Tú no estabas en mi lista Capítulo 19
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Capítulo 19

Vanessa Almenara descubre, muy a su pesar, que el maldito silencio puede escocer muchísimo más que una bofetada a mano abierta. Durante toda la mañana se obliga a mantenerse ocupada. En definitiva, hace exactamente lo que lleva haciendo toda su maldita vida cuando el mundo amenaza con tambalearse.

Y, sin embargo, piensa. Vaya si piensa. Piensa en Abril, en la curva pecaminosa de su sonrisa caprichosa cuando todo iba sobre ruedas, en el calor casi eléctrico de sus manos sobre su piel desnuda.

Piensa en la dolorosa conversación, y recuerda la mirada de orgullo herido y la determinación que brilló en esos ojos cuando le pidió distancia.

Una distancia que ahora mismo la está ahogando.

Está a punto de colgar una llamada cuando unos nudillos golpean la puerta con un ritmo rítmico y sospechoso.

—¿Se puede? —pregunta Teo, asomando la cabeza.

—Adelante, pasad —responde Vanessa, arrojando el iPhone sobre el escritorio.

El hombre entra flanqueado por Elsa. Los dos avanzan como si estuvieran coreografiando una misión de alto secreto.

—Decidme que no ha pasado nada malo.

—Mmmmm… depende de lo que tú entiendas por malo —informa Teo, frotándose las manos como si le hubiera tocado el gordo de la lotería—. Venimos directos del departamento de contraespionaje.

—Teo, por favor, un poco de dignidad… —le amonesta Elsa, poniendo los ojos en blanco.

—¡Pero si eres tú la que llevas dos horas llamando a esto «Operación Desenmascarar a la Víbora»!

—Venga, fuera bromas. ¿Qué habéis descubierto? —pregunta Vanessa.

La diversión se evapora de la estancia en un segundo. Teo se cruza de brazos con gesto severo y Elsa deposita una carpeta sobre la mesa.

—Hemos cazado a la rata que compartió las malditas fotos —anuncia Teo.

Durante unos instantes, la oficina se queda en el más absoluto de los silencios. A Vanessa se le congela la sangre, pero no por la sorpresa, sino por esa fría y demoledora confirmación de algo que su radar ya sospechaba en algún rincón oscuro de su cerebro.

—¿Quién ha sido? —inquiere Vanessa.

—Candela Miret —suelta Elsa sin rodeos.

Teo asiente con energía, apuntando con el dedo hacia los papeles.

—Uno de los chicos del equipo de mantenimiento la pilló in fraganti con el móvil escondido. No tuvo el cuajo de subirlo a su Instagram porque sabe que vuestros abogados la desplumarían, pero soltó el cebo para que corriera como la pólvora.

Vanessa clava los ojos los de ellos.

—Abril no tiene ni la más remota idea de esto, ¿verdad? —murmura Vanessa, acariciando el borde del papel.

—Ni una palabra —confirma Elsa de inmediato—. Y por tu propio bien y el nuestro, mejor que siga al margen hasta que le cortemos la cabeza al monstruo. La pobre bastante tiene con intentar esquivar los bufidos de tu madre cada vez que se cruzan por el vestíbulo.

—Abril se está dejando la piel y la salud por salvarle el culo a tu hermanita con la boda del año —añade Teo, rascándose la barbilla—. Y para colmo, está con el alma en vilo por la recaída de su madre en la residencia.

Vanessa aparta la mirada hacia el ventanal, y se pregunta si habrá sido una cobarde, si su maldito miedo habrá terminado por destruir lo único auténtico, ardiente y real que le ha pasado en años.

—¿Qué es lo que queréis que haga? —pregunta poco después.

—Dar un puñetazo sobre la mesa, mandar los buenos modales a la mierda y defender lo que de verdad te importa sin pedirle el visto bueno a mamá.

—Antes de que Vanessa diga algo, Teo levanta las manos—.

Sí, ya sé que para una ejecutiva de élite como tú esto suena a revolución.

