Capítulo 14
La noche envuelve el resort S'Estel como un manto de terciopelo cálido y espeso.
Pasan las dos de la madrugada y el silencio solo se rompe con el rumor constante del mar, que lame la playa privada con lentas caricias.
Abril se ha refugiado en una de las cabañas balinesas exclusivas que se alinean junto a la orilla, un espacio de madera noble, telas ligeras y luces tenues que apenas iluminan el interior.
El calor sigue siendo sofocante, incluso a estas horas; el aire huele a sal, a pino y a un leve toque de cloro que llega desde la piscina VIP cercana.
Sentada en el borde de una amplia hamaca, con la tableta sobre las rodillas, repasa por enésima vez los cronogramas del día siguiente.
Sus ojos recorren las líneas de colores, pero su mente divaga.
El estrés le atenaza los hombros y le provoca un nudo constante en el estómago.
«Si cometes un solo desliz, Javier Robles lo saboreará como un triunfo», se repite una y otra vez.
Ese hombre, con su sonrisa falsa y sus trajes impecables, acecha cada paso.
No puede permitirse fallar. No ahora. El protocolo debe cumplirse a rajatabla.
Perderlo significaría el fin de su empresa tal y como la conoce.
Se pasa una mano por la nuca húmeda de sudor y suspira. Debería irse a dormir, pero el peso de la jornada la mantiene despierta. Necesita un momento de soledad antes de que el torbellino vuelva a empezar al amanecer.
El crujido de la madera de la entrada la sobresalta. Vanessa lleva un vestido de lino blanco que se adhiere a su cuerpo por el calor, el pelo suelto cayéndole sobre los hombros y una sonrisa que promete problemas.
—¿Qué haces aquí? —pregunta Abril, enderezándose de inmediato.
Vanessa cierra la puerta de la cabaña tras de sí con un gesto lento, casi felino. La luz tenue dibuja sombras sugerentes en su rostro.
—Te he visto venir hacia aquí hace un rato. Parecías necesitar aire. O quizá compañía.
—No son horas, señorita —responde Abril, intentando mantener la máscara. Se pone de pie, dejando la tableta a un lado—. Deberías estar descansando.
Vanessa suelta una risa, que reverbera en el pecho de Abril.
—¿Señorita? —se burla Vanessa, apoyando una mano junto a la cabeza de Abril—. Qué formal te pones cuando estás nerviosa.
Abril traga saliva. El calor del cuerpo de Vanessa irradia hacia ella, mezclándose con el de la noche ibicenca. Intenta apartarse, pero solo consigue que Vanessa se pegue más.
—Vanessa, esto no es prudente —susurra Abril, aunque su respiración ya se ha acelerado—. Mañana hay ensayo y…
Las palabras se cortan cuando Vanessa inclina la cabeza y roza sus labios contra el cuello de Abril, justo debajo de la oreja. Un escalofrío recorre su columna.
—Shh —murmura Vanessa contra su piel—. Deja de pensar en esta boda por una maldita noche. Solo estamos tú y yo. Y este calor que nos está volviendo locas a las dos.
Abril cierra los ojos un instante. La razón le grita que se detenga, que mantenga las distancias, que Javier o cualquier ojo indiscreto podría arruinarlo todo. Pero el cuerpo traiciona a su mente. Sus manos, en lugar de empujar, se aferran a la cintura de Vanessa, atrayéndola.
Abril sabotea su propia cordura y cede por completo. Con un movimiento decidido, invierte las posiciones y empuja a Vanessa contra la hamaca amplia. El vestido cae al suelo, revelando la piel bronceada y húmeda por el calor. Abril la contempla un segundo.
—Dios, cómo me vuelves loca —susurra Abril antes de besarla con voracidad.
El beso es profundo, hambriento. Las manos de Abril recorren los costados de Vanessa, bajando por sus caderas, apretando la carne firme mientras el sonido lejano del mar acompaña sus jadeos.
Vanessa gime contra su boca, un sonido ahogado que intenta contener para no alertar al personal nocturno que se mueve discretamente los jardines.
Abril desciende por su cuello, besando y mordiendo la clavícula.
Sus dedos hábiles se deshacen de lo poco que queda de ropa interior, que cae olvidada sobre las esterillas.
La piel de Vanessa sabe a sal y a verano.
Abril se arrodilla frente a ella, separando sus muslos con delicadeza.
El olor íntimo, mezclado con el aroma a coco de su crema corporal, la embriaga.
—Abril… —jadea Vanessa, con la voz rota. Sus dedos se enredan en el pelo de Abril, tirando con urgencia.
La lengua de Abril la encuentra, lenta al principio, luego más insistente, explorando cada pliegue húmedo y caliente.
Vanessa se arquea, mordiéndose el labio inferior para ahogar un grito cuando los dedos de Abril se unen al asalto, curvándose en el punto exacto que la hace temblar.
La ejecutiva, siempre dueña de sí misma en las reuniones y decisiones familiares, se desmorona, temblando alrededor de la cabeza de Abril.
