Tú no estabas en mi lista Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

—¡No pudimos hacer otra cosa! —se defiende Teo, encogiéndose de hombros con resignación—. ¿Quién iba a ocuparse de la boda?

A Vanessa la atraviesa una culpa tan tremenda que le revuelve el estómago.

—¿Hace cuánto ha salido su vuelo?

—Unas tres horas. Cogió el primer vuelo regular a Barcelona —confirma él.

Vanessa deja escapar una respiración temblorosa, pero levanta la barbilla.

—Gracias por contármelo —dice Vanessa, dando media vuelta—. No voy a permitir que pase por esto sola.

—Vanessa, espera… ¿adónde vas? —intenta pararla él, pero ella ya avanza a paso de carga.

*

El jardín principal es un hervidero de alta sociedad. Las copas de champán tintinean, los violines fluyen y los corrillos de periodistas, influencers y empresarios se mezclan con total naturalidad. Todo ese mundillo que durante años ha dictado cómo debía respirar Vanessa Almenara.

Y por primera vez en su vida, le importa una mierda.

Sus padres están junto a varios socios internacionales, flanqueando a Luisa y Bruno. Emilia ríe con esa elegancia robótica tan suya y Antonio sostiene su copa de cava con soltura.

En cuanto Vanessa irrumpe en el círculo con el peinado ligeramente movido y cara de tener muy pocas pulgas, las conversaciones se apagan. Su madre arquea una ceja perfecta, oliéndose la catástrofe.

—¿Qué haces aquí? Dentro de cinco minutos empiezan los posados para la prensa —advierte Emilia.

Vanessa clava los ojos en los suyos, respira hondo y suelta la bomba con una voz tan clara y firme que resuena en todo el jardín:

—Mamá… papá… Me tengo que ir —anuncia sin un solo titubeo.

Emilia parpadea, perdiendo por completo la compostura por una fracción de segundo.

—¿Cómo que te vas? Explícate, hija. ¿Te has vuelto loca?

Antonio, sin embargo, se queda mirando fijamente a su hija mayor. Hay algo en los ojos de Vanessa que no había visto en años.

—La madre de Abril está en el hospital y no voy a dejar que pase por esto sola —declara Vanessa, y siente que el corsé de las expectativas familiares se le rompe de golpe—. Me da igual el posado, las revistas, la prensa y este maldito protocolo. Elijo apoyar a Abril. Sin condiciones.

El silencio que se instala en el jardín es tan denso que podría cortarse con un cuchillo.

Ni siquiera Luisa, que está agarrada de Bruno, se atreve a decir ni pío.

Emilia se queda inmóvil, procesando las palabras no de la heredera de la cadena hotelera, sino de la hija que por fin ha decidido rebelarse.

Antonio empieza a sonreír muy despacio, como si llevara media vida esperando este instante.

Es Emilia quien rompe el hielo. Suelta un largo suspiro, niega con la cabeza y, contra todo pronóstico, una sonrisa asoma a sus labios perfectos.

—Ay, de verdad… ¡Qué cruz de hijas tengo! Siempre dándome los disgustos en público —comenta Emilia, dando un paso hacia ella.

Vanessa parpadea, incrédula. Su madre se acerca y, con un gesto inusualmente tierno, le recoloca un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Ve con ella, cariño —le dice—. Demuéstrale que tenéis un futuro juntas. Ya veremos qué hacer con este maldito escándalo mañana.

A Vanessa se le inundan los ojos de lágrimas, se lanza sobre su madre y la estruja en un abrazo tan fuerte que casi le saca el aire.

—Gracias, mamá —le susurra contra el hombro.

Emilia suelta un gritito dramático pero no le retira el abrazo, dándole unas palmaditas cariñosas en la espalda.

—¡Ay, cariño! ¡El maquillaje! ¡Cuidado con el vestido, que me lo vas a arrugar y la exclusiva de ¡Hola! se va a la porra! —protesta Emilia con gestos exagerados.

Luisa suelta una risa y Bruno la secunda, contagiando al resto del grupo. Antonio suelta una carcajada abierta, henchido de orgullo. Cuando Vanessa se separa de su madre, su padre se acerca, le estampa un beso en la frente y le guiña un ojo.

—Anda, vete ya antes de que tu madre recapacite. Suerte, campeona. Estamos muy orgullosos de ti —murmura Antonio con complicidad.

Vanessa sonríe entre el llanto y la risa, mirando a su caótica y, por una vez, perfecta familia.

—Os quiero tanto… —alcanza a decir.

—Lo sabemos, ahora muévete —le urge Antonio con una sonrisa de oreja a oreja.

Vanessa asiente con determinación, sintiendo que el corazón le late con una fuerza que apenas puede contener.

No mira atrás. Da media vuelta con decisión y comienza a cruzar el jardín a paso rápido, casi corriendo.

Los malditos tacones de aguja se le clavan sin piedad entre las juntas del pavimento de piedra, haciéndole perder el equilibrio en más de una ocasión.

—¡A la mierda con todo! —gruñe en voz alta, sin importarle quién pueda oírla.

Se detiene apenas un segundo, se desabrocha los zapatos de un tirón y los agarra con una mano.

Sin pensarlo dos veces, echa a correr descalza por el sendero.

La frescura del suelo bajo sus pies descalzos contrasta con el calor que le sube por el cuerpo, mientras una descarga de adrenalina le recorre las venas y le acelera la respiración.

El vestido ondea alrededor de sus piernas con cada zancada.

Sin reducir el ritmo, desvía ligeramente su camino hacia la zona de la villa donde se había preparado con Luisa.

Encuentra su bolso de mano sobre una silla, lo coge al vuelo sin detenerse y comprueba de un vistazo que lleva el teléfono, la cartera y las llaves del coche.

Con el bolso colgado del hombro y los tacones todavía en la mano, continúa corriendo hacia el parking privado del resort.

Localiza su coche casi de inmediato. Abre la puerta con dedos temblorosos, lanza los zapatos y el bolso al asiento del copiloto y se sienta al volante.

El motor ruge al instante cuando gira la llave.

No se molesta en abrocharse el cinturón hasta que ya ha empezado a moverse.

Sale del aparcamiento a toda velocidad, dejando atrás el bullicio de la celebración y el resplandor de las luces del jardín.

—Esta vez soy yo la que va a luchar por nosotras… —murmura para sí misma.

Mientras el sol se esconde lentamente bajo el horizonte del mar de Ibiza, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados, Vanessa Almenara deja atrás la vida perfecta y calculada que siempre había conocido.

Con la mirada fija en la carretera que lleva al aeropuerto y el corazón latiéndole con fuerza, se dirige directa hacia la única vida que realmente desea vivir.