Tú no estabas en mi lista Capítulo 15
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Capítulo 15

La terraza privada se encuentra inundada por la luz dorada de una mañana radiante.

El aroma de los cruasanes recién horneados flota en el aire, entremezclándose con el perfume intenso del café colombiano recién molido y el dulzor natural de las frutas tropicales dispuestas con esmero sobre bandejas de cristal.

A pocos metros, el Mediterráneo brilla con un azul profundo.

Sin embargo, en la mesa de los Almenara reina una atmósfera bastante menos paradisíaca y bastante más parecida a una reunión de villanos de telenovela.

—Vanessa, por favor, deja de mirar el reloj cada dos minutos —le espeta Emilia, bajándose las gafas de sol de diseño con una lentitud dramática—. Parece que estás contando los segundos para huir de tu propia familia.

La voz cortante de su madre la saca de golpe de sus pensamientos.

Vanessa Almenara levanta la vista, apoyando la barbilla sobre los dedos entrelazados y obligándose a mantener esa máscara de tranquilidad que tan bien se le da.

Su madre repasa las noticias en su tableta electrónica mientras la observa por encima de la pantalla, exactamente igual que un fiscal.

—Solo tengo la cabeza en la gestión de los hoteles. Sabes perfectamente que me cuesta desconectar cuando hay tantos contratos en juego. Por mucho que tenga que estar pendiente de la boda —responde Vanessa con una calma impecable.

Emilia arquea una ceja, rebosante de escepticismo.

—Llevas repitiendo esa misma cantinela desde que cumpliste los veinticinco. Ya va siendo hora de que cambies el disco.

Desde el otro lado de la mesa, Luisa suspira de forma tan teatral que un camarero casi se acerca a ofrecerle oxígeno. La futura novia se recoloca el sombrero de paja gigante y apoya los codos en la mesa, mirándolas como si le estuvieran arruinando la existencia.

—Pues desconecta ya que para algo soy la protagonista —interviene Luisa, inflando las mejillas en un mohín consentido—. No todo el universo gira alrededor de tus amadas responsabilidades.

Vanessa da un sorbo a su café para no mandarla a la mierda. Si es ella quien más le está dando trabajo.

—Por cierto, ¿dónde narices se ha metido la organizadora? —continúa Luisa, elevando la voz mientras agita su iPhone en el aire con indignación—. Le mandé un mensaje hace más de veinte minutos y todavía no se ha dignado a contestarme. ¡Es una incompetente!

—Cariño, seguro que se está ocupando de otras cosas —interviene Bruno, el novio con más paciencia del mundo.

Algo se tensa de inmediato en el estómago de Vanessa.

Es un mecanismo automático. Escuchar a su hermana llamar «incompetente» a Abril enciende una chispa interna que le resulta imposible apagar.

Deja la taza sobre el plato, se limpia la comisura de los labios con la servilleta y se incorpora, estirándose el impecable pantalón.

—Voy a ver si se ha solucionado el problema con los proveedores y, de paso, le doy un toque de atención en persona —disimula la heredera, porque la idea de «poner firme» a Abril evoca imágenes mentales que poco tienen que ver con el trabajo.

Emilia entorna los ojos con absoluta suspicacia y deja la tableta sobre la mesa, cruzándose de brazos.

—¿Otra vez yéndote temprano?

—No querrás que los invitados critiquen la boda del año por un detalle tan básico, ¿verdad? —responde con una soltura Vanessa.

Su padre suelta una carcajada ronca que rompe la tensión, ganándose una mirada asesina de Emilia, mientras Luisa resopla y vuelve a teclear en el móvil.

Aprovechando la distracción, Vanessa gira sobre sus talones y se aleja con pasos decididos.

En cuanto cruza el umbral y deja atrás la terraza, suelta el aire y siente que, por fin, puede respirar sin que le falte el oxígeno.

El aire cálido e ibicenco la envuelve de golpe como un abrazo mientras recorre los senderos de piedra del resort S'Estel.

Las buganvillas de un rosa vibrante trepan por las paredes inmaculadas y las palmeras se contonean perezosas con la brisa marina.

Todo parece un remanso de paz y lujo, pero Vanessa sabe que en su familia la paz es un mito.

Siempre hay un fuego que apagar, un drama que maquillar o, en este caso, una tentación a la que buscar.

Y sus pasos, guiados por un instinto que ya empieza a ser preocupante, la llevan directita hacia los jardines laterales.

Abril está junto a un seto enorme, con un montón de carpetas que sujeta como puede y el pelo ondulado algo despeinado. Vanessa reduce el paso de inmediato, cruzándose de brazos y regalándose unos segundos para devorarla con la mirada desde la distancia.

—Le he dicho a mi madre que venía a revisar si el tema de cocinas se había solucionado —le susurra muy cerca de la oreja, disfrutando de antemano de la reacción—, pero la auténtica verdad es que estaba deseando verte.

Abril da un respingo, ahogando un grito, y se gira tan rápido que por poco tira la mitad de los papeles al suelo. Al encontrarse con los ojos divertidos de Vanessa, sus mejillas se tiñen de un rosa precioso. Se lleva una mano al pecho, intentando recuperar el ritmo cardíaco.

—¡Por el amor de Dios! Me vas a provocar un infarto un día de estos —protesta Abril, clavándole una mirada intensa que intenta, sin éxito, ser severa—. ¿Es que no tienes suficiente con dirigir un imperio hotelero que ahora también juegas a ser un fantasma?

—Asustarte a ti es muchísimo más divertido que cualquier junta de accionistas, dónde va a parar —se burla Vanessa, dando un paso al frente, acortando la distancia—.

Además, venía a salvarte. Mi hermana está buscando tu cabeza en una bandeja de plata porque llevas media hora sin contestarle un mensaje.

