Capítulo 23
A las seis en punto, mientras el sol comienza a teñir de naranja las aguas turquesas que rodean el resort S'Estel, Abril ya camina por el recinto. Lleva el primer café en mano, el walkie-talkie firmemente aferrado en la otra y una carpeta azul repleta de cronogramas plastificados bajo el brazo.
A su alrededor, el ritmo es frenético. Los camiones de proveedores descargan todo el material.
Varios electricistas tienden interminables cables negros a lo largo de los jardines.
Los floristas colocan miles de flores blancas con una delicadeza extrema.
Unos actores contratados ensayan sus posiciones para la ceremonia inmersiva.
Y, por supuesto, los camareros repasan los intrincados protocolos una y otra vez, memorizando hasta el orden de las copas de cristal.
—Teo —llama Abril, soltando un siseo autoritario a través del walkie-talkie antes de divisar a su socio junto a la carpa principal.
—¿Qué ocurre? —responde él, girando la cabeza con rapidez.
Abril se planta frente a él, se cruza de brazos haciendo crujir la carpeta contra su pecho y lo clava al suelo con una mirada fulminante.
—La pantalla LED gigante del jardín norte sigue desplazada.
Teo parpadea un par de veces, y la mira fijamente.
—¿En serio, Abril? ¿Tienes vista de lince o qué?
—Sabes perfectamente que el ojo clínico de Emilia Casals detectaría un milímetro de asimetría a tres kilómetros de distancia.
—Ojalá mis relaciones sentimentales fueran tan estables y duraderas como tu obsesión por tenerlo todo milimetrado. De verdad te lo digo.
Abril lo fulmina con la mirada.
—Muévela ahora mismo, por favor.
En ese preciso instante, Elsa aparece caminando con brío, una tableta de última generación bajo el brazo y la expresión triunfal.
—No perdáis el tiempo con la pantalla —interviene Elsa, plantándose entre ambos—. Tenemos un drama internacional. Los floristas insisten en cambiar toda la distribución del pasillo principal para que las flores respiren mejor.
—Voy a hablar con ellos. Como no entiendan que el diseño se queda como está, las vamos a tener.
—Madre mía… —murmura Teo—. Si sobrevivimos a este día, te pediré un aumento, o un pack vacacional. En fin, voy a revisar que lo demás esté bien.
Abril, viéndolo alejarse, no puede evitar esbozar una sonrisa discreta y cálida. Detrás de todo ese aparente caos de idas y venidas, siguen funcionando como una familia bien avenida, y eso nunca va a cambiar.
Las siguientes dos horas transcurren en el resort como un auténtico vendaval imparable.
Cada maldita incidencia se resuelve casi al mismo ritmo vertiginoso en que surge la siguiente, manteniendo la adrenalina por las nubes.
Cuando por fin el inmenso jardín empieza a cobrar el aspecto exacto del boceto detallado que lleva tiempo imaginando en su mente —con cada flor en su sitio, cada punto de luz dorada brillando y cada silla en su lugar—, Elsa se le acerca.
—La novia está preguntando por ti en la villa principal. Y no tiene buena cara.
Abril consulta su reloj de pulsera con un gesto de evidente preocupación.
—¿Ya? ¿Tan pronto? Pero si todavía faltan dos horas para que empiece el pase de peluquería.
—Dice que es urgente, Abril —insiste Elsa, encogiéndose de hombros con impotencia—. Ya sabes cómo se pone cuando le entra la histeria.
Abril intercambia una mirada rápida e intensa con Teo cuando llega hacia ellas.
—Vigílame este sector, por favor. Que nadie toque las flores.
La villa VIP número uno se encuentra completamente revolucionada, convertida en un auténtico campamento de guerra estético.
Varios estilistas de alta costura corren de un lado a otro.
Las damas de honor charlan animadas y nerviosas en un rincón, sosteniendo copas de champán.
