Capítulo 13
El ensayo general arranca poco antes del mediodía y se convierte, como era de esperar, en un auténtico circo de vanidades. En las bodas de la alta sociedad, el peligro real nunca viene de los novios, sino de los invitados y sus egos del tamaño de una catedral. Abril siempre lo ha tenido muy claro.
—¡Yo me niego en rotundo a caminar detrás de Patricia! —protesta Marta, una de las amigas de la novia, plantándose ante ella con los brazos cruzados y una expresión digna de una tragedia griega.
Abril cierra los ojos con fuerza, respira hondo y cuenta hasta tres en una dolorosa búsqueda de paciencia.
—A ver, Marta, ¿cuál es el problema? —pregunta con su mejor sonrisa profesional.
—¿Que cuál es el problema? ¡Pues que esa lagarta siempre se gira a propósito para salir mejor que yo en los enfoques de los fotógrafos! —se queja la invitada, acomodándose las extensiones con indignación—. ¡Y paso de que me reviente el perfil bueno!
—Estamos ensayando el protocolo de una ceremonia nupcial, no una pasarela de Milán —le recuerda Teo con una sonrisita juguetona.
—¡Precisamente por eso! —insiste Marta con terquedad—. No voy a permitir que me haga sombra de camino al altar. Tenéis que cambiar el orden.
Los organizadores se miran al unísono. Por suerte, no hay nadie más escuchando.
—Marta, cariño —suspira Abril, dándole un sutil toque en el hombro—. No puedo organizar la comitiva nupcial basándome en vuestra guerra estética. Esto es una boda de lujo, no un festival de postureo para Instagram, por mucho que Candela os haya lavado el cerebro. Así que, a tu sitio, por favor.
—Si va resultar que tienen razón… —farfulla la mujer mientras se marcha.
Apenas consigue quitársela de encima cuando un hombre con un traje impecable pero cara de pocos amigos la asalta por el flanco izquierdo.
—¿Me puedes explicar por qué demonios estoy en la mesa siete? —exige Alejandro, cruzándose de brazos con indignación.
—Porque la mesa siete es fantástica y tiene las mejores vistas al mar. Y fue lo que tú pediste —responde Abril de memoria, consultando su tableta sin pestañear.
—Pues no quiero estar ahí —protesta él, dando un taconazo contra el suelo—. Necesito que me cambiéis.
—¿Y se puede saber por qué?
—¡Porque está a escasos dos metros de la mesa de mi exmujer! —brama el tipo.
Abril levanta la vista hacia el cielo azul, preguntándose seriamente qué pecado cometió en su otra vida para merecer esto. Después, clava los ojos en el invitado con una sonrisa que roza lo psicópata. Pero es Teo quien interviene.
—Haremos lo que podamos.
—¡Bien! Porque no tengo ninguna intención de ver cómo se come los canapés con su nuevo novio tenista.
El hombre suelta un bufido y se marcha refunfuñando entre dientes. Elsa aparece al lado de Abril en ese preciso instante, sosteniendo una carpeta.
—Oye, empiezo a pensar con seriedad que la selección natural debería aplicarse con urgencia en el mundo de las bodas —comenta la ayudante.
—No me tientes, Elsa, que hoy tengo el gatillo fácil —responde Abril, dejando escapar una breve carcajada que le devuelve un poco de vida al cuerpo.
—Es que lo digo en serio —insiste Elsa, echando un vistazo al corral de invitados—. Algunos parecen entrenados específicamente para tocar las narices al prójimo.
—Y más cuando es precisamente la novia quien no nos ha dado toda esta información —responde su jefa.
—¿Crees que Javier está metiendo cizaña porque…?
—No tengo ni idea, Teo.
Abril observa el panorama mientras simula repasar las anotaciones.
La dichosa pregunta lleva martilleándole la cabeza desde que leyó el correo.
Alguien del entorno más íntimo ha abierto la boca.
Su mirada recorre la terraza, pasando por los familiares directos hasta detenerse unos metros más allá, donde Candela, enfoca con su último modelo de móvil a tres invitadas mientras charla por los codos con una sonrisa de oreja a oreja.
Esa mujer siempre está con la antena puesta, buscando contenido.
—Bueno, sigamos con lo nuestro. Aunque se nota que por aquí no nos tienen mucha devoción —concluye Teo.
—Básicamente porque soy la única en todo el resort que se atreve a decirles que no a sus caprichos —explica Abril con una sonrisa cargada de ironía—. Y la gente con la cuenta corriente con demasiados ceros lleva fatal que no les bailen el agua. Ya lo hemos comprobado con creces.
—¡Y que lo digas! —coincide Elsa, soltando una carcajada.
Ambas se quedan observando unos segundos a Candela, que se contonea de un lado a otro buscando la luz perfecta, convertida en un auténtico peligro público. Abril se dispone a añadir algo más cuando la voz estridente y acelerada de Teo estalla a través del auricular que lleva en la oreja.
—¡Tenemos código rojo!
—¿Qué pasa ahora, Teo? —pregunta Abril.
—Creo que va a ser mejor que bajes volando a las cocinas principales.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
—Tenemos un marrón de dimensiones bíblicas —responde Teo con un suspiro dramático.
—¿Me quieres decir de una maldita vez qué pasa? —exige ella, perdiendo los papeles.
«Dios, es que me van a volver loca.»
—Acaban de rechazar la entrega del pescado azul que teníamos programado.
Abril parpadea un par de veces, completamente estupefacta, creyendo haber escuchado mal.
—¿Qué? ¡Pero si ese pedido estaba confirmado y pagado desde hace un mes!
—Pues lo que oyes —confirma Teo con frustración—. Alguien se ha encargado de convencer al jefe de compras del resort de que nuestro proveedor externo no da el perfil de calidad premium que exige el sello Almenara.
Abril cierra los ojos con fuerza. No necesita más explicaciones para saber de dónde viene el golpe. Otra zancadilla burocrática. Y Vanessa se extrañó de que el mundo de la organización de eventos fuera una batalla constante.
—Bajo ahora mismo —le responde a Teo.
—Date prisa, que el chef está a punto de tirar los cuchillos contra la pared —pide él antes de cortar la comunicación.
—En fin. Me toca hacer de bombera otra vez.
—Madre mía… si es que no ganamos para sustos en esta bendita isla —comenta Elsa, negando con la cabeza—. Venga, corre. Yo me quedo aquí controlando a este rebaño de VIPs histéricos.
Abril duda un segundo, paseando la mirada por la terraza del ensayo.
—¿Segura de que puedes tú sola?
—Tú vigila que no se carguen el menú del viernes, que de estos egocéntricos ya me encargo yo —le asegura Elsa con una sonrisa cómplice—. Y por favor, intenta no asesinar al jefe de compras. No nos viene bien acabar el verano en una cárcel de Ibiza.
—No prometo nada —responde Abril, guiñándole un ojo antes de echar a andar.
La sonrisa que intercambian se esfuma en un segundo.
Abril cruza los jardines principales del resort S'Estel a marchas forzadas, con la cabeza convertida en un hervidero de listas, proveedores, horarios y amenazas directas de Javier Robles.
Sin embargo, muy a su pesar, hay otro pensamiento recurrente que se cuela entre tanta emergencia laboral: Vanessa.
Por mucho que se repita a sí misma que liarse con la heredera del imperio hotelero en mitad de este caos es una auténtica locura —y un suicidio profesional—, es totalmente incapaz de sacársela de la cabeza.
Y una parte de su interior se pregunta si no va siendo hora de mandar el protocolo a la porra y correr el riesgo.