semana anterior. El nombre de Jacinta Rúa había estado entre dos enfermas. Quedaban restos de tinta en las fibras raspadas y un vacío demasiado ancho.

—Alguien se ha tomado más trabajo en borrarla que en curarla.

Tomás tocó el papel con el índice.

—Jacinta llegó hace tres noches. Lavandera, veintinueve años, calle del Rosal. La vi esta mañana.

—¿Estaba moribunda?

—Estaba débil. No habría ordenado moverla.

—Gaspar asegura que la trasladaron.

Tomás cerró el libro. Su expresión había cambiado.

—No vuelva a preguntarle. Déjeme averiguar qué ha ocurrido.

—Eso significa que cree que tengo razón.

—Significa que un hombre agotado puede cometer errores y una mujer curiosa puede encontrarse debajo de un carro.

—Qué manera tan elegante de preocuparse.

—No pretendía ser elegante.

Aurora regresó a la mesa. Trabajó hasta que el cielo visible tras los ventanales perdió el color.

Teresa Cuervo murió a las seis y diez. Esta vez Aurora vio cómo sucedía.

La mujer buscó con los dedos una medalla que ya no llevaba al cuello, murmuró el nombre de Mieres y dejó la mano abierta sobre la manta.

Aurora corrigió la hora y escribió el nombre entero. Teresa Cuervo Álvarez. Cincuenta y un años. Natural de Mieres. Nadie le había pedido el segundo apellido, pero una vida podía caber en una línea y ella se negaba a dejar huecos por pereza.

Catalina Llaneza apareció con un montón de sábanas limpias sobre la cadera. El pañuelo que le cubría el pelo se había soltado y un mechón negro le cruzaba la mejilla.

—Tu madre ha venido —anunció—. Le he dicho que estabas confesándote.

—Ahora tendré que inventar pecados.

—Puedo prestarte algunos.

Catalina dejó las sábanas. A diferencia de los médicos, nunca bajaba la voz para hablar de la muerte. Había enterrado a un marido y a dos hermanos, y trataba el duelo con la familiaridad de quien conoce sus malas costumbres.

Aurora le mostró la página raspada.

—¿Viste a Jacinta Rúa?

—Esta mañana. Me pidió que avisara a su hermana.

—Dicen que la trasladaron.

Catalina dejó de arreglar el montón.

—La sacaron envuelta en una sábana gris.

—Las de los fallecidos son blancas.

—Esas grises no pertenecen al hospital. Llevan una marca roja en una esquina, como una rama con tres puntas. Hay un lote separado en el patio. Gaspar no permite que las lavemos con las demás.

Aurora recordó la costra circular del pulgar.

Tomó una vela y cruzó el corredor hacia el patio.

Catalina la siguió mientras protestaba por tener mejores cosas que hacer.

El carro permanecía junto al portón, cubierto con una lona.

Dos caballos flacos golpeaban el suelo con los cascos. No había ningún cochero a la vista.

Bajo el alero encontraron un arcón. Aurora levantó la tapa. Las sábanas grises olían a romero y a otra cosa más dulce, capaz de imponerse al desinfectante. En una esquina de cada tela aparecía bordado un símbolo rojo.

Catalina lo rozó.

—No es una rama. Parece una letra.

En el fondo del arcón había una cinta de pelo. Aurora la reconoció porque esa mañana había ayudado a Jacinta a recogerse la trenza.

La puerta del hospital se abrió. Gaspar salió con los cocheros. Aurora dejó caer la tapa y arrastró a Catalina detrás de unas pilas de leña.

Los hombres cargaron el arcón. Después sacaron un cuerpo envuelto en gris. La forma se movió.

Catalina buscó la mano de Aurora en la oscuridad.

—Está viva.

El carro arrancó cuando las campanas avisaban del cierre. Aurora pensó en su madre, en la puerta de la ciudad y en la promesa que hacía cada noche de regresar antes de que oscureciera.

También pensó en Olaya Robles, el nombre que acababa de aceptar sin saber si pertenecía a una persona viva, a un cadáver o a una de aquellas ausencias que nadie había contado.

Lo repitió junto al de Jacinta mientras las ruedas se alejaban.

Dos mujeres, dos familias esperando una explicación y un solo carro protegido por papeles que convertían el secuestro en trabajo ordinario.

Si regresaba, al día siguiente copiaría los registros y seguiría obedeciendo órdenes hasta reunir pruebas suficientes. Esa decisión parecía prudente. También ofrecía a Gaspar una noche entera para borrar camas, cambiar rutas y convertir a Jacinta en otra línea raspada.

El vehículo dobló una curva. Aurora dejó de verlo.

La oscuridad después del portón parecía más cerrada que la noche dentro de la ciudad.

Allí no habría vecinos en las ventanas ni médicos capaces de oír un grito.

Aurora notó el cansancio en las piernas y el pulso desbocado.

El miedo había llegado por fin, puntual cuando ya no podía servirle de consejo.

Se permitió sentirlo durante cinco pasos.

Durante un momento perdió de vista el vehículo entre los puestos que recogían sus mercancías.

Preguntó a un aguador y él señaló hacia el sur, convencido de que buscaba a un familiar muerto.

Aurora no lo corrigió. Atravesó una plaza donde quemaban ropa de los enfermos.

Una manga infantil se levantó entre las llamas antes de convertirse en una tira negra.