Tú no estabas en mi lista Capítulo 20
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Capítulo 20

Abril Vives siempre ha pensado que el éxito lleva un precio inevitable: horas que se extienden hasta el infinito, sacrificios constantes y renuncias que duelen mientras te mantienes en silencio.

Noches enteras dedicadas al trabajo mientras el resto del mundo celebra cumpleaños o escapadas de postal, un tiempo preciado que no ha podido disfrutar con su madre.

Sin embargo, nadie la advierte de que todo por lo que ha luchado con uñas y dientes puede desmoronarse en cuestión de minutos, como un castillo de arena barrido por una marea de cotilleos.

—Necesitamos que la cascada de luces se sincronice exactamente en el instante en que la novia pise la alfombra, ¿de acuerdo?

Tiene que estar milimétricamente perfecto, sin un solo destello fuera de lugar —anuncia Abril a través del walkie-talkie.

Sus ojos recorren con atención el jardín principal del resort S'Estel, transformado en una colmena de actividad frenética, pero su mente sabotea el momento trayéndole el recuerdo de unos labios carnosos y una risa pícara que se tiene que obligar a olvidar.

Desde su posición elevada en una de las terrazas laterales, observa cómo los técnicos ajustan los proyectores ocultos entre la vegetación exuberante.

Los especialistas de sonido realizan pruebas en distintos puntos del recinto, ajustando ecualizadores bajo el cielo mediterráneo, mientras los actores de la experiencia inmersiva ensayan movimientos discretos entre los setos.

Las pantallas LED, camufladas con maestría dentro de enormes paneles decorativos que imitan piedra antigua y follaje, permanecen apagadas por ahora, aguardando el gran momento.

Todo parece funcionar a la perfección. Todo avanza según lo planeado.

Y, sin embargo, Abril no es capaz de sentirlo así.

Camina despacio entre las mesas de trabajo, con los hombros rectos, la espalda erguida y la expresión concentrada, pero por dentro una inquietud persistente la carcome.

Una inquietud que viste ropa de marca y responde al nombre de Vanessa Almenara.

—Los invitados se van a sentir en mitad de un cuento de hadas hecho realidad —comenta Elsa, deteniéndose a su lado con una carpeta digital contra el pecho.

Cruza los brazos y asiente despacio, evaluando el conjunto con orgullo—.

Si a la insoportable de la novia no le gusta, me la cargo yo misma, te lo aseguro.

Teo, que revisa unos cables cercanos, suelta una risa ronca y se acerca con paso relajado.

—¿Delante de los testigos o prefieres que Abril y yo te ayudemos a ocultar el cadáver en alguno de estos setos tan oportunos? —pregunta con tono burlón.

—Dependerá del momento.

Por primera vez en toda la mañana, Abril esboza una sonrisa.

Es pequeña, breve, apenas suficiente para iluminar su rostro tenso.

Porque incluso mientras supervisa los últimos detalles con mirada experta, nota las miradas de soslayo de algunos empleados de la cadena Almenara, los cuchicheos que se propagan y las conversaciones que se interrumpen de forma abrupta en cuanto ella pasa cerca.

Algunos bajan la voz de inmediato, fingiendo concentrarse en las flores.

Otros ni siquiera se molestan en disimular.

Sabe perfectamente lo que están diciendo a sus espaldas.

Los rumores ya circulan como un incendio descontrolado por los grupos privados de WhatsApp de la alta sociedad.

La profesional brillante que se ha perdido entre las sábanas de su clienta más exclusiva.

Abril aprieta la mandíbula con fuerza, conteniendo el impulso de girarse y mandarlos a todos a paseo.

No porque sea mentira lo que cuentan. Sino porque esos buitres no conocen la verdad completa.

No conocen a Vanessa. No saben nada de que su conexión salvaje e inesperada les ha puesto el mundo del revés.

—Ey —llama Teo, devolviéndola al presente con suavidad—. ¿Estás bien? Pareces a punto de arrancarle la cabeza al primer técnico que parpadee.

Abril tarda unos segundos en responder, parpadeando para alejar la imagen de Vanessa que la asalta en el peor momento. Respira hondo y se recoloca un mechón rebelde tras la oreja.

—Claro que sí —responde con su mejor tono, aunque sabe que no engaña a nadie.

—Sabes que puedes contar con nosotros —replica Teo directamente.

—Teo, por favor, ahora no —advierte ella, soltando un suspiro exasperado.

—¿Qué? ¿Prefieres que finja? —insiste él, bajando la voz para que solo ellos tres lo escuchen.

—Estoy trabajando, concentrada en que esta boda sea un éxito absoluto —insiste Abril.

—Solo quedan unos días para el gran evento —interviene Elsa—. Vamos a superarlo, como siempre. Después, ya veremos cómo gestionamos el tsunami mediático y las mariposas en el estómago.

Solo unos días. Solo tiene que aguantar un poco más con la fachada. Después podrá permitirse derrumbarse, o perderse lejos de ese caos.

Al mediodía, consiguen escaparse unos minutos preciosos para comer algo.

Los tres ocupan una mesa apartada en la terraza, resguardada del bullicio principal por unos toldos discretos que filtran la intensa luz.

Por primera vez en horas, reina cierta tranquilidad.

Elsa abre con cuidado una ensalada fresca, pinchando un tomate cherry con el tenedor.

Teo se lanza sobre un cuenco generoso de gazpacho andaluz, saboreándolo con evidente placer y soltando un gemido de satisfacción.