Todo el mundo habla al mismo tiempo, creando un bullicio constante.
Y justo en mitad del huracán, sentada frente al tocador, Luisa Almenara llora desconsolada.
Una de las maquilladoras sostiene un pintalabios de marca en la mano, paralizada a medio camino, sin atreverse siquiera a dar un paso más hacia la novia.
—¿Qué ocurre aquí? —pregunta Abril, abriéndose paso entre el gentío.
Luisa gira la cabeza bruscamente, mostrando los ojos hinchados y el rímel amenazando con correrse por sus mejillas.
—¡Esto! ¡Mira esto! —se señala los labios con desesperación trágica—. ¡No combina en absoluto! ¡Es un desastre total!
Abril parpadea un par de veces, procesando la escena surrealista. «¿En serio esta niñata va a hacer un drama por esto?»
—A ver. Si el vestido es una obra de arte que combina con todo.
—¡Pero el pintalabios se ve fatal bajo estas luces! —exclama Luisa.
Una de las estilistas intenta intervenir dando un paso al frente.
—Mademoiselle Luisa, es exactamente el mismo color nude que elegimos juntas hace semanas en la prueba de Madrid…
—¡Pero la luz de Ibiza hoy es distinta! ¡Parezco una muerta viviente! —la interrumpe Luisa, poniéndose en pie.
De inmediato se produce un silencio tenso e incómodo en toda la habitación.
Abril comprende, gracias a sus años de experiencia, que no se están enfrentando a un problema de maquillaje, sino a una novia completamente superada e inundada por la tremenda presión de los últimos días.
Se acerca despacio, apartando un taburete, y le toma ambas manos entre las suyas con una delicadeza casi fraternal.
—Olvídate del espejo un segundo, Luisa.
La mujer inspira de forma temblorosa, mirándola con los ojos anegados en lágrimas.
—No puedo, Abril… estoy hecha un auténtico desastre. Voy a arruinar las fotos. ¡Y solo hemos traído estos tonos!
—Claro que puedes. ¿Quieres que te diga cuál es el verdadero problema?
Llevas meses enteros organizando el día más importante de tu vida.
Has dormido una media de cuatro horas al día, has discutido por el menú con media familia y tu cerebro, que está al límite, necesita encontrar un enemigo público número uno para descargar toda esa adrenalina.
Luisa la escucha atentamente y resopla, dejando escapar una risilla ahogada.
—¿Y mi cerebro ha elegido un pobre e indefenso pintalabios de marca? Qué patético por mi parte, de verdad.
—Créeme, es bastante menos peligroso y destructivo que elegir como enemigo a tu prometido a estas alturas del partido —responde Abril, regalándole una sonrisa y guiñándole un ojo.
Al instante, la habitación entera estalla en una sonora y liberadora carcajada. Incluso Luisa termina riéndose con ganas entre las lágrimas, usando un pañuelo de papel para secarse los bordes de los ojos con cuidado extremo para no estropear la base.
Abril aprovecha el cambio de energía para continuar, apretándole los dedos con cariño.
—Escúchame bien, Luisa Almenara. Dentro de unas pocas horas, cuando cruces ese jardín, Bruno solo va a tener ojos para ti.
No se va a fijar en el tono exacto del labial, ni en las servilletas de lino.
Te va a ver sonreír. Y si sonríes de la misma forma en que lo has hecho desde que os prometisteis en aquel viaje, te aseguro que vas a ser la mujer más guapa que haya visto jamás en su vida.
Así que deja que estas profesionales hagan su magia.
Luisa rompe a llorar de nuevo, pero esta vez lo hace de alivio, liberando toda la carga. Sin pensárselo dos veces, se lanza hacia delante y abraza a Abril con fuerza, hundiéndose en su hombro.
—Gracias… de verdad, Abril. Siento muchísimo haber sido un dolor de cabeza.
Abril le acaricia la espalda con ternura, soltando una risa.
