Tú no estabas en mi lista Capítulo 17
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Capítulo 17

El trayecto de vuelta a la costa se convierte en una tortura china de dimensiones bíblicas.

El móvil de Vanessa parece una centralita en hora punta; no deja de sonar ni un solo segundo.

Su madre, Luisa, los directores de comunicación de la cadena hotelera, vecinas cotillas…

Todo el mundo ha perdido la cabeza por completo.

Cuando el coche atraviesa finalmente la verja principal del exclusivo complejo S'Estel, Vanessa comprende que la bomba atómica ha estallado con ganas.

En cuanto pone un pie dentro del majestuoso salón de la vivienda, se topa de bruces con la verdadera zona de guerra.

Emilia Casals preside la estancia. Está pálida como un fantasma, con los ojos inyectados en sangre y completamente fuera de sí. Camina como un tigre enjaulado de una punta a otra del salón, haciendo que el taconazo de sus Manolo Blahnik retumbe contra el suelo de mármol.

—¿Se puede saber qué soberana ordinariez significa esto? —brama Emilia en cuanto ve entrar a su hija mayor, estampando el teléfono sobre la mesa de centro con una fuerza que amenaza con hacer trizas el cristal.

Vanessa ni se inmuta.

—Mamá, cálmate un segundo y…

—¡Que me calme dices! —la voz de Emilia corta el aire—.

¿Tienes la más mínima idea de las llamadas que llevo respondiendo en la última hora?

¡Esto es una puñetera catástrofe para la reputación que me he esmerado en construir!

¡Una vergüenza! Somos la comidilla de la alta sociedad y dentro de nada lo seremos de la prensa rosa.

En ese preciso instante, Luisa aparece en el salón saliendo de una de las habitaciones contiguas.

—¡Es que es impresionante! ¡Qué fuerte me parece! —escupe la novia, casi hiperventilando por la furia que siente.

—Luisa, escúchame… —intenta mediar Vanessa, dando un paso hacia su hermana pequeña con las manos levantadas.

—¡No me da la gana escucharte! —brama Luisa, plantándose frente a ella con los puños apretados—.

Llevo meses planificando la boda perfecta.

¡Meses! ¿Y ahora qué? ¡Nadie hablará de mi vestido, ni del menú, ni de los invitados!

¡Ni de cómo he cuidado todo durante dos semanas para que cada invitado esté satisfecho!

¿Es que has perdido la cabeza, Vanessa? ¿No tenías a otra puta con la que acostarte?

Vanessa cierra los ojos con fuerza durante un agónico segundo. Sabía de sobra que esto escocería. Sabía que el estallido sería monumental. Pero comprobar el desprecio en los rostros de su propia sangre le abre una brecha dolorosa en mitad del pecho.

—Yo no he buscado esto. Jamás ha sido mi intención perjudicar tu boda ni que os enterarais de esta manera tan rastrera —explica Vanessa, haciendo acopio de una sangre fría que ni ella misma sabe de dónde saca.

—¡Pues mira qué bien te ha salido la jugada! —replica Luisa con un desprecio absoluto, cruzándose de brazos y mirándola de arriba abajo—. Porque no te atreverás a negarlo ¿verdad?

Un silencio sepulcral, espeso y verdaderamente asfixiante cae sobre el salón. Emilia parece contener la respiración, llevándose una mano al pecho como si le fuera a dar un infarto. Y seguidamente, la mirada de su madre cambia de la rabia a una enorme decepción.

—Es que no me lo puedo creer… —susurra Emilia, dejándose caer en el sofá como si se hubiera quedado sin energía—. ¿En mitad de los preparativos de la boda de tu hermana? ¿Cómo has podido ser tan egoísta e imprudente, Vanessa? Pensé que eras la cuerda de esta familia.

—¡No es un capricho, mamá! —estalla Vanessa, apretando los puños a los costados. Porque no sabe cómo explicarles lo que le pasa. Porque ni ella misma alcanza a comprender en qué momento exacto Abril Vives se le metió tan debajo de la piel—. Y pienso dejároslo claro.

El móvil que tiene en la mano vuelve a vibrar. Otra llamada perdida. La crisis no ha hecho más que empezar y tiene toda la pinta de ser un tsunami imparable.

Pero a Vanessa solo le viene a la mente una persona. Porque no quiere ni imaginarse lo que a esa mujer maravillosa se le vendrá encima cuando la reputación de Abril caiga por los sueltos por culpa de un puto cotilleo de la alta sociedad.