Y que apenas nos conocemos unos días para declararme un fiel y acérrimo amigo.

Una oleada de adrenalina y determinación le recorre a Vanessa las venas, barriendo de un plumazo su contención. Ya va siendo hora de buscar la felicidad, tal y como le pidió su padre.

—¿Cuál es el plan de ataque, chicos? —pregunta con una sonrisa que ya anticipa la tormenta.

La cara de Teo se ilumina.

—Vamos a desterrar a esa influencer de pacotilla. Y vamos a hacerlo ahora mismo.

*

Media hora más tarde, Vanessa entra en la sala donde está su madre, su hermana y Candela. Ninguna de las tres sospecha el tsunami que se les viene encima.

—Dejad lo que estéis haciendo porque tenemos que hablar ahora mismo —anuncia Vanessa.

—¿Se puede saber a qué viene tanta urgencia, hija?

Candela palidece durante una fracción de segundo, un sutilísimo tic en la comisura de los labios que a Vanessa no se le escapa. Luisa levanta la cabeza, entornando los ojos con curiosidad.

—¿Y esos papeles qué son? ¿Más facturas de última hora de la pesada de Abril? —pregunta la novia.

—No, Luisa. Esto es la prueba irrefutable de la identidad de la rata de alcantarilla que compartió las fotos para intentar dinamitar mi vida y la organización de tu boda —suelta Vanessa, clavando los ojos en la influencer .

Candela intenta forzar una risita nerviosa, recolocándose un mechón de pelo tras la oreja con total falsedad.

—Bueno, oye, qué intriga, ¿no? Supongo que todas estamos deseando saber quién ha sido el gracioso que ha querido boicotear el evento del verano…

—Querrás decir del año —apunta su amiga con orgullo.

Pero su hermana, le cierra la boca rápido.

Vanessa abre la carpeta y esparce sobre la mesa las capturas de pantalla de los chats de WhatsApp con los que Candela inició todo. La sonrisita de suficiencia de Candela se borra de un plumazo. Luisa tarda unos segundos en procesar los datos, mirando los papeles y luego a su amiga.

—Espera… ¿Qué? Candela… ¿Esto qué significa? —balbucea la novia, atónita.

La influencer se pone en pie de un salto, perdiendo por completo la pose de diva

—¡Esto es una trampa ridícula! Esas capturas son conversaciones de broma sacadas totalmente de contexto por vuestro equipo de envidiosos…

—¿Ah, sí? ¿Y qué tipo de contexto justifica que envíes fotos de mi vida privada y de la de Abril? —le ruge Vanessa.

Nadie dice esta boca es mía durante cinco segundos interminables. Emilia Casals va repasando las hojas una a una, y a medida que lee, sus facciones se van transformando en una máscara de hielo.

—Candela —pronuncia la matriarca.

La aludida traga saliva de forma visible, pasándose la lengua por los labios.

—Emilia… o sea, de verdad, déjame que te lo explique.

No fue con ninguna mala intención, te lo juro por lo más sagrado…

, yo pensé que un poquito de buzz mediático en los círculos privados le daría más misterio e importancia a la boda.

Que todo el mundo hablaría del morbo del resort…

Pensé que sumaba expectación. Y el traidor de Santi pensó lo mismo…

—balbucea la chica, soltando una sarta de tonterías.

Vanessa nota cómo una calma maravillosa se apodera de todo su ser. Por primera vez le importa un bledo agradar a su madre, evitar una escena familiar o camuflar el escándalo bajo la alfombra. Va a soltar la verdad y se va a quedar bien a gusto.

—Has intentado apuñalar a mi familia por la espalda.

Has saboteado de forma rastrera a una agencia que se está dejando todo para que la boda de mi hermana sea perfecta.

Y has intentado destrozar a una mujer que no te ha hecho absolutamente nada, más que ponerte en el lugar que te corresponde —afirma Vanessa.

Candela agacha la cabeza, incapaz de sostener el duelo de miradas.

—No pensé que el asunto escalaría tanto… —murmura.

Luisa la mira como si no la conociera de nada.

