Capítulo 12
—¿Has visto el correo?
Teo entra en el despacho como un torbellino, agitando una tableta en el aire.
Abril apenas ha tenido tiempo de sentarse y dejar su taza de café.
Son las ocho y media de la mañana y el implacable calor de julio ya abrasa Ibiza, colándose sutilmente a través de los grandes ventanales del resort S'Estel.
El complejo lleva horas despierto, convertido en una maquinaria de lujo implacable donde proveedores, invitados y personal se cruzan en un baile constante de exigencias extravagantes.
Normalmente, esa adrenalina la llena de una satisfacción salvaje; le encanta el caos controlado.
Hoy, sin embargo, la cara de pánico de su socio le contrae el estómago de golpe.
—¿Qué correo? —pregunta Abril, arqueando una ceja mientras se recoloca un mechón de pelo rebelde tras la oreja.
—El que te acaba de enviar Marina desde Madrid.
Abril deja caer el bolso sobre la silla, perdiendo de golpe las ganas de dar su primer sorbo de cafeína. Si Marina Ortega, su contacto de máxima confianza en la capital, escribe a semejantes horas, no es para desearle los buenos días.
Abre el portátil y Teo se planta frente al escritorio, mordiéndose el labio inferior en un silencio sepulcral, observándola. Abril devora las líneas del mensaje una vez. Luego otra. En la tercera lectura, siente que el pulso le martillea las sienes a mil revoluciones por minuto.
—No me jodas… —murmura.
—Ya —responde Teo, cruzándose de brazos con un bufido dramático—. Esa ha sido exactamente mi reacción, pero con un par de insultos extra hacia su árbol genealógico.
Ella relee el texto palabra por palabra, deseando que los píxeles de la pantalla cambien por arte de magia.
Según Marina, tras el estrepitoso fracaso de Javier Robles al intentar boicotear el mobiliario, el muy miserable ha cambiado de táctica para atacar la confianza de los clientes, vendiéndose ante Emilia Casals como el único profesional capaz de salvar la boda del año.
—Ese hombre es una auténtica rata de cloaca con traje de alta costura —masculla Abril.
El mensaje de Marina incluye la frase exacta que escucharon a Javier hablando por teléfono mientras sostenía una copa de champán: «Una boda de ese calibre necesita una dirección firme, Emilia. Sin distracciones de última hora».
«Distracciones». Abril contiene el aliento, porque a pesar de que han sido muy discretas, la realidad es que Vanessa sí es una distracción para ella.
—Hijo de puta… —susurra entre dientes, cerrando la pantalla del portátil de un guantazo.
—Abril, respira, por lo que más quieras —pide Teo, abriendo los brazos en un intento de frenar el huracán que ve venir.
—¡No me da la gana respirar! —corta ella con sequedad.
Abril se levanta de golpe, haciendo que las patas de la silla chirríen. Camina a zancadas hacia la cristalera, clavando la mirada en los exuberantes jardines del resort. Si Emilia Casals se traga el anzuelo, ya pueden ir poniéndose a la cola del paro.
—No va a conseguir apartarte de la boda con lo poco que queda para que se celebre —afirma Teo, acercándose y apoyando una mano firme en su hombro—. Eres jodidamente brillante y lo sabes. Además, esto no ha salido de aquí.
—¿Estás seguro? Porque en una semana pueden pasar muchas cosas —replica ella, girándose con los ojos encendidos y los brazos cruzados.
—Al cien por cien.
—Pues yo no lo estoy —admite Abril en un susurro amargo.
Su habitual fachada de mujer empoderada se agrieta solo una fracción de segundo—.
Hablamos de la alta sociedad, Teo. Para esta gente, el estatus y el apellido lo son todo.
Si Robles empieza a meter mierda, mi reputación se va al garete.
Esta boda iba a ser nuestro billete de oro, la que nos consolidaría en el sector de lujo…
—Y lo va a ser —la corta Teo—. Así que estírate ese vestido tan ideal que llevas, levanta la barbilla y demuestra quién manda aquí.
*
Media hora más tarde, Abril intenta ahogar sus demonios supervisando los planos de la zona de baile junto a la espectacular piscina.
El sol de mediodía arranca destellos cegadores al agua turquesa y el ambiente está impregnado de ese aroma embriagador a sal, jazmín y protector solar de marca carísima.
