Tú no estabas en mi lista Capítulo 11
47%

Capítulo 11

Abril siempre ha creído que las bodas sacan a la luz lo mejor y lo peor de las personas.

Tras años organizando eventos de lujo para la alta sociedad, ha visto familias reconciliarse entre lágrimas y hermanos que dejan de hablarse de por vida por la colocación exacta de una mesa de invitados.

Ha sido testigo directo de declaraciones de amor que parecían sacadas de una película de Hollywood y de discusiones monumentales y absurdas por el tono preciso de una servilleta.

Sin embargo, jamás ha experimentado un nivel de distracción tan salvaje como el que le provoca Vanessa Almenara con solo sentarse a su lado.

La prueba final del vestido de Luisa se celebra en una de las villas VIP más exclusivas. La vivienda, cuenta con un amplio salón privado de diseño minimalista donde la novia puede probarse el diseño de alta costura alejada de las miradas indiscretas de los demás huéspedes.

En una esquina del salón, la diseñadora y su equipo de costureras terminan de ajustar los últimos detalles del velo. Mientras tanto, Luisa desaparece en el enorme probador acristalado acompañada por Nuria.

—Necesito tu opinión sincera, Nuria —pide Luisa antes de que la puerta de madera se cierre.

—Entonces prepárate, porque esto va a ser intenso y no me voy a callar ni una —añade Nuria, y su voz se pierde poco después.

Abril sonríe sin poder evitarlo, un gesto espontáneo y fresco que le ilumina el rostro.

Al girar la cabeza, descubre que Vanessa también sonríe, mostrando esa curva sutil, pícara y endiabladamente sexy en los labios que revela mucho más de lo que pretende.

Durante un instante que se alarga de forma peligrosa, se quedan observándose fijamente en esa salita.

Olvidando por completo el bullicio del resto del universo que las rodea.

Y también, que en la habitación de al lado, está toda la familia Almenara.

—Tenemos que llevar más cuidado.

Abril asiente, tragando saliva porque lleva horas dándole vueltas a la misma idea prohibida.

—Lo sé —responde en un susurro bajo.

Vanessa desvía los ojos hacia la puerta cerrada del probador, como si necesitara anclarse en la fría realidad para no lanzarse a besar a la organizadora allí mismo.

—Creo que mi madre se huele algo. Su radar está encendido y no para de observarnos. Me entran los sudores fríos cada vez que me mira.

Abril se recuesta contra el respaldo, sintiendo el calor del cuerpo de Vanessa a escasos centímetros del suyo.

—No sería la única, créeme. A veces tengo la paranoia de que todo el resort está pendiente de nosotras.

Vanessa frunce ligeramente el ceño.

—¿Qué quieres decir con eso?

Abril levanta la barbilla con picardía en dirección a la otra punta de la estancia, donde Teo y Elsa revisan unas carpetas sentados junto a una mesa auxiliar.

O, mejor dicho, fingen hacerlo con una profesionalidad digna de un premio Óscar.

Porque los dos levantan la vista del papel exactamente en el mismo milisegundo.

Teo esboza una sonrisa cómplice y alza las cejas de arriba abajo, mientras Elsa niega con la cabeza, resignada pero divertida con el romance secreto de su jefa.

Vanessa suspira largo y profundo.

—Madre mía, esto se nos está yendo de las manos a una velocidad espantosa —murmura, pasándose una mano por el pelo.

—¿El qué exactamente? —pregunta Abril con tono inocente.

—Que en una isla como Ibiza los secretos corren más que la pólvora. No hay forma humana de ocultar que me traes de cabeza.

—Bueno, esto no solo pasa en las islas —matiza Abril con una sonrisa descarada, humedeciéndose los labios de forma deliberada.

—Gracias por el consuelo —ironiza Vanessa.

—Para eso estoy aquí — responde Abril con un guiño.

Antes de que la tensión sexual termine por incendiar el sofá, una voz estridente, acelerada y cargada de entusiasmo irrumpe desde el pasillo exterior, destrozando la intimidad como un elefante en una cacharrería.

—¡Hola, hola, mi comunidad de seguidores maravillosos y gente guapa del mundo entero!

Las dos mujeres cierran los ojos al unísono, dejando caer la cabeza hacia atrás.

—Dios mío… —murmura Vanessa, apretando los dientes.

—Sí, ahí viene el peligro público número uno —confirma Abril.

Candela irrumpe en el salón con el móvil en alto, grabando en angular sin ningún tipo de pudor.

—Aquí estamos, retransmitiendo en vivo. Y hoy voy a enseñaros en rigurosa exclusiva algunos detalles súper top de los preparativos de la boda del año…

—¡Alto ahí! —la interrumpe Vanessa, levantándose del sofá como un resorte y plantándose frente a ella.

