Tú no estabas en mi lista Capítulo 16
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Capítulo 16

—Qué gusto tener un poquito de paz.

A Vanessa Almenara el mar siempre le ha parecido el único lugar del planeta donde nadie espera absolutamente nada de ella. Por eso, cuando el impresionante yate de la familia abandona la costa de Ibiza, siente algo muy parecido a la paz por primera vez desde que aterrizó en esta bendita isla.

Se apoya en la barandilla de la cubierta superior mientras la proa de la embarcación corta las aguas turquesas del Mediterráneo.

El viento veraniego le revuelve el pelo con suavidad, regalándole un alivio inmediato a la tensión que lleva encima.

Aunque el ambiente mejoraría mucho si Abril estuviera ahí.

Vanessa observa el panorama con una sonrisa. Bruno, su futuro y bendito cuñado, está rodeado de sus amigotes cerca de la proa, completamente relajado y luciendo un bañador de marca, como si la boda multimillonaria de la semana que viene no fuera con él.

—Tu cuñado tiene una capacidad verdaderamente admirable para ignorar el caos, ¿no crees? —comenta una voz justo a su lado.

Vanessa gira la cabeza y Nuria aparece junto a ella sosteniendo dos copas, antes de ofrecerle una con un guiño.

—Gracias, la necesitaba —responde Vanessa, aceptando la copa.

—Lo digo completamente en serio —continúa Nuria, apoyando también el trasero contra la barandilla—. Míralo, qué feliz es el tío. Parece que el mundo pudiera desmoronarse a su alrededor y él seguiría tan campante.

En ese preciso instante, como si la hubiese escuchado, Bruno se lanza al agua de cabeza haciendo el ángel, entre los aplausos y los gritos gamberros de sus amigos.

—El verdadero monumento se lo pondré si la boda sale adelante y a ninguno de los dos novios le da por salir corriendo en el último segundo —añade Vanessa, levantando su copa en dirección al agua.

—Anda ya. Sabes de sobra que lo tenéis todo bajo control.

—Solo soy realista.

Durante unos segundos, las dos observan el horizonte donde el mar se funde con el cielo en una línea perfecta. Nuria bebe un sorbo lento de su copa, haciendo bailar los hielos.

—Estás haciendo un trabajo fantástico. De verdad. Tu familia debería besarte los pies.

Vanessa suspira profundamente.

—Eso está por ver. Aún quedan mil detalles pendientes y Luisa tiene la extraña habilidad de no estar satisfecha con nada.

—Porque está de los nervios —reconoce Nuria, encogiéndose de hombros—.

Además, a tu hermana le encanta encontrarle tres pies al gato.

Pero eso no le quita ni un ápice de mérito a lo que estás logrando tú.

Puede que ahora estén todos cegados por el estrés.

Pero cuando la fiesta termine, te aseguro que Luisa mirará atrás y se dará cuenta de que fuiste su salvavidas. Estoy convencida.

Vanessa siente un pellizco agridulce en el pecho. Ojalá pudiera tener esa misma fe ciega. Lleva toda su bendita vida siendo la responsable, la que sostiene el tinglado cuando los demás se derrumban. Y cuando el incendio se apaga, nadie se molesta en preguntar si ella se ha quemado en el proceso.

Vanessa se toma su tiempo de paz. Observa el agua turquesa y poco después, se despoja del vestido playero para quedarse en un biquini negro que le sienta de infarto. Se desliza por la plataforma de popa y el agua la envuelve.

Empieza a nadar alejándose un poco del alboroto del grupo, buscando su propia burbuja de silencio. Necesita distancia. Pero, sobre todo, necesita enfriar cierta parte de su anatomía que se enciende sospechosamente en cuanto se queda a solas con sus pensamientos.

Porque, para su desgracia —o su deleite—, Abril Vives vuelve a invadirle la mente. Abril y esa boca pecaminosa que la desafía sin pestañear.

Lo que la descentra por completo es comprobar cómo Abril ha conseguido derribar, a base de sonrisas picantes y verdades como puños, las defensas que nadie había logrado ni rozar en años.

Ella siempre ha tenido clarísimo cuál era su papel en el mundo, pero desde que Abril se cruzó en su perfecto camino, sospecha que esa fachada es solo una milésima parte de lo que realmente es.

¿Y si existiera una Vanessa que no vive pendiente de las apariencias ni de las asfixiantes expectativas familiares?

¿Una Vanessa que, sencillamente, se muere por ser feliz al lado de una mujer que la vuelve loca?

Regresa al barco unos minutos más tarde, nadando a ritmo enérgico.

—Ahí estás —exclama una voz varonil desde la cubierta—. ¿Estás disfrutando un poco?