—Las novias tenéis el derecho a poneros insoportables en días como hoy. Viene en el contrato de la boda, no te preocupes. Es totalmente normal.
Luisa se separa un poco, riendo débilmente mientras se recoloca un mechón de pelo.
—¿Me estás llamando insoportable en mi propia cara? Qué poca vergüenza tienes.
—Profesionalmente hablando, sí, un rato largo —admite Abril con una chispa de picardía en los ojos—. ¿Y personalmente? Eso ya lo decidirá el pobre de Bruno cuando te vea bajar por el pasillo central y no pueda dar marcha atrás.
Las maquilladoras, captando la señal de Abril, retoman su labor con una renovada y alegre energía.
El ambiente asfixiante de la villa cambia por completo en un santiamén, pasando de la tormenta perfecta a una calma cálida, esperanzadora y llena de ilusión.
Cuando Abril da un paso hacia atrás dispuesta a salir para continuar con sus tareas, Luisa la llama una vez más:
—Abril.
Ella se gira sobre sus talones, sosteniendo la carpeta contra su costado.
—Dime, Luisa.
—Gracias por no abandonarnos… por quedarte aquí al pie del cañón después de todo el escándalo y lo que ha pasado estos días —dice la novia, mirándola con sincera gratitud.
Durante un instante eterno, Abril siente un nudo espeso en la garganta que amenaza seriamente con ahogarla, trayendo a su mente el rostro de Vanessa y la última conversación que tuvieron. Sin embargo, conteniéndose, solo responde con una pequeña e inclinada reverencia de cabeza.
Cruza el umbral respirando despacio, aspirando el aire con fuerza para intentar recuperar el esquivo equilibrio.
Justo en ese momento de relativo respiro, el teléfono móvil personal que lleva guardado en el bolsillo del pantalón empieza a vibrar con insistencia.
Abril frunce el ceño extrañada al sacarlo y al mirar la pantalla, el pulso se dispara de inmediato.
—¿Sí? Hola, soy Abril.
Al otro lado de la línea, la voz de la directora de la residencia suena con una serenidad excesiva.
—Abril… cariño, lamento muchísimo tener que llamarte en un momento como este.
Ella ya sabe que algo va terriblemente mal. Lo siente como un pinchazo directo en las entrañas. Y por eso se apoya contra una columna de piedra para no perder el equilibrio.
—¿Ha ocurrido algo con mi madre?
Se produce un breve, denso y tortuoso silencio al otro lado de la línea que a Abril le parece durar un siglo.
—La hemos tenido que trasladar al hospital. Tenía dificultades para respirar y esta mañana llegó a perder el conocimiento durante un par de minutos.
Se le acaba de caer el mundo a los pies.
—¿Está…? —No consigue terminar la maldita pregunta.
—Ahora mismo está estable dentro de la gravedad, pero creemos que es imperativo que vengas cuanto antes.
Las piernas empiezan a temblarle de forma tan incontrolable que teme desplomarse.
—Sí… yo… buscaré un billete ahora mismo.
Al colgar y durante unos segundos mágicos y dolorosos, no existe nada más en su universo. Las lágrimas aparecen en sus ojos sin pedir permiso, nublándole la vista, pero se las limpia con rabia y rapidez usando el dorso de la mano, e inmediatamente, busca a Teo y a Elsa.
Cuando la ven atravesar el jardín, algo en la desgarradora expresión de su rostro hace que dejen inmediatamente lo que están haciendo.
—¿Qué pasa, Abril? Estás blanca. No nos asustes.
Abril intenta hablar, pero las palabras se le atragantan dolorosamente en la garganta.
—Mi madre… la han ingresado en el hospital.
Teo, abriendo la boca por la sorpresa, deja caer el walkie-talkie que sostenía.
—¿Qué? Pero… ¿cómo está? ¿Qué te han dicho?