La influencer parpadea un par de veces, frenando en seco y sorprendida por el corte tan brusco.

—¿Qué pasa, Vane? Me cortas el rollo.

—Pasa que aquí no se graba nada. No es el momento, ni el lugar, ni te hemos dado permiso —insiste Vanessa, cruzándose de brazos.

—Ay, por favor, solo iba a grabar un plano, nada comprometedor —protesta Candela, bajando el teléfono a medias con un mohín.

—No podemos arriesgarnos bajo ningún concepto a que se filtre por error el vestido de la novia en uno de tus directos. Imagina el desastre mediático y la crisis que le daría a Luisa —explica Abril, uniéndose a la defensa.

—¡Pero si no estoy enfocando al probador, exageradas! —se defiende Candela.

—Todavía. Pero te conozco y sé cómo te picas con los comentarios. En dos minutos estás metiendo la cámara debajo de la puerta —replica Vanessa, arqueando una ceja con autoridad.

Candela abre la boca indignada, la cierra como un pez fuera del agua y vuelve a abrirla.

—Es que de verdad, eres una aguafiestas, Vanessa. No tienes visión comercial. Solo quiero compartir la magia del amor y del lujo con mis seguidores, que me lo piden a gritos.

—Y tú eres una pesada histórica cuando te empeñas en conseguir likes . Respeta los límites del contrato familiar y del protocolo, por favor —contesta Vanessa sin elevar la voz.

—Qué carácter tan rancio tienes, de verdad. Te hace falta un novio… o una novia, lo que sea que te ponga de mejor humor —comenta Candela con un descaro que hace que a Vanessa y a Abril se les congele la respiración por un segundo.

—Fuera de aquí, Candela. Ve a grabar las olas —zanja Vanessa, señalando la puerta de la villa con un gesto elegante, majestuoso e inequívoco.

La influencer refunfuña exactamente igual que una adolescente castigada en su habitación, arrastrando las sandalias de marca con un dramatismo digno de un culebrón.

—No entiendo por qué me tratáis como a una delincuente. Solo intento hacer mi trabajo creativo y que este evento sea inolvidable. ¡Si hasta Luisa está encantada!

—Adiós, Candela. Vuelve para el cóctel de la noche si prometes dejar el móvil en el bolso —dice Vanessa con una sonrisita.

Candela termina marchándose entre protestas dramáticas que se escuchan por todo el pasillo.

En cuanto sus pasos se desvanecen por el jardín, Abril rompe a reír, incapaz de contenerse por más tiempo.

Vanessa acaba contagiándose de su risa y, durante unos segundos, ambas comparten una carcajada sincera, libre y natural.

Se vuelven a sentar en el sofá, y Abril decide romper la calma con una pregunta de tinte personal que lleva rondándole la cabeza desde que llegaron a Ibiza.

—Oye, una duda… Dime que al menos va a venir algún amigo tuyo a la boda. No quiero pensar que vas a estar rodeada únicamente de compromisos empresariales, trabajo y obligaciones familiares.

Vanessa arquea una ceja, gratamente sorprendida por el giro tan íntimo.

—¿Y por qué te interesa tanto eso? ¿Quieres investigar mi agenda?

—Porque empiezo a pensar con seriedad que toda tu maravillosa existencia gira en torno al trabajo, los hoteles y a solucionar los marrones ajenos de tu familia. Mereces que te cuiden un poco —explica Abril con total sinceridad.

La sonrisa corporativa de Vanessa pierde fuerza, transformándose en algo real y un punto melancólico.

—La verdad es que no disfruto de mucho tiempo libre para cultivar amistades fuera de los negocios. Entre la expansión de la cadena hotelera y los eventos sociales, los días se me escapan entre los dedos de las manos.

La respuesta golpea el corazón de Abril, porque reconoce a la perfección ese tono de resignación.

—Eso suena bastante solitario. Nadie, por muy heredera que sea, debería vivir de esa forma eternamente —comenta Abril.

—Probablemente lo sea, sí —admite Vanessa en un susurro—. Supongo que cuando te acostumbras a ser la persona fuerte que siempre está disponible para rescatar a los demás, llega un momento en que te olvidas de pedir algo para ti misma. Te convences de que esa soledad es lo normal.

Abril siente una punzada de dolor inesperada en el pecho.

—Te comprendo muchísimo más de lo que te imaginas —responde, y su mirada se suaviza por completo.

Vanessa levanta la cabeza, verdaderamente interesada, buscando sus ojos.

—¿Ah, sí?

Abril tarda unos segundos en articular palabra. No suele hablar de su vida privada con clientes, le aterra exponerse y mostrar sus grietas. Pero con Vanessa resulta extrañamente fácil y natural.

—Verás… Cuando empecé con la empresa de eventos, sentía que tenía amigos por todas partes. Salíamos de fiesta, celebrábamos los éxitos. Parecía que esa red duraría para toda la vida.