Su padre le tiende una toalla enorme y mullida mientras ella asiente.

Ambos se encaminan hacia una zona sombreada de la cubierta, huyendo del griterío de los invitados que siguen saltando desde el trampolín. Durante unos minutos, se limitan a contemplar el vaivén del mar, arrullados por el ronroneo del motor del yate.

—Pareces agotada, cariño.

Vanessa se gira hacia él, secándose el pelo con la toalla.

—¿Tan mala cara tengo?

—A mí no me puedes engañar —confiesa Antonio con infinita ternura, dándole un suave golpecito en la mejilla—. Sé perfectamente cuándo se te apaga el brillo de los ojos por culpa del estrés.

Ella baja la mirada, jugueteando con el fleco de la toalla mientras siente un nudo de emoción en la garganta.

—Estoy profundamente orgulloso de ti. Mucho más de lo que soy capaz de expresar, de verdad.

El elogio le impacta directo en el corazón. No es el tipo de frase que escuche a menudo en su casa, donde las exigencias siempre van por delante de las palmaditas en la espalda.

—Papá… —murmura con la voz un pelín temblorosa.

—Es la verdad —insiste, colocando su mano madura sobre la de su hija—. Te has pasado media vida ejerciendo de escudo para todos nosotros, arreglando los entuertos que tu madre y tu hermana van dejando a su paso. Pero el peso del mundo no tiene por qué aplastarte a ti.

—Es mi obligación con la empresa y con la familia —responde ella de manera autómata.

—No, no lo es —le contradice Antonio—. Ese es tu gran error, Vanessa. Te has autoimpuesto una carga que no te corresponde. O al menos, no del todo.

Ella guarda silencio, clavando los ojos en el horizonte mientras la brisa marina le acaricia el rostro. Su padre hace un gesto amplio con la mano, señalando el lujoso yate, las copas de cristal y la opulencia que los rodea.

—El dinero y el estatus no lo son todo en esta vida, por mucho que tu madre se empeñe en demostrar lo contrario con sus fiestas y sus malditas apariencias.

Vanessa suelta una risita floja, limpiándose una brizna de agua de la mejilla.

—No hables así de mamá, que si te oye se divorcia.

—Solo soy un hombre sincero que quiere ver sonreír a su hija —replica él, apretándole los dedos con inmenso afecto—. Tienes todo el derecho del mundo a mandar el protocolo a paseo y buscar tu propia felicidad. No la que le venga bien al apellido Almenara.

La sonrisa de Vanessa se desvanece por completo. En ese preciso instante, la imagen de Abril Vives inunda su mente con una fuerza arrolladora. Es ella. Su felicidad tiene nombre de mujer, ojos felinos y una boca que quita el sentido.

—Lo intentaré. Te lo prometo.

Su padre asiente con una sonrisa de satisfacción y, por un breve y maravilloso instante, Vanessa llega a creer de verdad que todo saldrá bien.

Que las aguas se calmarán, que podrá capear el temporal y que el verano le regalará un final feliz que ha sido totalmente inesperado.

Entonces, el teléfono móvil que ha dejado sobre la mesa empieza a vibrar. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Diez.

Vanessa frunce el ceño, extrañada ante semejante bombardeo de notificaciones en un lapso de dos segundos. Alarga la mano y, en cuanto desbloquea la pantalla, el mundo se le cae encima.

Con dedos repentinamente torpes, abre el primer mensaje que le aparece en uno de los tantos grupos de WhatsApp donde la han metido. Las fotografías que ve, le dejan con el corazón temblando.

«LA PERFECTA HEREDERA, SE HA LIADO CON LA ORGANIZADORA DE LA BODA DE SU HERMANA».

El mundo se detiene de golpe. Vanessa se queda de piedra, inmóvil y con la sangre congelada en las venas, como si un rayo la hubiera partido.

—¿Vanessa? Hija, te has quedado pálida. ¿Qué pasa? —la voz de su padre le llega como si estuviera bajo el agua.

Ella es incapaz de articular palabra. Desliza el dedo por la pantalla con un temblor incontrolable. Las fotos son nítidas. Se las han tomado entre las palmeras del resort, cerca de los jardines de las villas VIP de madrugada.

—Madre mía… —consigue articular.

—Déjame ver —pide Antonio, arrebatándole el aparato de las manos.

El hombre lee a la velocidad de la luz y sus facciones se endurecen al instante. En su mirada no hay ni un reproche hacia su hija, sino una preocupación descomunal y puramente protectora.

—¡Mierda! —exclama Antonio entre dientes, pasándose una mano por el rostro—. La que se va a liar con tu madre y tu hermana…

Vanessa tira la toalla al suelo de la cubierta.

—Tengo que regresar al resort ahora mismo.