—Ha tenido una crisis muy fuerte esta mañana —explica Abril, y esta vez las lágrimas rompen la barrera y empiezan a caer libremente por sus mejillas.
Elsa se lleva una mano temblorosa a la boca, con los ojos abiertos de par en par.
—Lo siento… lo siento muchísimo, de verdad. No puedo quedarme a coordinar la boda. Tengo que marcharme ya.
Teo da un paso al frente y le coge ambas manos.
—Eh, eh… mírame a los ojos, Abril. Mírame.
Ella alza la vista a duras penas, perdiéndose en la mirada protectora de su socio.
—Todo va a salir bien, ¿me oyes? Tu madre es una guerrera.
Elsa se lanza a rodearla con los brazos inmediatamente, envolviéndola en un abrazo cálido y fuerte.
—Escúchame bien, Abril Vives. Te vas a ir a ese hospital ahora mismo. Nosotros nos ocuparemos de todo este tinglado. No te preocupes por una sola flor, ¿entendido?
—Pero… los Almenara… la prensa… —intenta protestar Abril, sintiéndose culpable por dejarlos tirados en el momento cumbre.
—¡Que les den por saco a los Almenara y a la boda! —la interrumpe Elsa con una mirada de hierro—. Llevamos años trabajando a tu lado, codo con codo. Nos sabemos tu libreto de memoria. Sabemos perfectamente qué hacer en cada segundo. Confía en nosotros por una vez en tu vida y vete.
Abril mira a su alrededor con los ojos empañados. Teo da un paso más, hablando en un tono mucho más bajo y protector, acariciándole los hombros.
—¿Quieres… quieres que se lo digamos a Vanessa para que lo sepa?
La sola mención de ese nombre le atraviesa el pecho. Cierra los ojos y la imagen de Vanessa aparece al instante en su mente.
—No —responde Abril—. Es mejor así. Lo nuestro ha estado gafado desde que pisamos esta isla —dice entre lágrimas, tragándose el dolor—. No quiero que la distraigas bajo ningún concepto. Es el gran día de su hermana pequeña y su familia la necesita entera. Bastante escándalo le he causado ya.
Hace un enorme y supremo esfuerzo físico por recomponerse, pasándose las palmas de las manos por el rostro para secarse los restos de lágrimas.
—Yo… solo tengo que marcharme. Cuidad de todo esto por mí, por favor. Os lo encargo.
Elsa le sonríe con infinita ternura, estirando la mano para secarle una última lágrima rebelde que amenazaba con caer.
—En cuanto llegues al hospital y sepas algo, nos llamas. Da igual la hora que sea, como si estamos en mitad del baile. Estaremos pegados al teléfono esperando tu llamada, ¿vale?
—Lo haré, os lo prometo —alcanza a decir Abril.
Teo la atrae hacia sí y la estruja en un abrazo.
—Y hazme el favor de dejar de pedir perdón. No nos debes absolutamente nada. Eres nuestra familia, y para eso estamos. Ahora, ¡vuela!
Abril consigue asentir con la cabeza, respira profundamente y empieza a caminar a paso rápido hacia su habitación para recoger lo esencial.
Después, cruza el complejo del resort casi a ciegas, sin pararse a mirar a nadie.
Los invitados siguen llegando en un goteo constante y glamuroso, luciendo pamelas, vestidos de seda y trajes perfectos.
Las primeras copas de champán ya circulan en bandejas entre risas espontáneas y comentarios frívolos.
Los músicos afinan sus instrumentos en el escenario principal.
Las miles de flores blancas se balancean suavemente con la brisa marina del Mediterráneo.
Todo está preparado, impecable, tal y como ella misma lo había soñado y diseñado en su oficina.
Y ahora ella se marcha en dirección contraria, dejando atrás el proyecto más importante de su carrera profesional y a la mujer de la que, aunque ya no pueda seguir negándolo ante el espejo, se ha enamorado.