Tú no estabas en mi lista Capítulo 18
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Capítulo 18

—¿Dónde está?

La voz de Emilia Casals atraviesa la sala de reuniones privada del complejo S'Estel.

Abril permanece de pie al otro lado de la imponente mesa, alisándose la falda de su vestido veraniego, para después apoyar las manos firmemente sobre el respaldo de una silla vacía.

Lleva más de veinte minutos encajando acusaciones y puñaladas de alta alcurnia que caen una tras otra sin apenas parpadear.

—No voy a repetirlo otra vez, Abril —insiste Emilia, entornando los ojos y manteniendo la espalda rígida—. Quiero saber exactamente dónde está tu dimisión y cuánto tardaría la agencia de Javier Robles en asumir los últimos preparativos de la organización de esta boda.

Abril nota cómo se le tensa la mandíbula. Luisa, sentada justo al lado de su madre, no para de juguetear de forma frenética con su iPhone.

—Señora Casals… —comienza Abril con su mejor voz de «tengo la situación controlada aunque el barco se hunda».

—No te atrevas a llamarme así con esa maldita sonrisa falsa —la interrumpe Emilia con un seco manotazo sobre la mesa—.

Mi familia se ha convertido en el chisme del verano en todos los círculos sociales y clubs de campo del país.

¡De móvil en móvil, Abril! ¿Tienes idea de la humillación que supone que nos despedacen en privado?

Abril muerde el interior de su mejilla para contener la réplica. Porque el veneno también la está arrastrando por el fango. Su ética profesional ha sido puesta en entredicho y que el nombre de Javier Robles aparezca en la ecuación, ya se lo deja todo muy claro.

—Lo que ocurra o deje de ocurrir en mi órbita personal no afecta en absoluto a mis capacidades —replica Abril, clavándole una mirada de acero—.

El cronograma de la boda sigue intacto, los proveedores están confirmados y todo avanza según lo previsto.

Si decidís cambiar en este punto de organizador…

no puedo prometer que las cosas salgan bien.

—¿De verdad pretendes que me trague eso? —escupe Emilia.

—Sí. Porque soy una profesional, no una aficionada.

—Una profesional que se ha estado acostando con una clienta. ¡Por el amor de Dios! Si no fuera porque Antonio me ha pedido control… ya te habría degollado.

—Yo solo sé una cosa… —suelta la novia con su habitual tono agudo y dramático, cruzándose de brazos—.

Mi boda es en cinco días y todos los invitados alojados en el resort me miran con una sonrisita insoportable porque están más pendientes del supuesto romance de mi hermana mayor contigo que de mi paso por el altar.

¿De verdad pretendes que sigamos con tu contrato?

—Lo siento de veras, Luisa —responde Abril.

—¿Que sientes? —Luisa suelta una risa corta, histérica y bastante amarga—. ¡Madre mía! Crees que con un «lo siento» se me va a pasar el disgusto de que mis amigas estén que arden en el grupo de la despedida comentando tus escenitas nocturnas con Vanessa.

—¿Quieres que me asegure de que tu boda sea el evento más espectacular del verano o no? —pregunta Abril, agotada de tanta hipocresía social—. Porque lo segundo te lo garantizo. Y a estas alturas, Javier Robles no puede daros eso.

Luisa traga saliva. Abril siente un nudo en el estómago. Enamorarse de una mujer como Vanessa Almenara —tan jodidamente perfecta y tan intensa— era un billete de ida hacia el caos. Pero el corazón rara vez consulta el manual de riesgos antes de lanzarse de cabeza al vacío.

—Basta ya de dramatismos —interviene de pronto una voz grave y rotunda desde el umbral.

Todas giran la cabeza hacia la puerta. Antonio Almenara acaba de entrar en la sala, con la chaqueta del traje colgada del brazo.

—Estamos perdiendo un tiempo precioso con este linchamiento —afirma el hombre, plantándose al final de la mesa.

Emilia parpadea, visiblemente sorprendida por la interrupción de su marido.

—Antonio, por Dios, ¿has visto lo que se comenta en los grupos del club? Esto es…

—No, Emilia —la corta él—. Por una vez en la vida, vamos a poner los pies en la tierra. A mí los cotilleos de verano y los mensajes envidiosos me importan una mierda. Lo único que me interesa saber ahora mismo es si el enlace de mi hija va a salir adelante tal y como se firmó en el contrato.

Abril asiente con la cabeza, sintiendo una oleada de gratitud hacia el patriarca.

—Por supuesto que sí, señor Almenara. Mi equipo está trabajando a destajo.

—¿Habrá imprevistos de última hora con el cáterin o las flores? —pregunta Antonio, estudiándole las facciones con atención.

—Ninguno. Está todo atado y bien atado.

—¿Tienes la situación bajo control, Abril?

—Totalmente bajo control —confirma ella.

Antonio la observa fijamente durante unos segundos eternos, evaluando no solo sus palabras, sino el temple con el que sostiene el tipo ante el temporal. Al final, dibuja una leve sonrisa de aprobación y asiente.

