Tú no estabas en mi lista Capítulo 21
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Capítulo 21

—Si no conseguimos levantarnos… no tengo ni idea de lo que voy a hacer mamá.

Abril necesita escapar. No de Ibiza, ni del bullicio del resort, ni siquiera de los preparativos de la boda. Necesita escapar del ruido, del fracaso que se le viene encima.

Abril Vives está sentada sobre la arena fresca de Cala d'Hort cuando la noche ya ha caído por completo.

Ha dejado las sandalias tiradas a un lado y mantiene las piernas recogidas contra el pecho.

El mar se extiende ante ella como una vasta e imponente sábana oscura, salpicada de reflejos plateados que juegan y bailan con cada ola.

Más allá, majestuoso e inmutable, Es Vedrà surge del agua como una silueta de leyenda, casi irreal bajo la luz de la luna.

Durante años ha escuchado las mil y una historias que rodean el islote: leyendas urbanas sobre energías magnéticas que vuelven locos a los navegantes, de marineros perdidos en sus misterios y de amores imposibles que desafiaban al mismísimo destino.

Y entiende el porqué de todas esas narraciones.

Porque el islote parece pertenecer a otro mundo, un lugar idílico donde las preocupaciones de los mortales se vuelven ridículas e insignificantes.

Cierra los ojos y se permite disfrutar de la brisa marina que acaricia su rostro.

Las olas rompen contra la orilla, marcando un ritmo constante que, milagrosamente, consigue silenciar el eco ensordecedor de su propia ansiedad.

Respira hondo, saboreando cómo el aire fresco le llena el interior.

Sin embargo, una sombra se interpone de pronto entre ella y la luz plateada de la luna.

Abril abre los ojos, y un suspiro tembloroso escapa de sus labios al reconocer la figura que tiene delante.

—Le voy a cortar el cuello a mi socio en cuanto lo vea —murmura Abril.

La sonrisa de Vanessa, ilumina la noche de una manera que consigue derribar todas y cada una de las defensas de Abril.

La heredera de los Almenara lleva un vestido de lino color crema que se agita juguetón con la brisa, y su pelo suelto, salvajemente revuelto por la humedad del mar, le da un aspecto mucho más natural.

—No lo pagues con el pobre Teo —responde la mujer—. Le ha costado un mundo soltar ese chivatazo.

Vanessa se acomoda a su lado, cruzando las piernas y apoyando las manos en la arena fresca.

Abril la observa de reojo, mordiéndose el labio inferior y preguntándose en silencio cómo es posible que alguien criada entre las exigencias, el protocolo y la rigidez asfixiante de una familia como los Almenara conserve esa capacidad innata para ser tan auténtica.

Durante unos largos segundos permanecen en silencio, dejando que el rumor del mar llene el espacio que las separa, aunque la tensión empieza a flotar en el ambiente. Vanessa gira la cabeza con una delicadeza exquisita, buscando los ojos de Abril bajo la tenue luz de la luna.

—¿Qué tal estás? —pregunta Vanessa.

—No lo sé —responde Abril con total honestidad, notando cómo la voz le tiembla—. Estoy exhausta, Vanessa. Siento que llevo años dejándome la piel para construir algo sólido, y ahora veo cómo todo se desmorona delante de mis narices sin que pueda mover un dedo para detenerlo.

Vanessa baja la mirada por un instante, respetando el espacio que Abril necesita.

—Mi reputación profesional se ha ido directamente a la mierda.

Nos están cancelando los contratos para el otoño uno detrás de otro, como si tuviéramos la peste.

Los clientes dudan de mi capacidad, los proveedores empiezan a hacer preguntas incómodas con cara de circunstancias y la competencia se está frotando las manos esperando el momento oportuno para darme la estocada final.

Y tú sabes tan bien como yo que, si tu padre no hubiera metido las narices, probablemente ya me habrían echado a patadas —le aclara, con lágrimas en los ojos—.

Además… no deberías hacerme esto más difícil.

—¿Difícil? —repite Vanessa. Después, extiende una mano para sostener su barbilla—.

Escúchame bien, Abril Vives, porque no tengo la más mínima intención de repetirlo.

