Capítulo 25
El pasillo de urgencias recibe a Vanessa Almenara como una bofetada de realidad estresante.
Camina a paso veloz, casi corriendo, ignorando los dolores punzantes en las plantas de sus pies tras volverse a calzar sus tacones de alta costura.
Vanessa está segura de que la prensa la estará buscando en el banquete nupcial y el monumental escándalo que se va a montar en Ibiza.
Pero ahora, solo tiene una prioridad, y esa prioridad se llama Abril Vives.
El contraste entre la opulencia de la boda que acaba de sabotear y la crudeza del hospital es cruda, pero a Vanessa solo le tiembla el pulso por la incertidumbre de no saber qué va a encontrarse. Gira a la izquierda al llegar al mostrador de información del ala médica.
—Por favor… —dice Vanessa, apoyando las manos sobre el mostrador, llamando la atención de una enfermera—. Busco a una paciente ingresada hace unas horas. Se llama Montserrat. Su hija, Abril Vives, debe estar con ella o en la sala de espera.
La enfermera levanta la vista, descolocada por la visión de una mujer con un sofisticado atuendo de gala veraniega y con restos de sudor resplandeciendo bajo las luces de la sala.
Tras unos segundos de confusión reglamentaria, la mujer consulta la pantalla de su ordenador y señala con el bolígrafo hacia el fondo del pasillo principal.
—Los familiares directos deben esperar en la zona restringida que hay justo al pasar las puertas dobles. Solo se permite un acompañante, pero…
Vanessa no espera a que termine la frase.
Suelta un rápido «gracias» que suena más como un jadeo y reanuda la marcha, ignorando las miradas ojipláticas del personal de seguridad.
Empuja las puertas dobles con decisión y entra en un pasillo mucho más silencioso, donde las luces están atenuadas.
Al fondo, sentada en una hilera de asientos grises, descubre a Abril.
Tiene la mirada fija en las baldosas del suelo, las manos entrelazadas fuertemente entre las rodillas y los hombros hundidos. Parece tan frágil, tan alejada de la mujer infalible, enérgica y mordaz que controla el mundo a base de órdenes, que a Vanessa se le corta la respiración.
El sonido de los tacones de Vanessa contra el suelo hace que Abril levante la cabeza, con los ojos enrojecidos, hinchados de haber llorado en una soledad absoluta.
Al enfocar la figura de la heredera de los hoteles Almenara plantada en mitad del pasillo del hospital, vestida de boda y con los ojos brillantes de, Abril se queda completamente boquiabierta.
Parpadea varias veces, convencida de que el agotamiento y la angustia le están provocando alucinaciones.
—¿Vanessa? —consigue articular Abril, apenas un susurro que raspa su garganta seca.
Se pone de pie de un salto, desequilibrándose un poco por la impresión—.
¿Qué… qué haces aquí? ¿Te has vuelto completamente loca?
Deberías estar en el banquete, con tu familia, atendiendo a los fotógrafos de las revistas…
—No podía quedarme quieta después de lo que ha pasado —confiesa la mujer.
—Voy a matar a Teo. Otra vez —irrumpe Abril—. Es que ese hombre no sabe guardar ni un maldito secreto.
Abril niega con la cabeza, estupefacta, mirando el vestido de gala de Vanessa, y el desastre general de su presencia.
—No deberías haber venido, Vanessa. Tu madre va a matarte, la prensa se va a enterar de que has dejado la boda de tu hermana para venir a buscarme y esto va a hundir por completo la reputación de nuestras… —Abril niega con la cabeza—. No entiendes nada… Yo…
—¿Todavía no entiendes que me da igual todo eso? —responde Vanessa, con una sonrisa en mis labios—. Además, mis padres están enterados y más que encantados.
Antes de que Abril pueda reaccionar o soltar una nueva retahíla de excusas, Vanessa da el paso definitivo.
Acorta los centímetros que las separan, extiende los brazos y planta las manos firmes, cálidas y seguras en las mejillas de Abril, obligándola a levantar el rostro para mirarla directamente a los ojos.