—Entonces no se hable más. Por mucho que ese hombre sea bueno en su trabajo, no voy a tirar el dinero por unas simples fotos u opiniones de gente que no me interesa.

Emilia abre los ojos de par en par mientras se le enciende el rostro.

—¿Estás bromeando, Antonio?

—He dicho que seguimos adelante —repite él sin alterar un ápice su pulso—.

La mitad de nuestros contactos no para de cotillear porque no tienen otra cosa mejor que hacer en sus aburridas vidas, pero te aseguro que la semana que viene estarán escandalizados con el divorcio o el fraude de cualquier otro apellido.

No pienso despedir a la persona que ha salvado este evento mil veces en un año y otras quinientas en las últimas dos semanas.

Ese tipo no va a poner un pie en este complejo para colgarse medallas ajenas. Punto final.

Luisa suelta un gritito.

Abril nota cómo el aire vuelve a entrar en sus pulmones con normalidad. El alivio le recorre el cuerpo de arriba abajo… aunque le dura exactamente seis segundos.

Su teléfono móvil, empieza a vibrar y en la pantalla parpadea el nombre de la residencia donde está su madre.

Abril palidece de golpe. Pide disculpas con la mirada, atrapa el terminal y se aparta hacia el rincón más alejado de la sala.

—¿Sí?

La voz de la enfermera al otro lado del hilo suena llena de urgencia.

Su madre ha sufrido una crisis cognitiva severa debido al Alzheimer.

Se ha mostrado muy agitada y ha intentado escapar de las instalaciones en un estado de confusión total, llorando desconsolada porque estaba convencida de que su hija aún era una niña de diez años que la esperaba a la salida del colegio.

Cuando cuelga el teléfono, Abril siente que el suelo se desvanece bajo sus pies. Apenas consigue coordinar los músculos para respirar.

—¿Se encuentra bien Abril? —la voz de Antonio le llega como un eco lejano—. Muchacha, ¿qué ocurre?

No. No está bien. Su madre se apaga a kilómetros de distancia y ella está atrapada en una isla de lujo, esquivando puñales y peleando por una boda de ricos que amenaza con devorar su cordura.

Y de repente, las lágrimas le ganan la partida a la profesionalidad.

Le brotan de los ojos, calientes y traicioneras, nublándole la vista.

Sin decir una sola palabra, da media vuelta y sale de la sala de reuniones empujando la puerta acristalada con urgencia. Necesita aire fresco, necesita espacio y un lugar donde esconderse del escrutinio del mundo antes de romperse en mil pedazos.

*

El atardecer ibicenco empieza a teñir el cielo de unos tonos anaranjados y rojizos espectaculares cuando Abril encuentra refugio en una zona apartada de los acantilados del resort, lejos de las miradas curiosas de los invitados.

El mar golpea con furia las rocas varios metros más abajo, enviando una brisa salada que le azota la cara.

Se abraza a sí misma, intentando frenar el temblor de sus hombros mientras el llanto se le escapa entre los dientes.

—Te estaba buscando —dice una voz conocida y profundamente agitada a su espalda.

Abril cierra los ojos con fuerza, tragándose un sollozo.

—No deberías estar aquí, Vanessa —responde Abril sin girarse, intentando con todas sus fuerzas que la voz no le suene rota, aunque el intento es un fracaso absoluto.

—¿Qué ha pasado en la reunión? —pregunta Vanessa. Se inclina un poco, buscando desesperadamente su mirada—. Mi padre me ha dicho que saliste corriendo.

Abril lucha contra el nudo asfixiante que tiene en la garganta.

—Mi madre ha tenido una crisis severa en la residencia. Y yo estoy aquí jugando a encontrar la felicidad. Qué irónico ¿verdad?

Al escucharlo, Vanessa da un paso al frente, estirando las manos con el impulso instintivo de rodearla con sus brazos y protegerla del universo entero.

—Lo siento mucho. ¿Qué necesitas?

—Tú no puedes hacer nada —admite Abril, apartándose un paso hacia atrás.

Sabe que si Vanessa la toca en este instante, se derretirá y perderá las pocas fuerzas que le quedan para mantenerse en pie—.

Y esa es la peor parte de esta maldita vida, Vanessa.

El no tener el control de nada. El ver cómo todo se va directo al infierno y sin poder ponerle un parche.

Abril se pasa la palma de la mano por las mejillas mojadas, intentando recomponer los pedazos de su dignidad.

—Ahora mismo mi empresa está en el punto de mira de la élite por culpa de esos malditos chismes de WhatsApp, los socios de tu madre empiezan a mirarme raro, Javier Robles está relamiéndose en la sombra esperando que me pegue el gran batacazo para quedarse con las migajas…

y yo estoy aquí, perdiendo un tiempo precioso lejos de mi madre.

Vanessa da otro paso.

—Abril, mírame… Sabes que no estás sola en esto. Vamos a solucionarlo juntas. Me importa un bledo el apellido y los rumores de salón.