Abril pone los ojos en blanco, dejando escapar un bufido exasperado.

—Tu hermana tiene un radar infalible para tocarme las narices justo cuando estoy intentando que los de la iluminación no electrocuten a los invitados.

Vanessa da otro paso, ignorando por completo el espacio personal. Está demasiado cerca. Peligrosamente cerca. La mirada de Abril desciende un segundo, casi de forma inconsciente, hacia los labios de Vanessa, y esta lo nota. Vaya si lo nota.

—Y tú no ayudas absolutamente nada a que consiga centrarme. Lo sabes, ¿no? —protesta Abril con un mohín.

—Nunca he destacado precisamente por mi espíritu colaborativo cuando tengo delante lo que de verdad quiero —admite Vanessa—. Pero venga, cuéntame antes de que nos pille alguien. ¿Cómo va el desastre?

—Pues… a este ritmo, el ensayo va a ser un caos. Mira el cuadrante.

Abril le extiende una de las carpetas. Vanessa la toma, pero al hacerlo, alarga el movimiento a propósito. Sus dedos rozan los de Abril. No es un roce inocente; es un contacto lento y deliberado. El tiempo se detiene durante tres o cuatro y los recuerdos las golpean sin piedad.

—Así que… Javier tenía razón…

En la terraza superior, oculta estratégicamente tras una columna decorada con enredaderas, Candela Miret observa la escena completa. Protegida por unas gafas de sol kilométricas que le cubren media cara, sostiene su teléfono, recordando la conversación que tuvo con el rival directo de Abril Vives.

Lleva varios días oliéndose el percal: miradas prolongadas en las cenas, ausencias sincronizadas de ambas y una defensa demasiado sospechosa por parte de Vanessa cada vez que Luisa criticaba a la organizadora. Pero la confirmación del hombre y sus propias sospechas, acaban de confirmarlo todo.

Candela sonríe, saboreando el momento con auténtica malevolencia.

—Esto sí que es una exclusiva de las buenas —murmura para sí misma, relamiéndose.

Candela amplía la ráfaga de fotografías que acaba de disparar en la pantalla.

En la primera se nota la cercanía excesiva; en la segunda, la mirada de Abril a los labios de Vanessa; en la tercera, el roce evidente de las manos y las sonrisas cómplices.

La sonrisa de Candela se vuelve más amplia, peligrosa y preñada de ambición.

Esa información vale dinero, una cantidad indecente de dinero, pero sobre todo, es la oportunidad perfecta para cobrarse una buena dosis de venganza personal contra esa mujer.

Echa un vistazo rápido a su alrededor, se asegura de que está completamente sola y marca un número de la península que tiene guardado en la agenda.

El teléfono no llega a dar dos tonos cuando una voz masculina y espabilada responde al otro lado.

—¿Sí? Dime.

—¿Santi? Soy Candela. Escúchame muy bien y deja lo que estés haciendo, porque te traigo la exclusiva del verano. Sí, la que te va a posicionar en lo más alto.

—Te escucho.

—Olvídate de la boda Almenara por un momento, porque lo que yo tengo entre manos es muchísimo mejor.

La sonrisa de Candela se afila como un cuchillo.

—¿Y de qué se trata exactamente? —pide Santi con una curiosidad que ya cotiza al alza.

—Se trata de Vanessa Almenara.

—¿Qué pasa con ella? —inquiere Santi, impaciente.

Candela baja todavía más la voz, disfrutando del poder que le otorgan esas imágenes.

—Digamos que la perfecta y estricta Vanessa está dedicándole demasiado tiempo, demasiada atención y demasiados mimos a la organizadora de la boda. Y cuando digo «demasiados», Santi, me refiero a un nivel de intimidad que no tiene nada de profesional, cariño.

Al otro lado ya no hay silencio, sino el sonido de un teclado y una respiración acelerada.

—¿Estás completamente segura de lo que me estás contando, Candela? Con esa familia no se juega, tienen un equipo de abogados que te puede crujir en cinco minutos si los difamas.

—Tengo las fotos que lo demuestran, Santi —confirma Candela—. Créeme, hay un pastelazo impresionante detrás de la boda.

Se produce una pausa significativa.

—¿Qué quieres a cambio del material? —pregunta Santi directo al grano.

—Una buena cifra, por supuesto. Y anonimato absoluto cuando el chismorreo inunde los WhatsApss de la alta sociedad. Nadie debe sospechar que la información y las fotos vienen de mí. Quiero seguir invitada en esta boda hasta el final —exige Candela—. Soy dama de honor, ¿recuerdas?

—Hecho. Si lo que dices es cierto, tenemos el cotilleo —asegura el periodista.

Candela cuelga y contempla el horizonte con una satisfacción desbordante. Siente que acaba de encender la mecha de una bomba. Cuando explote, y vaya si va a explotar, nadie saldrá ileso: ni los Almenara, ni la muerta de hambre de la organizadora.

—Perfecto —susurra Candela para sí misma.

Mientras la influencer regresa con paso triunfal hacia las villas, una brisa fresca recorre los acantilados.

Ajena por completo a la tormenta que se le viene encima, Vanessa continúa su camino de vuelta hacia la terraza, con el corazón dividido entre el dichoso deber familiar y el deseo incontrolable que le provoca Abril.

En cuanto Vanessa regresa a la mesa, su hermana Luisa la aborda sin piedad.

—¿Has puesto firme ya a Abril? —pregunta Luisa con impaciencia—. No quiero que ningún imprevisto me arruine el día.

—Todo está bajo control, Luisa —responde Vanessa en modo automático, aunque su mente sigue atrapada en los ojos de Abril y en la suavidad de su piel—. Confía en mí. Tu boda va a ser algo que nadie en la élite podrá olvidar.