—Escúchame muy bien, Abril Vives —le dice Vanessa con una intensidad brutal—.
Escúchame porque solo lo voy a decir una vez y quiero que se te grabe a fuego en esa cabecita perfeccionista que tienes.
Te quiero. Puede que suene exagerado, pero en este par de semanas…
me he enamorado de ti, de tus centros de mesa perfectos y de la forma en que me haces perder la cordura con solo sonreír.
No pienso dejarte sola en esto. Ni ahora, ni mañana, ni nunca.
Si tu mundo se cae a pedazos, me quedaré aquí para ayudarte a recoger los escombros. ¿Te queda claro?
Abril clava sus ojos en los de Vanessa. Las dos se miran, con un amor tan limpio y descarado que las paredes del hospital parecen desvanecerse por un instante.
—Vanessa… —murmura Abril, sintiendo cómo una nueva oleada de lágrimas, asoma a sus ojos—. No tienes remedio. Eres la mujer más testaruda, impulsiva y maravillosa que he conocido en mi puñetera vida.
Vanessa suaviza el agarre de sus manos, puliendo las lágrimas que empiezan a resbalar por las mejillas de Abril con los pulgares, regalándole una sonrisa.
—Bien, ahora que ya hemos aclarado que somos oficialmente un desastre romántico, dime la verdad —pide Vanessa, bajando el tono de voz—. ¿Cómo está tu madre? ¿Qué te han dicho los médicos?
Abril suelta un suspiro largo, tratando de serenar los latidos de su corazón, que parece querer salírsele del pecho.
Se pasa una mano por la frente, apartando un mechón de pelo, y apoya la espalda contra la pared del pasillo, sintiendo el calor reconfortante de Vanessa, que no se aparta ni un milímetro de su lado.
—Que está estable dentro de la gravedad y de lo complicado de su enfermedad —comenta Abril poco después—.
Ha tenido una crisis respiratoria bastante severa debido a las complicaciones del tratamiento que está recibiendo.
Los médicos han conseguido estabilizar sus constantes, pero sigue en observación.
Me han dicho que las próximas veinticuatro horas son cruciales para ver cómo responde su organismo, pero que el peligro inmediato ha pasado.
En cuanto pronuncia las dos últimas palabras, la tensión acumulada durante las últimas horas, el pánico de perder a la persona que más quiere en el mundo y el agotamiento físico de coordinar una boda de lujo bajo un acoso mediático brutal pasan factura a Abril.
Vanessa atrapa su cuerpo, rodeándola con sus brazos, atrayéndola contra su pecho y la guía de nuevo hacia las sillas.
Abril esconde el rostro en el hueco del cuello de Vanessa, aferrándose a la tela de su vestido como si fuera un salvavidas en mitad de una tormenta perfecta. Los sollozos contenidos estallan por fin, rompiendo el silencio del pasillo con un llanto desgarrador, sincero y liberador.
—Es culpa mía, Vanessa… Todo es culpa mía —se reprocha Abril entre sollozos—.
He sido una egoísta de mierda. He estado tanto tiempo pendiente del trabajo, de las llamadas, de los presupuestos, de que el trabajo fuera perfecto…
He pasado las últimas dos semanas corriendo de un lado a otro, preocupándome por el color de las puñeteras servilletas y por los caprichos de los invitados, mientras mi madre estaba luchando sola contra sus dolores.
No he estado a la altura. Debería haber dejado la empresa a un lado y haberme quedado con ella cada maldito segundo.
No me lo voy a perdonar nunca. Si le pasa algo…
si se va, me habré perdido sus últimos días por culpa de mi maldita ambición.
Vanessa la estrecha aún más, acunándola con un balanceo suave, dejando besos tiernos sobre su pelo desordenado, sintiendo cómo el dolor de Abril se clava directamente en su propio corazón.
Cuando los sollozos de la mujer se transforman en respiraciones cansadas y pesadas, Vanessa la aparta lo justo para obligarla a mirarla otra vez. La toma de la barbilla con delicadeza, clavando sus ojos llenos de una convicción absoluta en la mirada empañada de la organizadora de bodas.
