Tú no estabas en mi lista Capítulo 10
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Capítulo 10

Vanessa Almenara descubre que las madres poseen un talento casi sobrenatural para detectar todo aquello que sus hijos intentan ocultar con desesperación. O, al menos, Emilia Casals parece haber perfeccionado ese maldito don.

La cena familiar se desarrolla en una de las terrazas privadas del restaurante principal del resort.

Más allá de las amplias cristaleras, el Mediterráneo se extiende como un manto oscuro e inquieto, reflejando las luces doradas que salpican los jardines ibicencos.

Sin embargo, Vanessa lleva toda la velada sintiendo una presión incómoda entre los omóplatos, un magnetismo abrasador que no logra sacudirse.

La razón de todo su barullo mental está sentada a solo dos mesas de distancia.

Y no debería estar pendiente de ella, como tampoco debe reconocer el sonido preciso de sus tacones sobre el pavimento de piedra.

Pero ocurre. Una y otra vez. Como una brújula averiada que se empeña en apuntar siempre hacia la misma Abril, sin importar cuánto luche Vanessa por mantener los ojos fijos en su plato.

—Vanessa —la voz de su madre la arranca de golpe de sus fantasías.

—¿Sí? —responde ella de inmediato.

Emilia deja la copa de albariño sobre la mesa. Sus ojos, que ven crecer la hierba, se clavan en los de su hija mayor sin ningún tipo de piedad.

—¿No estás demasiado pendiente de Abril? Y no me refiero solo a su trabajo —comenta su madre.

—¿Perdón? —pregunta, fingiendo demencia mientras da un sorbo a su copa.

—Has oído perfectamente lo que he dicho, cariño —replica Emilia con una sonrisa impecable.

Su padre levanta la vista de su plato, curioso, y Luisa detiene el tenedor en el aire, a medio camino hacia la boca.

Incluso Bruno, que suele tener el carisma y la presencia de un mueble de Ikea, parece interesado de pronto.

«Magnífico», piensa Vanessa. «Justo lo que necesita: un tribunal familiar en plena noche».

—Me pedisteis que estuviera al pendiente de todo. Y eso hago —responde Vanessa, troceando el pescado como si estuviera diseccionando a sus enemigos—. Creo que entra dentro de mis responsabilidades asegurarme de que no tiremos el dinero de la familia, mamá.

—Naturalmente —concede Emilia, aunque el tono grita un «no me creo una palabra» que asusta—. Solo digo que pareces… intensamente implicada —añade la matriarca.

—Porque alguien tiene que ponerse los pantalones aquí —replica Vanessa, notando cómo la irritación y el calor le suben por el cuello—. Si no controlo cada detalle, este circo se convertirá en un desastre histórico.

—¿Insinúas algo, hermanita? —interviene Luisa, entornando los ojos y arrugando la nariz.

—No. Lo afirmo —responde Vanessa con total sequedad.

Luisa resopla con fuerza, soltando el tenedor.

—¡Ya estamos! Otra vez —murmura de lo más infantil.

Vanessa gira la cabeza hacia ella, apoyando los codos en la mesa con ademán desafiante.

—¿Otra vez qué, Luisa? Ilústrame.

—Lo mismo de siempre —protesta la novia, cruzándose de brazos—. Que todo el mundo es inútil excepto tú.

Vanessa cierra los ojos un instante. Cuenta hasta tres en silencio. Llega al dos y manda su paciencia a freír espárragos.

—No. Lo que digo es que llevo días solucionando problemas que surgen porque cierta novia caprichosa es incapaz de decidirse a tiempo y cambia de opinión más que de bragas, cuando a estas alturas no debería.

—¡Es mi boda! —repite Luisa entre protestas, y poniéndose roja como un tomate.

—Créeme, soy perfectamente consciente de esa desgracia —responde Vanessa.

Luisa se hunde en la silla, indignada.

—La verdad es que no sé de qué te quejas tanto. Estás en un paraíso idílico en Ibiza, con vistas de infarto y todo pagado. Deberías disfrutar un poco más de la vida y tirarte a alguien en lugar de comportarte como la directora general de una crisis nuclear.

Vanessa está a punto de atragantarse.

Si ella supiera.

—La disfrutaría si tú te aclararas de una maldita vez.

—¿Perdón? —Luisa abre la boca, ofendidísima.

—Lo que oyes.

—¡Yo no cambio tanto de opinión! —se defiende la novia, aunque su cara de culpabilidad la delata.

En ese momento, Bruno se atraganta con el vino tinto y empieza a toser con auténtico dramatismo.

—Que no lo hago —insiste Luisa, terca como una mula.

—Claro que no, reina —ironiza Vanessa, apoyando la barbilla en la mano—. Seguro que mañana vuelves a querer cambiar las flores, porque de repente «no vibraban con tu energía cósmica».

—¡Haré lo que haga falta porque ES MI BO-DA! —exclama Luisa, dando una palmada en la mesa.

Vanessa deja caer los cubiertos.

—¡Y también es el trabajo de las doscientas personas que llevamos días sin dormir para que tu maldito ego brille, Luisa! No eres la única en esta isla, madura de una vez.

El silencio se instala en la terraza con la fuerza de un portazo. Hasta que Luisa, incapaz de morderse la lengua:

—¿Y a ti qué te pasa ahora? ¿Desde cuándo eres la presidenta del club de fans de Abril Vives?