Sin embargo, ni el paisaje paradisíaco logra relajarla.
Está tan concentrada en destrozar el papel con la punta del bolígrafo que no escucha los pasos elegantes que se aproximan a su espalda.
—¿Qué ha pasado?
La voz de Vanessa irrumpe a su lado, revolucionando sus hormonas. Vanessa Almenara está espectacular: lleva el pelo suelto y una camisa de lino entreabierta que deja a la vista una clavícula peligrosamente tentadora.
Abril ni siquiera levanta la vista del plano, obligándose a mantener los ojos fijos en las líneas negras para que no se le desvíen a zonas prohibidas.
—Nada. Lo de siempre.
—Mentira —insiste Vanessa, acercándose un paso. Se quita las gafas de sol y revela unos ojos que escanean la rigidez de los hombros de Abril rápido—. Creo que ya te voy conociendo como para saber cuándo estás en modo destructivo. ¿Qué pasa?
—Solo estoy trabajando —insiste Abril, intentando mantener una distancia profesional que se desmorona a la velocidad de la luz cuando el perfume de la ejecutiva llega hasta ella.
—Abril. Mírame.
Maldita sea esa voz que sabe cómo dar órdenes y resultar endiabladamente sexy al mismo tiempo. Abril clava el bolígrafo con un suspiro de rendición y después sus ojos en los de ella.
—Javier Robles. Eso es lo que pasa.
La mandíbula de Vanessa se tensa al instante.
—¿Qué ha hecho ahora ese imbécil?
Abril le suelta la verdad de golpe, y sin anestesia. Le explica el correo de Marina y la sutil campaña de desprestigio dirigida a su madre.
—Se ha acercado a tu madre con el cuento de las «distracciones» —concluye Abril, cruzándose de brazos—. ¿Seguro que no te ha dicho nada?
Vanessa niega con la cabeza.
—Bueno… a mi madre le encanta un drama casi tanto como un desfile de Chanel. Es parte de su día a día —comenta Vanessa—. Pero no creo que le haya dado mucha importancia. Si ese tío supiera algo, ya estábamos acabadas.
—Pues yo creo que deberíamos tener cuidado —replica Abril—. Si tu familia duda de mi profesionalidad…
Vanessa se sitúa a escasos centímetros de su espalda. No la toca, pero Abril puede sentir el calor irradiando de su cuerpo.
—Nadie te va a despedir. Confía en mí —murmura Vanessa cerca de su oído.
—No puedes asegurarlo.
—Claro que sí.
—¿Desde cuándo lees el futuro en una bola de cristal? —pregunta Abril, girándose de golpe para encararla.
Vanessa no retrocede ni un milímetro. Al contrario, baja la mirada hacia los labios de Abril por una fracción de segundo antes de sostenerle la mirada con un descaro absorbente.
—Porque conozco a mi madre y sé cómo maneja los negocios.
Es clasista, sí, pero no es estúpida. Sabe que eres la mejor en lo tuyo y que estás sacando adelante esta boda a pesar de los imprevistos…
bueno, los caprichos de mi hermana. Por mucho que Luisa lo pida, no va a cambiar de opinión por los lloriqueos de un competidor resentido. Y menos a estas alturas.
—Ya, Teo ha dicho lo mismo…
—Pues entonces, confía en ello.
Abril aparta la mirada, tragando saliva con dificultad. Le aterra lo muchísimo que desea creer en sus palabras y la alarmante necesidad de que Vanessa la rodee con sus brazos y la aísle del mundo.
—Tengo que volver al trabajo. Se acerca la hora del ensayo —murmura Abril.
Vanessa capta la retirada táctica, pero la observa durante unos segundos con cierta frustración.
—Recuerda que estoy aquí. Para lo laboral… y para lo que haga falta —le asegura Vanessa.
—Estoy acostumbrada a apañármelas solita.
—Pues es una pésima costumbre —replica Vanessa con una sonrisa descarada y pícara que le devuelve el brillo a sus ojos—. A veces, compartir ciertas cargas es… muy placentero.
Abril carraspea y lleva la mirada hacia el plano de nuevo.
—En fin, te dejo trabajar. Pero prométeme que esta noche, nos tomaremos una copa a solas. Sin planos de por medio.
Abril no responde, pero la sigue con la mirada mientras Vanessa se aleja por el camino de palmeras, admirando el balanceo hipnótico de sus caderas.