—No voy a permitir que te hagas este daño —le espeta Vanessa con una seriedad cariñosa—.
Eso que estás diciendo es una estupidez de la que te vas a retractar ahora mismo.
He hablado con Teo y con Elsa, y sé perfectamente todo lo que haces por tu madre.
Le estás dando un cuidado excepcional. Te has matado a trabajar noches enteras precisamente para que a ella no le falte de nada y tenga la mejor calidad de vida posible.
Y tu madre lo sabe perfectamente. Ella está orgullosa de ti, de la mujer fuerte y brillante que eres.
Yo creo que sí lo has hecho todo, Abril.
Lo has hecho todo bien. No eres Dios, eres una mujer de carne y hueso que se está dejando la piel por la gente que ama.
Así que deja de castigarte, porque no te lo voy a permitir.
Las palabras de Vanessa caen sobre el espíritu atormentado de Abril como un bálsamo milagroso. La seguridad con la que habla la heredera, la ausencia total de juicio y la profunda comprensión de sus motivos hacen que el monstruo de la culpa que le atenazaba empiece a encogerse hasta desaparecer.
—¿De verdad crees eso? —pregunta Abril, buscando la confirmación en esos ojos que ahora mismo son su único faro de cordura.
—Lo sé de primera mano —afirma Vanessa, esbozando una sonrisa pícara y reconfortante—.
Además, si mi opinión no te convence, piensa en lo que diría tu madre si te viera aquí, destrozándome el vestido de gala con tus lágrimas y amargándote la existencia.
Te tiraría un ramo de flores y te mandaría a pasear conmigo por la playa.
Abril suelta una pequeña risa, un sonido que devuelve la vida al pasillo del hospital. Se apoya en el hombro de Vanessa, sintiendo cómo la calidez de su cuerpo mitiga el frío del ambiente hospitalario.
—Tienes una capacidad asombrosa para meter un chiste en mitad de una tragedia, Almenara —murmura Abril, entrelazando sus dedos con los de Vanessa.
—Es mi mayor talento, aparte de gestionar presupuestos millonarios y capear los berrinches de mi hermana Luisa —responde Vanessa, divertida—.
Pero hablando en serio… Me quedo aquí contigo.
No me voy a mover de este hospital hasta que los médicos nos digan que está perfectamente y podamos llevárnosla de regreso a la clínica.
Abril se incorpora un poco, mirando fijamente las manos entrelazadas de ambas. Levanta la vista y se encuentra con la mirada de Vanessa, que la observa con una devoción tan absoluta que no deja espacio a ninguna duda.
—Te das cuenta de lo que implica esto, ¿verdad? —pregunta Abril, acariciando el dorso de la mano de Vanessa—. Tu foto va a salir en todas las portadas de los periódicos del lunes con titulares ridículos sobre la heredera que abandona a su hermana en el altar.
Vanessa se encoje de hombros con una elegancia aristocrática que resulta cómica dadas las circunstancias.
—Que publiquen lo que les dé la gana. Si quieren un buen escándalo veraniego, les voy a dar el mejor de la década —declara Vanessa con una determinación que hace sonreír a Abril—.
Con tener la bendición de mi familia, me es más que suficiente.
Y en cuanto a la empresa… Si alguien se pone en contra y me destituyen…
bueno, tendré que pedirte trabajo como ayudante de organización de eventos.
Sé llevar agendas, soy experta en gritarle a los proveedores incompetentes y se me da de miedo contener a las novias histéricas.
Creo que mi currículum encaja perfectamente.
—No sé yo…
—Te compensaría con creces en las horas extras, te lo aseguro —susurra Vanessa con una mirada picante.
Las dos mujeres se quedan así durante un rato, apoyadas la una en la otra, con las manos unidas.
Vanessa Almenara ha cruzado la isla para demostrarle a Abril Vives que el control absoluto está sobrevalorado y que, cuando el amor es real, no hay protocolo, prensa ni familia perfecta capaz de frenar el impacto.
—Y por si no ha quedado claro —añade Vanessa—. Pienso devolverte a lo más alto.