Vanessa nota cómo se le congela la sangre. Incluso siente la mirada interesada de su madre. Bajo la mesa, sus dedos aprietan la tela de su vestido.

—No estoy defendiendo a nadie, Luisa —responde Vanessa.

—Pues lo parece. Estás obsesionada con que todo lo que hace esa mujer es perfecto —insiste la novia.

—Estoy defendiendo el sentido común y el respeto profesional. Algo que, por lo visto, a ti te cuesta entender —aclara Vanessa.

—Para eso le pagamos una millonada, ¿no? Para que aguante lo que sea —replica Luisa con un desdén clasista.

Y ahí es donde la heredera pierde los papeles por completo.

—Sí, le pagamos para organizar una boda. No para hacer de psicóloga de una niñata malcriada e impertinente que cambia de berrinche cada cinco minutos —suelta Vanessa sin ningún tipo de filtro.

La cara de Luisa se deforma en una mueca de indignación.

Abre la boca como un pez fuera del agua, agarra su servilleta con rabia y, por un segundo, parece realmente dispuesta a estamparle el plato de ensalada en la cara a su hermana mayor.

Pero el peso del apellido Almenara y la mirada fulminante de sus padres la frenan en el último milímetro.

—¡Será posible! ¡Eres una víbora! —grita Luisa, roja de ira.

—Gracias. Me lo tomaré como un cumplido de tu parte —responde Vanessa.

Su padre interviene de inmediato, dando un golpe seco en la mesa. Bruno no tiene idea de dónde meterse.

—¡Basta las dos! Comportaos como las mujeres adultas que se supone que sois. Esto no es una guardería de tres años.

En el resto de mesas ya se están comiendo las palomitas.

Las hermanas se hunden en sus respectivos asientos, bufando de mala gana. Vanessa refunfuña entre dientes mientras se cruza de brazos, y Luisa imita el gesto. Durante unos segundos, parecen haber regresado a la adolescencia.

Sin embargo, cuando levanta la vista con discreción, descubre a Abril observándola desde la entrada de la terraza.

Abril arquea una ceja de forma juguetona a lo lejos, sosteniendo su inseparable carpeta de cuero contra el pecho, como preguntándole si necesita que llame a una ambulancia o a los geos para rescatarla de la cena familiar.

Vanessa responde con un movimiento casi imperceptible de cabeza y una media sonrisa involuntaria que le suaviza el rostro. «Esto se merece una copa», piensa la heredera.

Aunque es consciente de que no será en ese momento.

*

El almuerzo del día siguiente se celebra en el club de playa privado del resort, un auténtico oasis de lujo sobre la arena.

La llegada masiva de invitados ha transformado el lugar en un hervidero de postureo ibicenco y Candela Miret está viviendo su absoluta fantasía en las redes, ajena al dolor de cabeza que le causa al resto de los mortales.

—¡Aloooha, mis amores virtuales! ¡Buenos días desde el mismísimo paraíso de los ricos y famosos! —aparece Candela de la nada, irrumpiendo en la zona VIP con el móvil subido a un estabilizador, transmitiendo en riguroso directo.

Vanessa, en cuanto detecta el objetivo de la cámara a diez metros, gira sobre sus talones como un soldado en mitad de un bombardeo y emprende la huida hacia la zona opuesta. ¡Faltaría más tener que soportar salir en Instagram!

Candela, lejos de ofenderse, enfoca la espalda la mujer y suelta una carcajada teatral para sus miles de seguidores.

—Y ahí podéis observar en su hábitat natural a la maravillosa hermana de la novia y dama de honor, huyendo de mis stories . ¡Saluda, Vane, que no muerdo!

—No, tú solo chupas la sangre de la gente —murmura Vanessa para sí misma, acelerando el paso.

Por desgracia, un grupo de los invitados la intercepta antes de que consiga mimetizarse con el decorado. Una mujer morena y despampanante se acerca con los brazos abiertos.

—¡Vanessa, por fin te pillo!

Ella se gira y esboza una sonrisa de alivio al reconocerla.

—Nuria. Qué alegría ver una cara cuerda. —La abraza con sincero afecto. Nuria Boscá es una de las mejores amigas de Luisa de la carrera y la única persona capaz de torear las crisis de la novia sin acabar ingresada en un psiquiátrico.

Se quedan charlando cerca de la barra, observando el panorama mientras la brisa les alborota el pelo.

—A ver, cuéntame el parte de guerra. ¿Cómo va la novia? —pregunta Nuria con diversión.

—Sobreviviendo a base de valium, creo —bromea Vanessa, dando un sorbo a su bebida—. Cada mañana amanece con una neurosis nueva.

—Eso no suena muy prometedor —se ríe Nuria, ladeando la cabeza—. No me digas que os está haciendo la vida imposible.

—A mí no, pero a la pobre organizadora la tiene frita.

Nuria suelta una carcajada, mirando hacia donde Abril da instrucciones a los camareros con paso firme.

—Pobre mujer. Aunque tengo entendido que es una roca.

Vanessa nota de pronto una punzada absurda de orgullo en el pecho.

—Abril es una profesional impecable, lo mejor del sector —afirma Vanessa con una convicción que le sale directamente de las entrañas—. Y tiene una paciencia que yo, desde luego, no. Es fascinante verla trabajar.

Nuria deja de sonreír y le clava una mirada analítica, demasiado atenta, que hace que a Vanessa se le enciendan todas las alarmas.