Tú no estabas en mi lista Capítulo 24
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Capítulo 24

—A ver, deja de moverte que al final lo va a pagar el vestido —advierte Vanessa, resoplando mientras pelea con la infinita hilera de botones de la espalda de su hermana.

—¡Es que no puedo evitarlo! Siento que tengo un ejército de hormigas locas recorriéndome las piernas —se queja Luisa, soltando una risa nerviosa y temblorosa que hace peligrar el pulso de su hermana mayor.

Se lleva una mano al pecho—. Además, no empieces…

que bastante me cuesta ya respirar con este corsé tan apretado.

Siento que en cualquier momento voy a desmayarme aquí mismo y el titular de mañana será «La novia da el “no, quiero” por asfixia».

Luisa, plantada frente al enorme espejo veneciano, contiene la respiración, con los ojos fijos en su propio reflejo. El vestido de seda marfil le queda de infarto, cayendo con una elegancia etérea que arranca destellos de luz con cada mínimo parpadeo de los cristales bordados.

Vanessa termina de abrochar el último botón con la misma precisión con la que cerraría un contrato multimillonario.

Se pasa una mano por el impecable vestido de dama de honor, suspira y da un pequeño paso atrás, contemplando el resultado.

Durante un segundo, la coraza aristocrática se le derrite por completo.

No ve a la gran novia del año; ve a la cría descalza con las rodillas llenas de tierra, a la adolescente dramática que lloró por suspender tres veces el examen del carnet de conducir y a la hermana pequeña que siempre la miraba esperando que ella solucionara el mundo.

—Estás espectacular —le dice Vanessa, con una sonrisa tierna que rara vez se permite.

Se acerca y le coloca tras la oreja un mechón rebelde que se ha escapado del recogido—.

Mamá va a hiperventilar cuando te vea. Ya la imagino presumiendo ante las víboras de sus amigas de que su hija parece sacada de un cuento de hadas.

Estás radiante, y Bruno se va a quedar tan sin palabras que tendremos que reanimarlo seguro.

Luisa aparta los ojos del espejo, clavando una mirada inusualmente profunda y seria en los ojos de su hermana. La diversión se evapora de golpe.

—Yo… —murmura Luisa.

—A ver, esa cara me da pánico —interrumpe Vanessa de inmediato, frunciendo el ceño y cruzándose de brazos—. ¿Qué pasa? Dime que no vas a marcarte un «Novia a la fuga» ahora, por favor.

Luisa gira despacio hasta quedar completamente frente a ella y le toma ambas manos. Sus palmas están cálidas y ligeramente húmedas por los nervios.

—Gracias por todo —suelta Luisa, apretando sus dedos—. Por estar aquí, por organizar cada detalle. Sé que estos días han sido un infierno para ti, y por eso… creo que deberías parar un poco.

Vanessa arquea una ceja, descolocada por el arranque de madurez.

—Es mi trabajo, Luisa. Alguien tiene que mantener el fuerte ¿recuerdas? —responde de inmediato, intentando tirar de ironía.

—No, no es solo tu trabajo —niega Luisa, dándole un suave tirón de manos—.

Ese es el papel de superheroína que te has impuesto desde que éramos pequeñas.

Siempre la fuerte, la fría, la responsable de que los Almenara sigamos pareciendo perfectos.

Pero me he dado cuenta de que no eres nuestra guardaespaldas.

Tienes derecho a tomarte tiempo para ti, a disfrutar de lo que sientes…

y a mandar a la mierda a la gente. Tienes derecho a ser feliz a tu manera

Vanessa se muerde el interior de la mejilla.

—Llevo toda la vida dejando que seas tú quien cuide de mí —prosigue Luisa, con los ojos brillando—. Jamás te he preguntado cómo estabas tú, porque siempre dabas la impresión de poder con todo. Pero ahora veo lo mucho que te exiges… y me duele haber sido tan egoísta.

Vanessa baja la vista hacia sus manos unidas, tragando saliva.

—¿Seguro que te has tomado una tila? —bromea la hermana mayor.

—No me cambies de tema —protesta Luisa, soltando una risa—. Ya eres mayorcita para admitir que tú también necesitas que te cuiden. Y quiero que vivas tu vida.

El silencio se instala entre las dos, roto únicamente por el sonido lejano de un cuarteto de cuerda afinando los instrumentos en los jardines. Vanessa sacude la cabeza, mirándola con un orgullo infinito.

—No sé cuándo te has hecho tan mayor —comenta, con una sonrisa que le ilumina la mirada.

—Cuando tú estabas demasiado ocupada salvándonos el culo —responde Luisa con una sonrisa pícara.

Sin pensarlo dos veces, las dos se funden en un abrazo largo, honesto y apretado, de esos que curan heridas silenciosas y cierran años de distancia. Cuando se separan, Luisa se abanica rápidamente con las manos para salvar el maquillaje.

—Como mamá nos vea con los ojos rojos… —empieza la novia con cierto pánico fingido.

Tres golpes secos en la puerta interrumpen el momento.

—¡Cinco minutos, señoritas! —anuncia una voz desde el pasillo.

Vanessa inspira profundamente, colocándose bien los tirantes del vestido. Siente el pecho extrañamente ligero, liberado de una carga invisible gracias a las palabras de su hermana.