—Así… justo así —suplica Vanessa—. No pares, por favor.
Abril no tiene intención de hacerlo. Aumenta el ritmo, succionando y lamiendo con devoción, mientras su mano libre sube para acariciar un pecho de la mujer, pellizcando el pezón endurecido.
El cuerpo de Vanessa se tensa como un arco.
El orgasmo la golpea con fuerza: un espasmo profundo, mientras ahoga un grito.
Pero Abril no le da tregua. Se incorpora, quitándose la blusa y los pantalones, como si cada prenda le quemara la piel. Su cuerpo queda completamente desnudo bajo la luz, exponiendo su piel bronceada por el sol, y sus pechos firmes con los pezones endurecidos por la excitación.
La piel desnuda de ambas se encuentra al instante.
El contacto es eléctrico. Se tumban en la amplia hamaca, que cruje suavemente bajo su peso combinado, balanceándose con lentitud.
Vanessa intenta recuperar el control, girándose con esa autoridad natural de quien está acostumbrada a dirigir, pero Abril la domina con una audacia salvaje que la sorprende.
La empuja hacia atrás, colocándose encima, separándole las piernas con las rodillas y acomodándose entre ellas.
Las piernas de Vanessa se abren más, rodeando las caderas de Abril, y permite que está le acaricie los labios mayores de Vanessa, hinchados y resbaladizos por la excitación.
Abril mueve una mano entre sus cuerpos e introduce dos dedos en el coño empapado de Vanessa.
Los pliegues internos, ardientes, se abren para recibirla, abrazando sus dedos con contracciones involuntarias.
Entra profundamente. Su pulgar encuentra el clítoris hinchado, erecto y sensible, y comienza a dibujar círculos perfectos y rápidos, presionando justo como Vanessa necesita.
—Mierda, Abril… —gime Vanessa, arqueando la espalda, todavía sensible por el orgasmo anteriores.
Los dedos de Abril entran y salen con ritmo constante. Abril acelera, estirándola, follándola mientras su propio sexo se frota contra el muslo de Vanessa, buscando fricción.
Vanessa se desintegra por segunda vez. Su cuerpo se tensa violentamente, los músculos internos del coño apretando los dedos de Abril en espasmos fuertes y prolongados.
El orgasmo escapa alrededor de sus dedos mientras la golpea con brutal intensidad.
Grita contra el hombro de Abril, mordiéndola para silenciar el sonido, con las uñas clavándose en su espalda.
El orgasmo arrastra a Abril con ella. Siente cómo su propio placer sube desde el centro del vientre, imparable, concentrándose en su clítoris hinchado que se frota desesperadamente contra la piel resbaladiza de Vanessa.
Se besan con voracidad para ahogar sus gemidos, mientras el orgasmo las sacude casi al unísono.
El coño de Abril se contrae, liberando poco después.
El mar sigue su ritmo eterno de fondo, indiferente a la pasión salvaje que acaba de desatarse dentro de la cabaña.
Abril, todavía temblando por su propio clímax, retira los dedos lentamente, sintiendo cómo los pliegues internos de Vanessa, y se coloca mejor, abriendo más las piernas de Vanessa y presionando su propio coño directamente contra el de ella en una tijera perfecta.
Comienzan a follarse así, con movimientos duros y precisos.
Los jugos de ambas se deslizan abundantemente, creando una fricción resbaladiza, deliciosa y caliente que las vuelve locas.
Vanessa gime sin parar, y se agarra al culo de Abril para apretarla más contra ella, marcando el ritmo.
Abril domina el movimiento, presionando fuerte, girándose un poco para que sus clítoris se froten de forma perfecta.
El placer vuelve a subir rápidamente en ambas.
Vanessa llega primero esta vez, un orgasmo más profundo y prolongado que la hace convulsionar.
Abril la sigue segundos después, mordiendo el cuello de Vanessa mientras su coño palpita y se contrae contra el de ella, liberándose por completo.
Sus corazones laten con fuerza, golpeando uno contra el pecho del otro. Vanessa acaricia perezosamente la espalda de Abril con dedos temblorosos, trazando líneas invisibles sobre su piel húmeda de sudor.
Abril suspira y se incorpora ligeramente sobre un codo, mirándola a los ojos.
—Tenemos que llevar cuidado —insiste Abril—No quiero que pase nada malo.
Vanessa asiente, aunque sus dedos siguen recorriendo la curva de su cadera.
—Lo sé. Aunque me muera por follarte en cada rincón.
Se quedan en silencio unos minutos, abrazadas, escuchando el mar y el latido de sus propios corazones. El miedo al descubrimiento sigue latente.
Vanessa sonríe con picardía contra su cuello y susurra:
—Pero bueno… tendremos que ser muy, muy discretas… aunque confieso que el peligro de que nos pillen me pone aún más cachonda.
Abril suelta una risa ronca, y la aprieta más contra sí.
—Eres imposible.
—Y te encanta —responde Vanessa, sellando sus palabras con un último beso que promete que esta noche, al menos, el protocolo ha quedado temporalmente suspendido.