—¿En serio, Candela? ¿Después de haberte metido en la lista VIP, de regalarte el alojamiento y de aguantar tus exigencias solo porque sales con mi primo? ¡Eres una víbora!

La interpelada guarda silencio, y ese mutismo es la confesión más clara del mundo. Emilia Casals cierra la carpeta.

—Quiero que abandones este complejo de inmediato. Hoy mismo. Tienes dos horas para hacer las maletas —ordena la matriarca sin mover un solo músculo de la cara.

—¿Qué? ¡Emilia, por favor! ¡No puedes hablar en serio! ¡Que soy testigo de Luisa! —exclama Candela.

—He dicho hoy mismo. Y da gracias de que no le ordene a mi equipo legal que te meta una querella. Fuera de mi vista —zanja Emilia.

Candela mira a su alrededor buscando un cable, un salvavidas, alguna mirada de compasión. Pero Luisa le da la espalda y Vanessa la observa con una sonrisa de absoluta victoria.

—Esto es una injusticia tremenda —protesta la influencer , agarrando su bolso de marca—. ¡Todo por defender a la muerta de hambre de Abril!

Ese último desprecio provoca un cortocircuito definitivo en el cerebro de Vanessa.

—Sí, y lo haré con uñas y dientes si hace falta —declara Vanessa, plantándose con orgullo y mirando fijamente a su madre y luego a su hermana—.

Porque Abril Vives tiene más clase, más dignidad y más profesionalidad de lo que tú vas a tener en toda tu miserable vida.

Ha aguantado carros y carretas, ha soportado vuestras impertinencias sin pestañear.

Luisa parpadea, alucinada por la soberana declaración de amor de su hermana mayor.

—Porque si esta boda sale adelante y resulta ser el éxito del verano, va a ser única y exclusivamente gracias a ella y a su equipo —continúa Vanessa, sintiendo que las palabras le brotan con una libertad salvaje y adictiva—.

Así que no voy a tolerar que una lagarta mediática venga a arrastrar su reputación por el barro para ganar cuatro seguidores de pacotilla en sus redes.

Candela, roja de ira y completamente humillada, comprende que ha perdido la batalla y la guerra. Recoge sus bártulos a toda prisa, lanzando una última mirada cargada de veneno antes de salir de la sala dando un portazo.

El silencio vuelve a reinar en la estancia durante unos segundos eternos. Hasta que Luisa deja escapar un suspiro dramático y se desploma de nuevo en la butaca.

—Madre del amor hermoso… Jamás me lo hubiera imaginado de ella, de verdad.

Vanessa esboza una sonrisa, acomodándose la chaqueta.

—Pues ya ves. Las apariencias a veces engañan.

Es entonces cuando Emilia Casals se levanta despacio, rodeando el escritorio para colocarse frente a Vanessa.

Por primera vez en meses, sus ojos no destilan esa fría exigencia.

Hay un destello de respeto en su mirada, como si acabara de descubrir que su hija mayor tiene más agallas de las que pensaba.

—Quizá… y solo quizá, he pecado de injusta y precipitada con la señorita Vives —admite la matriarca.

Vanessa siente un subidón de triunfo, pequeño, incompleto, pero sumamente placentero. Asiente con solemnidad.

—Sí, madre. Lo has sido. Abril se merece un monumento por lo que está haciendo por nosotros.

Emilia se cruza de brazos, meditando las palabras antes de asentir lentamente con la cabeza.

—Está bien. Hablaré con ella en privado para pedirle disculpas.

Vanessa Almenara tiene la maravillosa sensación de que hay cosas que merecen la pena ser salvadas del naufragio.

No sabe qué pasará ni cómo reaccionará Abril en cuanto se entere del lío, ni si lograrán encauzar esa atracción ardiente que las está volviendo locas en mitad de la tormenta veraniega.

Pero mientras abandona la sala y contempla el mar turquesa recortándose contra el horizonte, experimenta una certeza liberadora y deliciosa.

El primer paso para demostrarse que puede ser feliz.