Tú no estabas en mi lista Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Vaya, vaya… —suelta Nuria, estirando los labios en una sonrisa enigmática.

—¿Qué? —pregunta Vanessa, poniéndose a la defensiva.

—Nada, nada —dice Nuria, divertida—. Solo que en estos años que te conozco, jamás te he escuchado hablar con tanta… devoción de una trabajadora. Suenas sospechosamente protectora.

Vanessa carraspea y desvía la conversación a toda velocidad hacia el chismorreo de otros invitados antes de meter la pata.

Lo último que necesita es que una de las mejores amigas de Luisa empiece a olerse que la heredera del imperio hotelero se está perdiendo en las sábanas de la organizadora del evento.

Y por eso, se lleva la conversación a otros lares.

*

Una hora más tarde, Luisa parece entretenida con los canapés y Vanessa empieza a relajarse en una zona más apartada del jardín, disfrutando del rumor de las olas.

Hasta que su pulsera de oro y diamantes decide traicionarla.

El cierre se suelta y la joya se desliza por su muñeca, amenazando con caer a la arena.

—Maldita sea… —murmura con fastidio, intentando abrochar el minúsculo mecanismo con una sola mano mientras con la otra hace malabarismos para no tirar la copa de champán.

La jodida pulsera se le ha enredado en el reloj.

—A ver, deja que se encarguen las manos expertas —dice una voz sexy e inconfundible a su espalda.

Vanessa gira la cabeza y siente un latigazo de alivio al toparse con Abril.

—No hace falta —protesta Vanessa.

—Ya, claro. Por eso llevas dos minutos peleándote —insiste Abril con una sonrisa pícara, dándole un suave toque con el hombro.

—Qué exagerada —replica la heredera.

Se apartan un par de metros hacia la sombra de unas frondosas palmeras que filtran la luz del mediodía, buscando algo de intimidad frente al bullicio de los invitados.

Vanessa le entrega la muñeca y, de repente, la temperatura ambiental parece subir veinte grados.

Abril se inclina un poco sobre su mano, y Vanessa no puede evitar bajar la mirada hacia la curva de su cuello, sintiendo unas ganas locas de morderla allí mismo.

—Esto de arreglar joyas rebeldes debería contar como un extra en tus honorarios —comenta Vanessa.

—Lo apuntaré en la factura final.

Vanessa suelta una risa franca, sintiendo cómo toda la tensión acumulada con su hermana se evapora como el agua al sol.

—Te lo juro, Abril… cuando acabe esta maldita boda, voy a exigir tres meses de vacaciones en una isla desierta —confiesa Vanessa, mirando al horizonte azul.

—Me parece un plan excelente —aprueba Abril, encajando por fin el cierre. Sus dedos acarician con suavidad el dorso de la mano de Vanessa—. ¿Y qué vas a hacer en esa isla desierta?

—Desconectar de todo.

—Tentador —murmura Abril, alzando la vista y atrapando los ojos de Vanessa con una intensidad que echa chispas.

—Y, sobre todo, estar sin mi familia —añade la heredera.

Abril muerde su labio inferior, divertida.

—Bueno… puedes buscarte la compañía de otra persona.

Las dos sonríen, compartiendo un oasis de complicidad en mitad del jardín, completamente envueltas en su burbuja. Están tan perdidas la una en la otra que no se dan cuenta de que el peligro camina en bikini a pocos metros de distancia.

—¡O sea, mirad esto! ¡Esto es lo que yo llamo diplomacia nupcial! —irrumpe la voz de Candela.

Pasa por el sendero de al lado con el móvil en alto, retransmitiendo en vivo para sus fieles seguidores mientras enfoca la exuberante vegetación y, de refilón, captando otro tipo de escenario.

Apenas son tres segundos de metraje en el directo de Instagram. Un detalle sin importancia para los fans de Candela. Pero la complicidad de las sonrisas y la forma en que los dedos de Abril se demoran en la muñeca de Vanessa sí llaman la atención de otra persona.

Lejos del bullicio del resort, en una oficina donde el aire acondicionado lucha a duras penas contra los treinta y cinco grados del mediodía, Javier Robles descansa los pies sobre la mesa de su despacho.

Tiene el móvil en la mano y revisa con aburrimiento las tediosas e interminables historias que Candela Miret lleva subiendo toda la mañana.

—Todo sea por estar al día de la vida de estos famosillos…

Avanza el dedo por la pantalla con desgana. Una historia. Otra con un plato de jamón. Otra de Candela mandando un beso a la cámara. Y de pronto, el vídeo del club de playa se reproduce. Javier se detiene en seco, y vuelve a reproducir el fragmento exacto donde aparecen Vanessa y Abril.

Congela la imagen justo en el segundo en que Abril le sujeta la muñeca a la heredera y ambas se miran con una sonrisa que no es, ni de lejos, la de una clienta satisfecha.

Javier amplía la foto con los dos dedos sobre la pantalla.

Y, lentamente, una sonrisa zorruna, fría y calculadora se dibuja en sus labios.

—Vaya, vaya, vaya… pero ¿qué tenemos aquí? —murmura para sí mismo.

Se reclina en la silla de cuero, entrelazando las manos detrás de la nuca mientras su mente empieza a maquinar a mil por hora, calculando el valor de esa exclusiva. Mientras tanto, en el resort paradisíaco, nadie sospecha que una mecha diminuta y ardiente acaba de prender en el polvorín de la boda.