—¡No, Vanessa! —la interrumpe Abril, y esta vez su voz termina de quebrarse—. Escúchame bien, por favor. Esto se nos ha ido de las manos.

Vanessa se queda inmóvil en el sitio.

—Tenemos que parar… —suelta Abril, y cada palabra parece costarle un mundo—. Tenemos que parar de inmediato.

Los ojos de Vanessa se ensombrecen.

—¿Parar? ¿Me estás pidiendo que haga como si no hubiera pasado nada entre nosotras después de todo lo que hemos vivido estos días? ¿Después de cómo me has cambiado la vida?

—No quiero hacerlo, te lo juro —repite la organizadora, apretando los puños—. Pero debo por las dos. Quiero demasiado lo que he levantado con mi empresa como para dejar que Javier Robles me devore viva por una imprudencia. Y tú deberías quedarte al lado de tu familia. Lo siento.

Y con esas últimas palabras, Abril da media vuelta y se va.

*

Una hora más tarde, Elsa y Teo levantan la cabeza al unísono en cuanto escuchan la puerta. Los dos captan el percal al instante: su jefa trae los ojos como dos tomates, pero también una mandíbula rígida que denota peligro inminente.

—¿Qué se cuece en el frente de batalla? —pregunta Elsa con cautela, dejando su tableta sobre el escritorio.

Abril se deja caer en su silla, exhausta pero irguiendo la espalda como una auténtica general antes de la guerra.

—Lo mismo de siempre. Vamos a seguir trabajando a destajo —responde la organizadora.

Teo suelta un suspiro largo y se pasa una mano por su desordenado pelo.

—A ver, Abril, eso ya lo dábamos por hecho. Pero dinos qué ha pasado realmente en la reunión.

—Tenemos exactamente cinco días… —continúa Abril, ignorando la pregunta para no derrumbarse delante de su equipo—. Cinco días para conseguir que esta boda sea tan sumamente perfecta e impecable que eclipse cualquier drama de verano.

Elsa se cruza de brazos, arqueando una ceja con escepticismo.

—Ya, el plan suena idílico. Pero tenemos a media Ibiza y a todo el club empresarial pegados a las pantallas de sus móviles devorando las fotitos. Y para colmo, el buitre de Javier está sobrevolando el resort esperando que des un paso en falso para quedarse con el contrato.

—Lo sé de sobra —admite Abril—. Pero el señor Almenara me ha dejado claro que no piensa prescindir de nosotros —anuncia, y solo entonces, esboza una pequeña sonrisa—.

Y precisamente por eso, no nos podemos permitir el lujo de fallar ni en el color de una puñetera servilleta.

Si quieren espectáculo, les vamos a dar el mayor show de sus vidas.

Abril se incorpora, apoyando las palmas de las manos sobre los planos de la ceremonia.

—Vamos a presentarles una propuesta tan jodidamente espectacular que no podrán rechazarla ni aunque quisieran —afirma con una sonrisa retadora—.

Creo que… por primera vez, podremos aprovechar las eternas dudas de Luisa.

Y también, nuestro estatus como empresa que se gana a la gente con sorpresas de última hora.

Teo arquea una ceja, intrigado y con los ojos brillándole.

—A ver, suelta por esa boca. ¿Qué tienes en esa mente privilegiada?

Abril pasea la mirada por los croquis del complejo: las villas VIP, la cala privada, los jardines iluminados… En su cabeza, las piezas del puzle empiezan a encajar a la velocidad de la luz.

—Una experiencia inmersiva que ninguna otra agencia de este país haya podido organizar —explica, y su voz va ganando una fuerza arrolladora—.

Algo único y personalizado para los Almenara.

Vamos a transformar la boda en un festival de luz flotante sobre el mar, con microespectáculos visuales y una banda sonora en vivo que narre la historia de los novios a través de los sentidos.

Lujo combinado con emoción. Nadie va a tener tiempo de mirar el móvil si lo que tienen delante les vuela la cabeza.

La sonrisa de Teo se expande por toda su cara y suelta una palmada entusiasta en el aire.

—¡Ahí está! Esa es la Abril Vives que a mí me gusta. La fiera de los eventos.

—Vamos a organizar la mejor boda que se haya visto jamás en toda la historia de la élite —declara la mujer con pasión—. Una que deje el listón tan alto que nadie pueda ni soñar con igualarlo.

Elsa sonríe abiertamente y Teo asiente con la cabeza, totalmente entregado a la causa.

—Y después… —añade Abril, clavando la vista en el horizonte oscuro del Mediterráneo a través de las vidrieras—, después ya veremos qué pedazos quedan por salvar del naufragio.

La imagen de Vanessa Almenara le invade la mente al pronunciar esas últimas palabras. Porque el amor, al igual que las tormentas de verano, llega sin pedir permiso, lo pone todo patas arriba y deja una marca que ni todo el champán de la alta sociedad podrá borrar jamás.