Abril, en cambio, apenas toca su plato. Se limita a contemplar el mar turquesa a lo lejos, donde el Mediterráneo brilla bajo el sol como si el mundo siguiera siendo un lugar sencillo y predecible, totalmente ajeno a las tormentas ardientes y clandestinas que se desatan en su interior.

Justo entonces, los tres teléfonos móviles vibran al unísono sobre la mesa.

Elsa frunce el ceño, deja el tenedor y coge su tableta con gesto rápido.

Teo levanta la vista del gazpacho, manteniendo la cuchara a medio camino, chorreando una gota roja sobre el mantel.

Abril siente un mal presentimiento inmediato que le atenaza el estómago y le corta la respiración.

—No me gusta nada esto —murmura Abril, inclinándose hacia delante.

Elsa lee el contenido de su pantalla y se queda literalmente blanca. Su expresión cambia por completo, transformándose en una máscara de horror.

—Abril… Los marqueses de Santillana acaban de cancelar la boda de septiembre. Así, por correo electrónico.

Un frío repentino e invernal le recorre la espalda a pesar de los treinta y cinco grados a la sombra. Abril parpadea una vez, dos veces, intentando procesar la información. El mundo se estrecha a su alrededor y el resort de lujo empieza a difuminarse.

—¿Qué estás diciendo? —pregúntale Abril, aunque la cruda realidad ya empieza a abrirse paso en su mente.

Elsa lee directamente del correo:

—«Buscamos una agencia que mantenga los estándares morales y la discreción que requiere nuestro estatus social. Lamentamos comunicar la cancelación inmediata de sus servicios para el enlace de nuestro hijo.»

Durante unos segundos, nadie habla. Después, Teo se atraganta de verdad con el gazpacho, suelta una tos violenta y golpea la mesa con la palma de la mano.

—¡¿Estándares morales?! —exclama Teo, elevando la voz de tal manera que varios operarios se giran desde abajo—. ¡Pero si el marqués tiene tres amantes fijas en Madrid que conoce hasta el apuntador de las revistas! ¿De qué moral hablan estos hipócritas de pacotilla?

Varias personas de las mesas cercanas clavan sus ojos en ellos, curiosas. A Teo le da absolutamente igual el decoro.

—¡Una de ellas la diseñadora de sus propios trajes!

Elsa levanta dos dedos, corrigiéndolo con ironía.

—Según las últimas exclusivas que circulaban por ahí, eran cuatro. Y la última es más joven que su propia hija.

—¡Pues mejor me lo pones! —responde Teo, sacudiendo la cabeza—. ¡Qué cara más dura tienen los ricos cuando quieren ponerse dignos!

Abril, sin embargo, ya no los escucha. Sus ojos están fijos en la pantalla de su propio móvil, que empieza a parpadear de forma enloquecida.

Acaba de llegar otro correo electrónico.

Y luego otro de una multinacional que planeaba una convención de lujo para otoño.

Cancelaciones en cadena. Reuniones suspendidas de forma indefinida con excusas baratas.

Años enteros construyendo una reputación impecable, y todo amenaza con derrumbarse en apenas unos minutos.

—No puede estar pasándome esto ahora.

Elsa se acerca inmediatamente, deslizando su silla para estar más cerca de ella y colocando una mano sobre la suya, que ha empezado a temblar de forma visible.

—Abril, mírame. Respira conmigo. Vamos, inhala y exhala. Esto es un golpe bajo, pero no es el fin.

—No puede estar pasando… —repite Abril en un bucle de negación, como si sus palabras pudieran detener la sangría de clientes—.

He trabajado demasiado duro, Elsa. He sacrificado noches enteras, fines de semana, vacaciones que nunca tuve, relaciones personales que se fueron al traste porque mi prioridad siempre era el negocio.

¿Y ahora me juzgan y me hunden por… por haberme enamorado?

Teo suelta un gritito agudo.

Durante días ha intentado descifrar lo que siente con la etiqueta de «tensión sexual veraniega». Pero ya no puede seguir engañándose. Duele demasiado como para ser solo sexo. Le importa demasiado.

Está enamorada de Vanessa. Y el maldito mundo de la alta sociedad parece dispuesto a quemarla en la hoguera por ello.

Su teléfono personal vibra de nuevo y abre el mensaje de texto que le ha mandado el mismísimo Javier Robles.

«Vaya, Abril. Veo que en Ibiza las temperaturas os han nublado el juicio a ti y a tu magnífica profesionalidad.

Menudo espectáculo mediático. Disfruta de lo que te queda en la isla; yo ya estoy preparando las maletas de mi equipo.

La alta sociedad prefiere caballeros solventes en los que poder confiar, no aficionadas que se pierden en las sábanas de sus clientas.

Suerte con las cancelaciones, si es que te queda alguna cuenta que gestionar para otoño».

—Será hijo de la gran puta… —murmura Abril entre dientes y después mira a los chicos—. No he hecho más que causar problemas.

—De eso nada, sabes que estamos juntos en esto —responde Teo.

Abril se levanta de la silla dispuesta a plantarle cara a la situación. De repente, las ganas irrefrenables de llorar la dominan, pero no piensa permitir que esos cabrones destruyan la empresa por la que tanto ha luchado.

—Tenemos que arreglarlo —les dice.

—Y lo haremos —añade Elsa y después sonríe a Abril y a Teo—. Porque enamorarse, no debería destruir lo demás.