Me importa un bledo la prensa y todos sus cotilleos baratos de tres al cuarto.

Me importa otro bledo mi familia y sus ridículas expectativas aristocráticas.

Y me importa una mierda lo que pueda pasar.

Abril abre la boca para protestar y poner un poco de cordura, pero Vanessa se lo impide, manteniendo un contacto visual tan decidido que le anula los sentidos.

—Si de verdad crees que esto es un simple capricho veraniego, estás muy pero que muy equivocada —continúa Vanessa.

Abril nota cómo se le cierra la garganta ante semejante declaración. Es incapaz de apartar la mirada.

—Me gustas, Abril. Con todas tus letras.

Me fascina cómo me has desafiado cada día sin despeinarte.

Me vuelve loca la pasión desbordante con la que trabajas, esa entrega que tienes incluso cuando todo se está derrumbando a tu alrededor.

Y, sobre todo, me encanta la paz que me transmites cuando mi mundo entero se vuelve insoportable.

—Vanessa… —murmura Abril.

—No pienso alejarme, grábatelo en la cabeza —afirma Vanessa, sin un solo titubeo ni un ápice de miedo en los ojos—. He decidido apostar y luchar por esto, por nosotras, porque por primera vez en mi maldita vida siento que algo merece la pena de verdad.

Abril se ve obligada a bajar la mirada, porque si sigue observándola a esa distancia corre el serio riesgo de enamorarse todavía más de lo que ya está.

—Pues vas a tener que aguantarme… y mucho —bromea después.

*

Minutos más tarde, caminan juntas hacia el pequeño chiringuito de madera que permanece abierto junto a la playa.

Se sientan en una mesa apartada, buscando la complicidad de las sombras, y comparten una copa de vino blanco bien fresco. Y luego, como quien no quiere la cosa, cae otra.

—A ver, una pregunta seria: ¿qué querías ser tú cuando eras pequeña? —pregunta Vanessa, inclinándose hacia delante sobre la mesa con una curiosidad genuina reflejada en los ojos, mientras acaricia con el dedo índice el borde de su copa en un gesto que a Abril le parece terriblemente sensual.

Abril suelta una risa.

—Veterinaria. Soñaba con cuidar animales heridos y salvar vidas en plan heroína en mitad del campo.

—¿En serio? —exclama Vanessa, arqueando las cejas con una sorpresa divertidísima mientras la recorre con la mirada—. Oye, pues no me lo esperaba para nada de ti, la verdad. Te imaginaba más mandona.

—Pues va en serio —responde Abril, encogiéndose de hombros—. Tampoco es que yo esperara terminar organizando bodas de postín para millonarios caprichosos y lidiando con dramas familiares cada dos por tres, pero la vida es así de juguetona. ¿Y tú?

—Yo quería ser arquitecta —confiesa la ejecutiva, girando la copa entre sus dedos, de repente un poco más tímida—. Diseñar espacios que contaran historias de verdad, que hicieran sentir algo especial a quien los habitara. No limitarme a heredar hoteles ya hechos.

Abril arquea una ceja, francamente intrigada por esa faceta desconocida de la mujer que tiene enfrente.

—No pongas esa cara de incredulidad. Que tengo mi corazoncito artístico, ¿vale?

—Vale, te compro el punto —bromea Abril, dándole un sorbo a su vino—. ¿Y qué pasó con ese sueño de construir historias?

Vanessa suspira, y una sonrisa un tanto amarga le curva los labios por un instante.

—Mi familia, cómo no. El pan de cada día.

Mi madre consideró que la arquitectura era una pérdida de tiempo absurda para alguien de mi posición, algo que no encajaba en absoluto con el glorioso legado que se esperaba que yo asumiera.

Así que, como la buena hija que era, tuve que agachar la cabeza y elegir el camino que ya me tenían perfectamente marcado.

Abril siente una punzada de empatía tan profunda que le encoge el estómago.

—Lo siento mucho. Debe de ser una mierda tener tu vida programada por otros.