Ha llegado la hora de la verdad.

Los jardines del resort S'Estel parecen sacados de una revista de diseño exclusivo.

El Mediterráneo se extiende detrás del altar como un inmenso espejo azul bajo el sol abrasador de Ibiza.

Las estructuras florales que Abril ha diseñado con tanta maestría transforman el espacio en un escenario de ensueño, con miles de flores blancas flotando suspendidas sobre senderos de cristal que huelen a gloria.

Todo está milimétricamente colocado: las sillas perfectas, la iluminación y las pantallas camufladas, los invitados luciendo pamelas y lino.

Vanessa ocupa su lugar como dama de honor junto al altar, manteniendo la espalda recta y la sonrisa. Saluda con ligeros cabeceos a varios empresarios, pero sus ojos no dejan de escanear el perímetro de forma frenética. La entrada, la mesa de sonido, los laterales… Nada.

Un nudo de angustia empieza a apretarle el estómago. «¿Dónde demonios se ha metido?»

La música cambia a la marcha nupcial y todos los invitados se ponen en pie.

Luisa aparece radiante del brazo de su padre, Antonio, desatando una oleada de aplausos.

Vanessa intenta concentrarse en el momento, de verdad que lo intenta, pero su mente sabotea el protocolo y regresa directo a la zona técnica.

Teo está junto a uno de los arcos florales, intentando camuflarse entre las hojas. Al notar la mirada fija de la heredera, se tensa. Vanessa le clava los ojos y levanta las cejas con un gesto imperioso y urgente que grita: «¿Dónde está?»

El hombre se pone más pálido que el vestido de la novia y se debate visiblemente entre cantar la traviata o cumplir la promesa que le hizo a su jefa. Al final, niega despacio con la cabeza y aparta la mirada.

A Vanessa se le hiela la sangre. Algo va mal. Pero está atrapada en medio de la foto familiar, obligada a mantener la compostura con una sonrisa congelada.

La ceremonia empieza con un discurso sobre el amor que a Vanessa le suena como un murmullo lejano bajo el agua.

Ella solo ve la cara de circunstancias de Teo.

El tiempo se vuelve insoportablemente lento.

Los flashes de los fotógrafos no paran de deslumbrarla, las otras damas de honor suspiran conmovidas, y ella solo quiere gritar que acaben ya de hablar.

Cuando llega el momento del «Sí, quiero», las voces emocionadas de Luisa y Bruno apenas logran sacarla de su bucle mental.

—¡Puede besar a la novia!

Estalla una ovación atronadora y una lluvia de pétalos blancos cae desde las estructuras superiores mientras el cuarteto de cuerda lo da todo. Todo el mundo aplaude, todo el mundo sonríe mirando a los recién casados… excepto Vanessa Almenara.

En cuanto el protocolo le da tregua, da un paso atrás. Luego otro. Se gira sobre sus talones pasando olímpicamente de las fotos oficiales y de los saludos de cortesía.

Cruza por detrás del arco floral a zancadas, esquivando camareros con bandejas de champán y fotógrafos ansiosos.

El ruido de la fiesta le llega amortiguado por el bombeo salvaje de su propio corazón, y enseguida localiza su objetivo unos metros más allá, junto a la mesa de iluminación.

Teo está dándole instrucciones mecánicas a un técnico, pero en cuanto ve aparecer a la heredera con cara de pocos amigos, el color desaparece de su rostro.

—Vanessa… —empieza Teo titubeante, dando un paso atrás como si temiera que le soltara un guantazo.

—¿Dónde está Abril? —exige Vanessa, manteniendo el control para no montar un numerito frente a la prensa—. Llevo buscándola desde que empezó la ceremonia y no aparece.

El socio de Abril cierra los ojos un instante, resoplando, y mira a su alrededor asegurándose de que los invitados están lo bastante entretenidos con el cóctel.

—Ven, alejémonos un poco —sugiere, agarrándola del brazo para llevarla detrás del montaje del escenario principal.

Vanessa se suelta del agarre y vuelve a cruzarse de brazos, impaciente.

—Habla ya, por favor —insiste, clavando los tacones en el suelo.

Teo traga saliva de una forma tan sonora que casi se escucha por encima de los violines.

—Se ha ido. Esta mañana ha dejado la isla —confiesa Teo de golpe, soltando la bomba.

A Vanessa se le para el corazón.

—¿Qué… qué coño quieres decir con que se ha ido? Explícamelo —exige.

—Han ingresado a su madre de urgencia. Estaba en shock —explica Teo, bajando la mirada—.

Me pidió por lo más sagrado que no te dijera nada para no arruinar la boda de tu hermana.

Ha dicho que lo vuestro ha estado gafado desde el primer minuto, que se va a centrar únicamente en su madre y en salvar la empresa.

Vanessa apoya una mano en una estructura para no desmoronarse allí mismo, recordando la vulnerabilidad de Abril al hablar de la residencia y del Alzheimer de su madre.

—¿Se ha ido… sola?

—Sí —asiente Teo.

—¿Y a nadie se le ocurrió subirse a ese maldito avión con ella? —insiste Vanessa, con los ojos echando chispas.