—¿Y qué pasó? —pregunta Vanessa.

Una sonrisa un tanto amarga curva los labios de la organizadora.

—Pasó la realidad. Ahora mismo me sobran dedos de una sola mano para contar a los amigos de verdad.

La gran mayoría desapareció en cuanto dejé de serles útil para conseguir pases VIP o simplemente siguieron sus caminos sin mirar atrás cuando las cosas se pusieron feas.

Supongo que el mundo de los negocios funciona con esa hipocresía.

—A veces es así de crudo, es verdad —coincide Vanessa—. Pero otras veces es la forma que tiene la vida de limpiar el camino para descubrir quién está dispuesto a quedarse a tu lado cuando todo se va directo al infierno.

La mirada de Abril se desplaza de forma involuntaria hacia el fondo del gran salón, donde Teo y Elsa siguen enfrascados en el trabajo.

—Ellos son mi verdadera familia. Han estado conmigo al pie del cañón cuando nadie más quería apostar por mí —explica Abril con infinito cariño en la voz, liberando un suspiro pesado—. Y, sobre todo, son los únicos que me sostienen ahora que la vida se me desmorona.

Vanessa arquea sutilmente las cejas. Sus ojos oscuros captan al instante el cambio de tono.

—¿A qué te refieres? Si se puede saber, claro. No quiero ser entrometida.

Abril tarda varios segundos en responder. Juguetea con el borde de su carpeta, sintiendo que el peso de la realidad se hace presente en el ambiente.

—Mi madre tiene Alzheimer —admite Abril. La voz se le quiebra de forma casi imperceptible y traga saliva con dificultad—.Y cada día que pasa va un paso a peor.

—Lo siento en el alma… —dice Vanessa.

—Algunos días, cuando voy a verla a la residencia, me reconoce al instante y compartimos momentos de lucidez que atesoro como si fueran diamantes —continúa Abril, fijando la vista en un punto indefinido—.

Otros días… no tiene la menor idea de quién soy.

Y todavía no consigo hacerme a la idea. Ver cómo poco a poco me borra de su cabeza es muy doloroso.

Vanessa extiende la mano derecha y, con una delicadeza infinita, coloca la yema de sus dedos sobre la mejilla de Abril, atrapando una lágrima antes de que caiga.

—Debe de ser un infierno —murmura Vanessa—. Te pasas el día sonriendo, derrochando energía y organizando bodas perfectas e idílicas para completos desconocidos mientras llevas ese mundo a cuestas.

—Cuanto menos es irónico, ¿verdad? A veces siento que el destino tiene un sentido del humor muy retorcido y se burla de mí.

Vanessa cierra los ojos un instante.

—Sabes que no tienes ninguna obligación de fingir que todo está de maravilla. Aquí… puedes bajar la guardia. No tienes que demostrarle nada a nadie, y mucho menos a mí.

—Pero sí a tu familia. No te olvides que tu hermana es el mismísimo diablo —se burla Abril.

La puerta del probador sigue cerrada a cal y canto. El tiempo parece haberse detenido por completo en ese salón privado de la villa, transformando el espacio en un refugio secreto y seguro para las dos. Vanessa se le queda mirando con fijeza.

Hasta que la burbuja se rompe.

—¡Luisa, por el amor de Dios! —grita la voz de Nuria desde el interior del probador—. Como sigas cambiando de opinión con el encaje del escote ¡pido la jubilación!

—¡Ay, déjame en paz! —le responde Luisa.

Abril suelta una carcajada, y Vanessa la acompaña.

En ese preciso instante, Teo se acerca discretamente desde el fondo de la sala, y carraspea con disimulo para llamar su atención.

—A ver… Las mesas de la zona de la playa ya están confirmadas al cien por cien, pero Elsa necesita saber ya mismo si preferís un ajuste más cálido en la iluminación de los focos para la zona del baile nocturno —les informa con una sonrisa pícara.

Vanessa asiente con elegancia.

—Yo confío en vuestro criterio —le responde—. Y gracias por el esfuerzo, Teo.

Mientras Teo regresa a su mesa contoneando las caderas con aire triunfal, Abril siente una oleada de gratitud inmensa hacia su equipo.

Piensa en cómo han construido esa fortaleza a lo largo de los años, soportando novias y novios histéricos y celebrando victorias.

Vanessa, a su lado, parece sumida en pensamientos idénticos, con la mirada perdida en el gran ventanal que muestra el frondoso jardín del resort.

—Ojalá la vida real fuera tan sencilla como elegir el tono de una iluminación —murmura Vanessa en un suspiro, casi para sí misma.

Abril la mira con descaro.

—Nada es sencillo en estas bodas de alta sociedad, Almenara.