—Yo también lo siento —responde Vanessa. Aprovechando el momento, extiende la mano sobre la madera de la mesa para rozar los dedos de Abril—. Pero mira, quizá por eso valoro tanto momentos como este. Me recuerdan que, a pesar de todo, todavía tengo la capacidad de elegir lo que realmente quiero.

Tras pagar la cuenta, abandonan el chiringuito y deciden perderse caminando por las mágicas calles empedradas de Dalt Vila.

La noche envuelve la ciudad antigua. Abril avanza despacio, disfrutando del roce ocasional de su brazo con el de Vanessa, y por primera vez desde que pisó Ibiza se olvida por completo del trabajo, de los contratos pendientes y de los clientes insoportables.

—Lo peor de todo es que sigo teniendo un miedo atroz —comenta en un momento dado—. Miedo a que todo este tinglado se desmorone, miedo a perder hasta el último céntimo de mi empresa. Miedo a quedarme en la nada.

—Yo también tengo miedo.

Abril la mira con genuina sorpresa, abriendo los ojos de par en par.

—¿Tú? Anda ya. Pensaba que las herederas del imperio Almenara nacíais con un escudo antibalas y que nunca sentíais miedo de nada ni de nadie.

Vanessa suelta una carcajada, mientras le da un juguetón toquecito en la nariz.

—Eso es porque me dejo la piel y me esfuerzo muchísimo todos los días en aparentar exactamente lo contrario ante el mundo. Pero contigo… contigo es diferente, Abril. Contigo puedo permitirme el lujo de ser completamente honesta.

Siguen subiendo peldaño a peldaño por las calles que se estrechan a cada tramo, volviéndose cada vez más silenciosas, más íntimas y apartadas, hasta alcanzar uno de los baluartes de la muralla.

El mundo entero parece abrirse entonces ante ellas en toda su magnificencia nocturna.

El puerto aparece espectacularmente iluminado en la distancia, con miles de luces de colores que se reflejan como diamantes sobre el agua oscura, yates de gran lujo que se balancean perezosos y el brillo lejano y opulento del resort recortado nítidamente contra el horizonte.

Abril se acerca al borde del muro de piedra, contemplando el paisaje con una extraña sensación de libertad.

Antes de que pueda reaccionar, unos brazos cálidos la rodean por la cintura, pegándola a su cuerpo.

Su respiración se detiene por una fracción de segundo y Vanessa apoya firmemente el pecho contra su espalda, descansando la barbilla sobre su hombro.

Abril cierra los ojos, entregándose por completo al calor abrasador de ese contacto que le enciende la sangre.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? —susurra Abril.

—Abrazarte, ¿no es obvio? —responde Vanessa con una naturalidad pasmosa, pegando aún más sus caderas a las de ella—. Y te advierto que no tengo la más mínima intención de soltarte todavía, así que ve haciéndote a la idea.

—Eso ya lo voy viendo —bromea Abril con picardía, dejándose llevar y apoyando la cabeza hacia atrás.

—Entonces deja de protestar por una vez en tu vida y limítate a disfrutar del momento —replica Vanessa, riendo bajito—. Mira ahí abajo. ¿Qué ves exactamente?

—Pues el puerto, los barcos… lo normal —contesta Abril, obedeciendo y entornando los ojos.

—Pues yo veo una cosa completamente diferente —murmura Vanessa, y sus manos suben un poco por el abdomen de Abril, acariciándola a través de la tela—.

Veo a un montón de gente estresada corriendo detrás de cosas que se creen que son vitales e importantes: dinero, prestigio, posición social, poder…

Algo que yo también solía hacer. Al menos… hasta ahora.

Abril abre los ojos despacio, con el corazón latiéndole desbocado.

—No digas eso…

—¿Y por qué no, si se puede saber? —pregunta Vanessa, girándola para obligarla a mirarla directamente a los ojos, a escasísimos centímetros de sus labios.

—Porque me cuesta la misma vida no enamorarme todavía más de ti de lo que ya lo estoy —confiesa Abril, lanzándose al vacío.

Vanessa se queda completamente quieta por un segundo, y luego una sonrisa inmensamente radiante le ilumina el rostro.

—Pues me temo que llegas muy tarde con ese aviso. Porque yo ya estoy completamente perdida y colgada por ti.